Abraham Stoker nació el 8 de noviembre de 1847 en Clontarf, un pueblo costero cerca de Dublín, Irlanda. Fue el tercero de siete hijos del funcionario Abraham Stoker y la feminista Charlotte Thornley, 20 años menor que su marido.

Mientras sus hermanos corrían por la casa, el pequeño Bram permanecía recostado. No se sabe qué enfermedad padeció, sólo que durante sus primeros siete años tuvo que estar en cama.

Desde el tercer piso de la casona familiar, contemplaba las embravecidas mareas y frecuentes tormentas marinas. Clontarf, como otras zonas costeras de Irlanda, fue escondite de ladrones, traficantes y delincuentes; muchos fueron ejecutados ahí mismo.

A fines del Siglo XVIII, los criminales eran colgados en el puente Ballybough, como un espectáculo edificante para toda la población. A la salida del pueblo había un área reservada para enterrar a los suicidas; se creía que sus almas permanecían eternamente entre la vida y la muerte, como si fueran vampiros.

El imaginativo niño sentía un gusto especial por lo sobrenatural y le fascinaban los mitos tradicionales de la cultura irlandesa. Se sentía cautivado por narraciones de fantasmas y cuerpos descompuestos, pero las historias familiares eran sus preferidas.

Su madre le relató cómo sobrevivió a una epidemia de cólera; que cuando murió la abuela había oído el grito de banshee, un espíritu que según la tradición irlandesa augura con sus lamentos una muerte en la familia y cómo algunos, durante la hambruna, bebieron sangre de las venas del ganado.

Bram fue cuidado durante su niñez por su tío William Stoker, quien como otros médicos de la época practicaba sangrías, ya fuera con sanguijuelas o abriendo una arteria, provocando un cercano encuentro con la sangre en el futuro escritor.

Uno de los pocos lujos familiares era tener una buena biblioteca, que despertó su amor por los libros. Debido a su inestable salud, realizó sus primeros estudios en casa, con profesores privados.

Aunque continuó siendo tímido y retraído, en su adolescencia recuperó la salud y su espíritu de superación personal lo empujó a convertirse en un atleta.

La familia Stoker formaba parte de la pequeña burguesía protestante. Charlotte ambicionaba para sus hijos una educación en el Trinity College, fundado en 1591 por la reina Isabel I en Dublín, donde asistían los jóvenes de la nobleza.

Con muchos sacrificios de su padre, Bram entró al famoso colegio a los 17 años. En su extensa biblioteca fue un ávido lector, atraído por la poesía de Walt Whitman, con quien luego entabló amistad, así como por los poetas románticos: Byron, Keats y Shelley.

Desapareció su timidez y pronto fue popular entre sus compañeros. Aprendió a debatir en público y era un maestro usando inflexiones de voz. Presidió la Sociedad de Filosofía, destacó en varios deportes y fue nombrado Atleta Universitario.

En 1870 terminó sus estudios, graduándose en Matemáticas y Ciencias. El joven soñaba con ser escritor o actor, pero su papá tenía planes más seguros para él.

Cediendo a los deseos paternos, Bram Stoker siguió la carrera de funcionario público en el Castillo de Dublín. Aunque fue promovido a inspector, nunca destacó por su labor.

Mientras ascendía en el escalafón del servicio civil, escribió un libro titulado Las obligaciones de los escribanos en los tribunales de primera instancia de Irlanda, una especie de reglamento que no se publicó hasta varios años después

Pronto prefirió escribir historias de misterio. La primera, una fantasía onírica titulada La copa de cristal, fue publicada por la Sociedad de Londres cuando Stoker tenía 25 años. Una serie de horror titulada La cadena del destino fue publicada tres años después, en cuatro partes, por la revista El Trébol.

Aunque le fascinaba la atmósfera racionalista y escéptica de sus tiempos, también le atraían las raíces oscuras del nuevo romanticismo, la mórbida enfermedad de la melancolía.

Apasionado del teatro, encontró tiempo para desempeñarse como crítico teatral del periódico Correo Vespertino de Dublín, sin paga alguna; más tarde fue editor del Eco Irlandés.

