Friedrich Wilhelm Heinrich Alexander Freiherr von Humboldt nació en Berlín el 14 de septiembre de 1769. Pertenecía a una familia de la nobleza, acomodada y culta.

Su padre, Alexander Georg von Humboldt, era oficial del ejército de Federico el Grande de Prusia; su madre, Marie Elizabeth von Hollwede, heredera de una apreciable fortuna de un matrimonio anterior; su hermano Wilhelm, dos años mayor, se convertiría en un prestigioso filósofo y lingüista.

Los hermanos Humboldt pasaron su infancia entre Berlín, la capital prusiana, y Tegel, aldea donde la familia tenía su casa de campo. Recibieron clases de filosofía, física, idiomas, grabado, dibujo y ciencias naturales. Alexander quería ser soldado, pero sus padres preferían que fuera funcionario público.

La muerte temprana de su padre determinó que la formación de los Humboldt correspondiera exclusivamente a su madre, una mujer culta pero rígida y convencional, con poca facilidad para demostrar amor y aferrada a marcar el futuro de sus hijos según su propia apreciación de lo que era mejor para ellos.

Les proporcionó la mejor educación posible mediante tutores privados. Entre sus profesores figuraron un botánico y el traductor de Robinson Crusoe, quienes despertaron en Alexander los primeros deseos de viajes y expediciones científicas. Desde joven abrazó los principios de “libertad, igualdad y fraternidad”, que guiaron a la Revolución Francesa.

Dos años antes de que París fuera sacudida por aquel proceso, los Humboldt iniciaron su formación universitaria en Frankfurt. Esa primera experiencia fue decepcionante y, en menos de un año, Alexander volvió a casa.

En 1789, ingresó con su hermano Wilhelm a la famosa universidad de Gottingen. Conoció al profesor Heyne, de quien adquirió su afición por la arqueología y los estudios sociológicos.

El yerno de Heyne, Georg Forster, era un botánico veterano de muchas travesías; entre ellas, la vuelta al mundo con el famoso capitán James Cook.

El joven Humboldt decidió acompañar a Forster en un viaje a Inglaterra. Su madre le permitió ir, si al volver continuaba sus estudios de comercio en Hamburgo.

Aquel primer viaje formativo se hizo en la primavera de 1790, con observaciones sistemáticas a lo largo del Rin hasta Holanda y de allí a Inglaterra.

Al atravesar el Canal de la Mancha, Humboldt comprobó con satisfacción que el viaje a través del mar no le producía ningún mareo y empezó a soñar con navegar a otros continentes.

El regreso lo hicieron a través de la Francia revolucionaria, llegando a París a mediados de aquel año. Con esas experiencias, aumentó el interés de Alexander por la geografía y las ideas liberales.

Prosiguió su formación en la Academia de Comercio de Hamburgo y la prestigiada Escuela de Minas de Freiburg en Sajonia, dirigida por Werner, un destacado geólogo, para buscar una especialización en administración minera que le permitiera ingresar al servicio público dar gusto a su madre.

Permanecía en el fondo de las minas desde las seis de la mañana hasta mediodía y en la tarde asistía a clases. En cuanto podía, recolectaba plantas o leía textos de botánica, química y geología.

Tras egresar de la Escuela de Minas, Humboldt se empleó en el Departamento Prusiano de Minas, alcanzando pronto el rango de superintendente, la más alta posición disponible.

Tuvo la oportunidad de estudiar y buscar soluciones a los problemas sociales de los mineros, fundó escuelas de minas y publicó trabajos sobre mineralogía, meteorología y plantas subterráneas.

La muerte de su madre a finales de 1796 hizo que el joven renunciara de inmediato a su carrera de empleado público y se lanzara de lleno a sus ambicionados viajes científicos.

Por fin se sentía independiente, sin tener que rendir cuentas de su carrera a nadie. Tenía 27 años, una buena formación en geología, botánica, geografía, astronomía, zoología y humanidades; hablaba inglés, español, francés e italiano.

Disponía de una herencia lo suficientemente grande para despreocuparse de la necesidad de trabajar y se daba el lujo de contar entre sus amigos a los mejores científicos de Europa. Era muy cercano a los personajes más influyentes de la comunidad intelectual, Goethe y Schiller.

