La fotocopiadora o copiadora eléctrica fue patentada en 1938, hace ocho décadas, por el estadounidense Chester Carlson, quien además de ser un ingenioso inventor era un hombre bueno.

Desde los 12 años, Carlson tuvo que trabajar para ayudar a sus padres enfermos. A los 14, era el principal sostén de su familia, lavando ventanas antes de ir a la escuela y barriendo oficinas por las tardes.

En sus últimos años de bachillerato, publicaba una revista sobre Química, que le permitía obtener un ingreso extra. A pesar de los problemas económicos y familiares, incluyendo la muerte de su madre, logró inscribirse al Instituto de Tecnología de California, donde se recibió como físico.

Se mudó a Nueva York, donde consiguió empleo en la compañía eléctrica Mallory. Su trabajo consistía en analizar las patentes de la empresa para su publicación.

Con frecuencia había que realizar múltiples copias de dibujos, las cuales se hacían a mano. Se trataba de una labor muy tediosa, que tomaba horas.

Para colmo, Carlson era miope y tenía artritis, lo que dificultaba más su trabajo. Era la época de la Gran Depresión y él valoraba mucho su empleo, sabiendo lo difícil que sería conseguir otro.

Pensaba que debía haber una manera más fácil de hacer copias. Como lo que en realidad le interesaba era desarrollar inventos, se puso a investigar.

En la Biblioteca Pública de Nueva York encontró publicaciones técnicas con información sobre la reproducción de fotografías y se dio cuenta que el proceso era tardado y requería el uso de muchos productos químicos.

Carlson se preguntaba si podría hacerlo mediante un método eléctrico, ya que sabía que las partículas cargadas se adhieren a una superficie con carga opuesta.

El problema era cómo lograr que las partículas se fijaran en forma idéntica a la de una imagen iluminada sobre un papel. El concepto le quedaba más o menos claro, pero faltaba ver si podía funcionar.

Comenzó a trabajar en la cocina del departamento que rentaba en los suburbios, realizando por las noches experimentos con distintos materiales y sustancias.

Los olores a quemado molestaron a la casera, por lo que mandó a su hija, Dorris, a reclamarle al joven investigador. Él le explicó lo que estaba haciendo, le platicó acerca de sus sueños de inventor y acabó enamorándola. La pareja se casó en 1934 y Chester Carlson continuó con sus investigaciones.

Presentó una solicitud para una patente por el concepto básico de “electro fotografía”, pero aún no conseguía realizar una impresión correcta en seco. Entonces hizo el descubrimiento decisivo.

Cubrió una placa de zinc con sulfuro, la frotó con un trapo de algodón para crear una carga de electricidad estática, la colocó delante de una lámina transparente con palabras escritas y expuso ambas al calor de una lámpara.

Quitó la transparencia o diapositiva, espolvoreó la placa metálica con esporas de musgo, presionó papel manteca contra el polvo, aplicó calor y retiró el papel.

En ese momento, vio que en el papel aparecían las palabras escritas en la diapositiva: “10-22-38 ASTORIA”, la fecha y el nombre del barrio donde trabajaba, Astoria, detrás del salón de belleza de su suegra.

A los 32 años, había desarrollado el primer proceso de copiado electrostático, luego llamado xerografía, que revolucionó la reproducción de documentos en oficinas, fábricas y escuelas.

Chester Carlson estaba feliz, pero no encontraba ninguna empresa interesada en desarrollar su nueva técnica. Mientras tanto, continuó estudiando Leyes en el Colegio de Abogados de Nueva York.

Como hombre previsor, sabía que necesitaría proteger su invento. Se graduó en 1939, mientras seguía trabajando como empleado de la compañía eléctrica Mallory.

El Instituto Batelle, una organización no lucrativa, se interesó por su patente y le ofreció su apoyo. En 1944 llegaron a un acuerdo muy favorable para Carlson, que suponía unos derechos de patente considerables para él, si mejoras posteriores a su fotocopiadora permitían desarrollar un producto comercial.

Sin embargo, el instituto comenzó a tener problemas financieros y buscaron otros promotores. Se incorporó la Corporación Haloid, que después se convirtió en Xerox; en 1958 lanzó al mercado la primera fotocopiadora comercial, denominada 914.

Carlson murió en 1968, diez años después, tras disfrutar de ganancias económicas que lo convirtieron en multimillonario. No contento con la gran aportación que su invento significó para el mundo, destinó gran parte de esa fortuna a obras filantrópicas.

Su generosidad incluyó la creación de un fondo millonario para apoyar a seis universidades de los Estados Unidos con becas, laboratorios, centros de investigación y tecnología de punta para estimular la creatividad de los jóvenes estudiantes. Siempre conservó su humildad y prefería hacer sus donativos de manera discreta, huyendo de la celebridad.

La compañía Xerox entrega anualmente un premio dedicado a la memoria de Chester Carlson, a quien presente alguna innovación en la enseñanza de la ingeniería que contribuya significativamente a la profesión.

Como dato curioso, entre las grandes empresas que rechazaron el invento de la fotocopiadora de Carlson están IBM, General Electric y RCA.

Investigación y guión: Conti González Báez

Compartir

Comentarios