En 1878, un encuentro con el célebre actor inglés Henry Irving, al que Bram Stoker admiraba, cambió su vida. Tras leer los elogiosos comentarios del joven crítico sobre su personificación de Hamlet en el Teatro Real, Irving lo invitó a cenar en la suite que ocupaba en el Hotel Shellbourne.

Bebieron champaña e Irving habló de sus anhelos: hacer de la actuación una profesión tan honorable como la médico o abogado y tener un teatro propio. Stoker escuchaba fascinado a su ídolo.

Irving carecía de educación formal, tenía un acento de barrio popular, era nervioso y siempre temía cometer un desatino. Sin embargo, poseía gran personalidad y un poder casi hipnótico para conquistar al público.

Stoker cedió al embrujo del actor y aceptó el trabajo que le ofreció como su representante y secretario. Leal, inteligente e incapaz de intrigar, era perfecto para las extravagantes ambiciones del actor.

A los 31 años, renunció a su puesto de funcionario público y se marchó a Inglaterra, convirtiéndose en la mano derecha de Henry Irving. Su desempeño fue fundamental en la adquisición y administración del Teatro Liceo en Londres.

Poco después se casó con la hermosa aspirante a actriz Florence Balcombe, de quien Oscar Wilde había sido ferviente admirador. Su hijo Irving Noel nació un año después. El matrimonio no fue feliz, pero Bram y Florence siguieron juntos para guardar las apariencias.

Los aplausos y ovaciones que Henry Irving recibía en el Teatro Liceo eran fruto de su talento. Tras bambalinas, estaban la fidelidad, eficiencia y pasión de Stoker, quien llegó a redactar hasta 50 cartas al día, además de administrar al pequeño ejército de personas necesario para que el espectáculo continuara.

Pese a sus deberes profesionales, encontró tiempo para publicar su primer libro, Bajo la puesta de sol. Incluía ocho cuentos para niños, con ingredientes fantásticos; fue publicado en 1882.

Stoker conoció al Dr. Arminius Vambery, profesor de Lenguas Orientales en la Universidad de Budapest y experto en ocultismo. Ese encuentro despertó su interés por el esoterismo.

Respetuoso con las normas sociales de la época victoriana, el escritor también era un noctámbulo empedernido y se relacionó con la sociedad hermética Golden Dawn o Aurora Dorada, dedicada al estudio de la magia y la Cábala.

Influido por esa sociedad secreta, empezó a escribir cuentos de corte fantástico, como El entierro de las ratas, El graznido y Arenas engañosas.

Sus relatos tenían el gancho de lo popular y un estilo conveniente para la prensa, que entonces publicaba las novelas por entregas y cuentos sensacionalistas.

Su primera novela, El paso de la serpiente, ambientada en Irlanda, se publicó en 1890, año en que inició la investigación para la que sería su obra maestra, Drácula.

En el siglo XVIII, el mito del vampiro no era cosa de diversión y entretenimiento. En pleno Siglo de las Luces, buena parte de Europa vivió la llamada “epidemia de vampirismo”.

El abate Calmet, en su Tratado sobre los vampiros, publicado en París en 1746, se mostraba convencido de que en Hungría, Moldavia y Polonia se veían hombres muertos que volvían, hablaban, marchaban, infestaban pueblos, maltrataban animales y chupaban la sangre de sus prójimos.

Europa temblaba ante la palabra vampiro, que aparecía por primera vez para nombrar aquello que los campesinos centroeuropeos llamaban con diferentes nombres desde hacía siglos.

En tierras de Bosnia, el blausauger, chupador de sangre, carecía de huesos y era capaz de transformarse en rata o lobo, propiedad que compartía con el farkaskoldus de Hungría y el vlkodlak de Serbia. El burculacas de Grecia despedía un insoportable hedor y su piel era rojiza y tirante como la de un tambor.

Había vampiros infantiles, como el kuzlak serbio, que se formaba a partir de un niño lactante arrancado a su madre y cuyo comportamiento era más molesto que terrible.

El moroï rumano, formado a partir de un recién nacido muerto por su propia madre antes de ser bautizado, además de su devoción por la sangre, era el causante del granizo; al bombardear la tierra, esperaba poner al descubierto su tumba oculta y mostrar al mundo el crimen del que había sido víctima.