Humboldt se estableció en Viena y luego en Salzburgo, acumulando el equipo necesario para realizar sus observaciones con la mayor exactitud. Se preparó rigurosamente y aprendió a utilizar diferentes instrumentos de medición.

Hizo amistad con un joven y talentoso botánico y cirujano francés, Aimé Jacques Bonpland, con quien se asoció en sus planes de viaje.

La decisión de ir a América fue una fortuita alternativa que siguió cuando sus planes originales de viajar al África quedaron en nada. Humboldt y Bonpland fueron a España, para buscar el permiso de la corte que les permitiera visitar sus colonias de ultramar.

En Madrid obtuvieron pasaportes especiales y los científicos salieron del puerto de La Coruña el 5 de junio  de 1799, rumbo a las regiones equinocciales del Nuevo Continente. Humboldt estaba muy emocionado, a punto de que sus sueños de explorador fueran una realidad.

El viaje tenía como destino la isla de Cuba, pero una epidemia a bordo, después de cuarenta días de viaje, obligó al capitán de la nave a dirigirse al puerto más cercano.

El 16 de julio, el éxtasis embargó a Humboldt al encontrarse en tierra americana. Le escribió a su hermano desde Cumaná, en la costa de lo que hoy es Venezuela, acerca de los cocoteros de 20 metros de altura, las magníficas flores, los plátanos y la exuberante vegetación, así como su asombro ante los colores de los pájaros, los peces y hasta los cangrejos azul cielo.

Humboldt y Bonpland estaban fascinados con la belleza de esas costas y la impresión que les producía esa naturaleza vegetal poderosa y a la vez tan dulce, fácil, serena.

La epidemia cambió el curso de los acontecimientos, ya que los viajeros fueron obligados a residir durante un año en tierra firme. Lo que ocurrió enseguida es toda una epopeya científica.

Durante los siguientes cinco años, la agenda de Humboldt en tierras americanas fue apretada, intensa y muy productiva. Hizo una descripción pormenorizada de la naturaleza de Venezuela, la flora exuberante del trópico, el vigor de las formas vegetales, la fauna y la diversidad del plumaje de las aves.

Exploró la famosa cueva del Guácharo a 472 metros de profundidad, convirtiéndose en el precursor de la espeleología científica en América Latina. Le dedicó especial atención a los temblores, muy frecuentes en Cumaná, que había sido destruida por un terremoto 16 meses antes de su llegada a esta ciudad.

Partiendo ahí se desplazaron a la región andina venezolana, haciendo todo tipo de registros: las condiciones de los esclavos negros, los cambios experimentados por el lago Valencia, recolección y clasificación de infinidad de plantas y animales e importantes observaciones astronómicas, incluidos un eclipse solar y una gran lluvia de meteoritos.

En febrero de 1800, Alexander von Humboldt y Aimé Jacques Bonpland se dirigieron al Orinoco. Luchando contra una naturaleza hostil, hicieron el viaje por el Macizo Oriental en mulas o a pie, en condiciones difíciles; tenían que recolectar y estudiar plantas, animales, rocas y otras muestras, además de transportar pesados y delicados instrumentos de medición.

Uno de los objetivos más importantes del viaje era tratar de verificar científicamente si existía o no una comunicación natural entre los ríos Orinoco y Amazonas.

Navegando en piraguas y luego arrastrándolas por tierra, los cargadores los llevaron hasta encontrar el mítico Casiquiare, un gran brazo de agua. Su penosa y larga navegación les permitió comprobar la conexión natural entre las dos cuencas fluviales más importantes de Sudamérica.

Tras una demora por la enfermedad de Bonpland, que estuvo a punto de morir en Angostura debido a las fiebres, los científicos retornaron a Cumaná. Habían recorrido más de 10 000 kilómetros a través de una de las regiones más inhóspitas y recolectado 20 000 plantas, de las que clasificaron 1 400 en el camino.

A finales de 1800, se embarcaron hacia Cuba. De sus observaciones en la isla resultó un ensayo memorable que se publicaría más de un cuarto de siglo después, en el que el barón von Humboldt relacionó los aspectos físicos como geología, topografía y clima con los culturales, como comercio, comunicaciones, población y economía.

Humboldt regresó a Sudamérica por Cartagena, tocando tierra por primera vez en lo que ahora es Colombia cerca de la desembocadura del Sinú, a donde llegó en 1801. Viajó por tierra a través de la Nueva Granada y visitó en Santa Fe de Bogotá al ilustre botánico José Celestino Mutis.

El viaje llegó hasta Ecuador y Perú. Los alrededores volcánicos de Quito concentraron su atención en la exploración geológica. La escalada de los volcanes Pichincha y Chimborazo, a una altura de más de 5 800 metros, le dieron el puesto de primer andinista del mundo durante mucho tiempo; en los Andes, es equivalente al alpinista de los Alpes.

Más tarde, en Lima, el mar fue un objeto de singular interés, que lo llevó a descubrir la corriente del Pacífico que todavía se identifica con su nombre, la Corriente de Humboldt.

El 15 de febrero de 1803, Humboldt y Bonpland se dirigieron por mar a Acapulco, puerto de la Nueva España. En este país, Humboldt desplegó una gran actividad.

Siendo mineralogista, Taxco le pareció de enorme interés, ya que se extraían de ahí las dos terceras partes de la producción mundial de plata. Luego siguió hacia la capital.

Levantó un plano del camino por medio de la brújula y midió los niveles con el barómetro. Logró dibujar el perfil de la Nueva España y mostrar por primera vez las diferencias de niveles del enorme país. Finalmente atravesó el valle de Cuernavaca y las montañas, llegando a la altiplanicie de la Ciudad de México.

La llegada del barón von Humboldt llegada fue todo un acontecimiento. Lo recibió el virrey Iturrigaray y encontró abiertas todas las puertas de la vida científica y social.

Aquí se dedicó a los estudios geográficos y prácticos, así como a la investigación en archivos y bibliotecas que pusieron a su disposición.

Humboldt quedó impresionado por la arquitectura de la ciudad, la riqueza de las esculturas y códices prehispánicos y la cálida acogida de la sociedad.

Dijo que ninguna ciudad del Nuevo Mundo tenía establecimientos científicos tan grandes y sólidos como México, con la Escuela de Minas, el Jardín Botánico y la Academia de Pintura y Escultura, en la cual había una colección de yesos más bella y completa que cualquiera de Alemania.

Visitó las pirámides de Teotihuacán, donde midió el perímetro de la pirámide del Sol. Viajó por Pachuca, San Miguel Regla, Atotonilco, Atocpan y Guanajuato, visitando minas de plata, estaño y mercurio. Recogió tantos minerales, que tuvo que cargar varias mulas para transportarlos.

Luego se dirigió a Valladolid, hoy Morelia, conoció Pátzcuaro y el volcán Jorullo, nacido en 1759, donde analizó el aire saturado de azufre y observó sus fumarolas.

Regresó a la Ciudad de México por Toluca y partió hacia Veracruz. Fijó trigonométricamente la altura del Popocatépetl y el Ixtaccíhuatl, midió la pirámide de Cholula, ascendió al Cofre de Perote, observó el volcán de Orizaba desde la selva de Jalapa y dibujó, por primera vez, el perfil de México de un mar a otro.

Encontró una pléyade de científicos con quienes intercambiar ideas, conocimientos y experiencias, que el investigador supo aquilatar y traducir para el enriquecimiento de su magna obra.

La importancia de la obra de Humboldt para México estriba, además de sus aportaciones al conocimiento científico de su territorio, en el gran impacto político que tuvo.

Mostró las desigualdades sociales existentes en la Nueva España, que llevarían a la rebelión insurgente; alentó, sin proponérselo, la lucha independentista, ante la certidumbre de poseer tierras inmensamente ricas.

Tras otra breve temporada en Cuba, Humboldt terminó sus viajes por el Nuevo Mundo con una visita a Estados Unidos, donde tuvo la grata experiencia de ser huésped del presidente Thomas Jefferson, gran aficionado a los estudios geográficos.

Humboldt y Bonpland regresaron a Europa viajando de Filadelfia, Estados Unidos, a Burdeos, Francia, donde llegaron el 30 de junio de 1804. A partir de entonces, París fue durante varios años el lugar de residencia de Humboldt.