Había vampiros con un solo orificio en la nariz, como el krvopijac búlgaro y otros con extrañas deformidades, como el strigoi rumano que podía tener patas de oca, cabra o caballo. El upir ruso poseía una lengua en forma de aguijón; el liuvgat albanés tenía aspecto de turco y caminaba sobre unos altísimos tacones.

La península balcánica era un hervidero de vampiros y los medios para combatirlos eran de lo más variados. Trocearlo y hervirlo en vino, para el burculacas. Poner sobre su ataúd una rama de rosal silvestre en el caso del krvopijac, o de espino en el del kuzlak. Al vlkodlak esa rama de espino se le tenía que meter en el ombligo y luego prenderle fuego con una vela usada para velar a un muerto.

El mito del vampiro tenía también raíces históricas. Los casos terribles y reales de nobles que gustaban alimentarse de sangre marcaron sin duda la imaginación de su tiempo.

En el siglo XV, el bretón Gilles de Rais, compañero de armas de Juana de Arco, asesinó a cientos de niños para obtener de su sangre la inmortalidad. La condesa húngara Erszebet Bathory sacrificó a 610 doncellas para bañarse en su sangre.

En el verano de 1816, un grupo de escritores reunidos en la Villa Diodati, junto al lago Leman en Suiza, combatían su tedio leyendo y comentando una antología alemana de cuentos terroríficos titulada Phantasmagoriana.

El anfitrión, Lord Byron, propuso que los presentes escribieran un relato de ese género. Los únicos que cumplieron fueron Mary Shelley con Frankenstein y John William Polidori con El vampiro.

Se dice que el médico Polidori, secretario de Lord Byron, se inspiró en el poeta para trazar el retrato de un vampiro aristócrata, frío, distinguido y canalla, llamado Lord Ruthven, el primer vampiro moderno. El relato fue publicado en 1819.

Años después, en 1872, Joseph Sheridan Le Fanu escribió el relato Carmilla. La protagonista y narradora, Laura, describe su relación con una mujer enigmática, de extraña belleza y gran sensibilidad, con la que establece lazos afectivos. Luego cuenta la ejecución de la bella y temible vampiresa, con una estaca clavada en el corazón.

Bram Stoker leyó estas obras y estudió las tradiciones vampíricas de Transilvania, como el poema La novia de Corinto de Goethe y Varney el vampiro de Thomas Preskett Prest, entre otras.

Su amigo el Dr. Arminius Vambery descubrió en Bucarest dos manuscritos turcos sobre las crueldades del príncipe Vlad Tepes, más conocido como Vlad el Empalador o Vlad Dracul. La palabra dracul significa tanto dragón como diablo, en rumano.

Vlad Dracul vivió en Transilvania, entonces bajo el dominio de Hungría. El empalamiento de los prisioneros turcos era su castigo favorito y tenía la bárbara costumbre de beberse una copa de sangre de sus víctimas mientras las veía agonizar en las estacas.

Stoker tuvo el gran acierto de titular su novela con el nombre sonoro y enigmático de ese personaje histórico que, en su ficción, está dotado de otras características que lo hacen más siniestro y temible: Drácula.

Drácula es una historia de horror, con un toque realista. Por primera vez, una novela gótica no se desarrollaba en un tiempo y espacio ficticios, sino en la Europa de fines del siglo XIX, con su fe en la ciencia, los adelantos técnicos y el progreso, pero aún con pavor ante viejos fantasmas y el surgimiento de nuevos horrores.

Bram Stoker jamás pisó Transilvania, que significa “la tierra más allá del bosque”, pero su creación literaria la transformó en sitio de peregrinación para los obsesionados por el mito del vampiro.

Está redactada en forma epistolar. En cartas y diarios, los protagonistas utilizan la tecnología más reciente de la época, como la grabación en fonógrafo y las transcripciones mecanográficas.

Jonathan Harker, empleado de una firma inglesa dedicada a la compra y venta de propiedades, llega a Transilvania para una cita con el Conde Drácula, que desea adquirir una finca en Londres.

Advierte que ha entrado en un mundo cargado de supersticiones y amenazas tangibles, como la muerte de mujeres y niños, lobos sanguinarios, paisajes infernales y un castillo que parece haber sido edificado para alojar al mismo Satanás.

La imponente presencia y comportamiento del vampiro lo sobrecogen: no se refleja en los espejos, sólo lo recibe durante la noche y puede descender por las paredes del castillo como un gato.

Luego, un barco atraviesa el Canal de la Mancha transportando en sus bodegas el ataúd de Drácula. Frente a las costas de Inglaterra, éste abandona la embarcación y poco después ataca a unas jóvenes londinenses, entre ellas la prometida de Harker.

Ellas se consumen por una enfermedad misteriosa y sus amigos recurren al Dr. Van Helsing, incansable cazador de vampiros. Gracias a sus recursos, como el empleo de ajos, cruces y hostias consagradas, logra detener los ataques.

El poderoso Drácula logra convertir en vampiro a su víctima más preciada, Lucy. Cuando intenta hacer lo mismo con Mina, ya esposa de Harker, los amigos se unen para destruirlo, siguiéndolo hasta su castillo de Transilvania.

Una tarde de mayo de 1897, mientras el té se enfriaba, Charlotte Stoker terminó de leer Drácula, con el aliento entrecortado. Cerró el libro con doble satisfacción. En un lugar de los Cárpatos, terminaba el horror mantenido a lo largo de 390 páginas.

La segunda razón del júbilo de la Sra. Stoker era su orgullo maternal. Se apresuró a escribirle una carta a su hijo Bram, expresándole su admiración y augurándole un gran éxito.

Cuando se publicó, fue unánime la aprobación de los escritores contemporáneos. Arthur Conan Doyle afirmó: “Es la mejor historia demoníaca que he leído en muchísimos años”. Y Oscar Wilde declaró: ”Es la más hermosa novela de todos los tiempos.”

El libro apareció una semana después de que Wilde cumplió su condena de dos años y salió de la cárcel de Reading. Stoker fue uno de los pocos que le demostró un cariño a toda prueba; incluso viajó a París para auxiliar económicamente al amigo en desgracia.

De la primera edición de Drácula, con 3 000 ejemplares, Stoker no recibió un solo penique. Desilusionado ante la pobre presentación del libro, invirtió en encuadernaciones especiales para sus amigos.

No ganó dinero, pero pasó a la posteridad como el creador de Drácula. En cuanto apareció la novela, Henry Irving la montó en el teatro, ganándose los aplausos para él.

Irving fue el vampiro de cabecera de Stoker. Es posible que entre ambos hubiera lazos más profundos que los de una simple amistad, la razón que mantuvo unidas a dos personas tan diferentes.

Llegó a ser el actor más laureado de su época y el primero a quien se le hizo un busto en vida. Tirano, déspota e insufrible, dominó en todo momento a Stoker, al que utilizó a su conveniencia. Éste nunca dejó de admirarlo y servirlo.

El único hijo del escritor, Irving Noel Stoker, renegó de su primer nombre al alcanzar la madurez. Argumentó que estaba resentido con el actor por haber monopolizado a su padre, arrebatándolo de la intimidad familiar.

La amistad, o posesión, como la definen algunas biografías, terminó cuando murió Henry Irving, en 1905. Tras un duelo nacional, fue sepultado en el Rincón de los Poetas, en la Abadía de Westminster.

De la cuantiosa herencia del actor, Stoker no recibió nada. Escribió una biografía titulada Recuerdos personales de Henry Irving, definitiva para conocer la vida y obra del actor, pero también para entender la relación vampírica con su fiel asistente.

Al borde de la miseria, el autor murió el 20 de abril de 1912, a los 64 años de edad. La causa, según el certificado de defunción, fue agotamiento. De acuerdo con otras versiones, amparadas en sus frecuentes visitas a “las hijas de la noche”, murió de sífilis.

De ser cierto, es probable que la dentadura de Stoker hubiera estado tan afilada como la de la criatura engendrada por sus pesadillas, ya que esto es un síntoma típico de esa enfermedad.

El autor dejó trece novelas, varios relatos y otras obras. Destacan dos novelas de horror como dignas hermanas de Drácula: La madriguera del gusano blanco y La joya de las siete estrellas.

Aunque Drácula no ha dejado de estar en el mercado desde su primera publicación, fue incluido en la colección Clásicos de la Prensa Universitaria de Oxford sólo a partir de 1983. Diez años después, en 1993, Bram Stoker apareció en el Diccionario Nacional de Biografías del Reino Unido.

Investigación y guión: Conti González Báez

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