Aunque ocupado poniendo en orden sus colecciones y manuscritos, tuvo tiempo para realizar experimentos con Louis Joseph Gay-Lussac sobre la composición química de la atmósfera.

En la ciudad luz conoció al joven Simón Bolívar, con quien compartió sus opiniones sobre la emancipación de las colonias americanas de la corona española y lo unió una gran amistad, que mantuvo hasta la muerte del Libertador.

Bolívar solía decir que Alexander von Humboldt era ”el descubridor científico del Nuevo Mundo, cuyo estudio ha dado a América algo mejor que todos los conquistadores juntos”.

Humboldt se dedicó a ordenar todos sus materiales científicos y escribir, uno tras otro, los volúmenes de su grandiosa obra relativa a América: Viaje a las Regiones Equinocciales del Nuevo Continente. Se tardó casi 20 años; el resultado de su esfuerzo fue 30 tomos escritos en francés y alemán, publicados entre 1808 y 1834.

Humboldt contribuyó al desarrollo de la cartografía moderna al ser el primero en trazar las líneas isotermas, que actualmente se utilizan en los mapas climáticos e indican las temperaturas de los lugares en un momento dado.

Su fortuna desapareció a consecuencia de sus viajes, la financiación de sus publicaciones y la ayuda a otros científicos jóvenes y de escasos recursos.

En 1827, el barón Alexander von Humboldt regresó a Berlín, forzado por sus deudas a aceptar una bien remunerada posición como consejero del rey de Prusia.

Repartió su tiempo entre la ciencia y la diplomacia; siguió siendo protector de científicos y artistas, sin perder su gran interés por la humanidad.

Desde entonces, Berlín fue su residencia permanente, excepto por algunos viajes ocasionales. El más importante fue el que realizó, a los 60 años, por los dominios del zar Nicolás de Rusia. Durante nueve meses exploró los montes Urales y  el macizo de Altái, el mar Caspio y las tierras heladas de Siberia hasta la frontera con China.

En medio de la fama que lo rodeaba, ese viaje fue una gira triunfal del sabio; en cada aldea que visitaba, los habitantes lo recibían con vítores solo reservados para los grandes héroes.

En la Real Academia de Ciencias de Berlín dictó un ciclo de 61 conferencias, ante entusiastas y atiborradas audiencias de los más diversos estratos intelectuales, sociales y económicos. Llegaron a ser tan populares, que cada vez había que buscar salones mayores debido a la cantidad de asistentes.

El explorador y científico sabía combinar su inmenso bagaje de conocimientos con la simplicidad de la expresión, evitando los tecnicismos no necesarios para su exposición.

Los temas tratados en aquellas conferencias fueron un anticipo de la que sería su última obra, que representaba la culminación y síntesis de todo su esfuerzo científico.

Aunque el trabajo formal de su redacción empezó en 1834, cuando él ya casi tenía 65 años, la idea de Cosmos fue resultado de toda una vida de estudio.

Esta obra apareció en cinco volúmenes, el último publicado después de su muerte, ocurrida el 6 de mayo de 1859, cuando el tenía 89 años. El presidente mexicano Benito Juárez lo declaró Benemérito de la Patria.

Humboldt murió pobre, en un cuarto rentado, después de venderle su biblioteca personal a su criado, quien la vendió a la casa de subastas Christie’s, donde fue consumida por un incendio. Sus restos fueron sepultados en el panteón de Tegel, al fondo de un hermoso bosque.

La abreviatura H.B. se emplea para indicar a Alexander von Humboldt como autoridad en la descripción y clasificación científica de los vegetales. Animales, plantas, ríos, parques naturales, cuevas, montañas, lagos, pueblos, calles y escuelas llevan el nombre del célebre naturalista  y sabio alemán. Ningún nombre aparece más en los mapas de la Tierra que el suyo.

Más de 1 000 sitios y un cráter en la Luna han sido bautizados en memoria de Alexander von Humboldt. Nunca reclamó riqueza ni gloria; solo quería saber y, conociendo, apropiarse del mundo.

Investigación y guion: Conti González Báez

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