En el pueblo mexicano de Santa Lucía, el niño Miguel desea con todo su corazón dedicarse a la música. Su mayor inspiración es Ernesto de la Cruz, un ídolo de la canción ranchera que sigue siendo admirado a muchos años de su muerte. Sin embargo, en la familia de Miguel la música está prohibida, pues su tatarabuelo (de quien él desconoce el rostro, pues la única foto existente tiene su cara arrancada) abandonó a los suyos por una carrera musical. En el marco del Día de Muertos, mediante un sortilegio, Miguel viaja al Inframundo para reencontrarse con su tatarabuela y obtener su bendición para ser cantante, en una carrera contra el tiempo antes de que amanezca.

Del altar de muertos a Hollywood. Desde que se anunció su realización, Coco fue uno de los proyectos más esperados y temidos al mismo tiempo provenientes de la casa Pixar. La razón fue porque su historia se ambientaba en el Día de Muertos mexicano y es bien sabido que, históricamente, los acercamientos del cine estadunidense a nuestra cultura nacional suelen ser bastante superficiales, decantándose en lo exótico de las tradiciones sin ahondar en sus verdaderos significados. Y precisamente el Día de Muertos ha corrido con variada suerte en su retrato cinematográfico tanto en nuestro cine como en el cine del mundo. Comenzando por Serguéi Eisenstein en ¡Qué viva México! (1930), cuyas imágenes rendían homenaje a los grabados de José Guadalupe Posada pero que se quedaban en una curiosa mirada a la relación entre los mexicanos y la muerte. Tampoco se trascendió la estampa folklórica en Bajo el volcán (1984) de John Huston. Mientras que en Hombre en llamas (Tony Scott, 2004) se planteó un Día de Muertos de proporciones descomunales, que rompía con la tradición de la comunión intimista entre los Fieles Difuntos y sus deudos para convertirla en un desfile de calaveras que una cinta posterior, Spectre (Sam Mendes, 2015), llevó a dimensiones gigantescas, propias del universo fílmico de James Bond. En el cine nacional, solamente Macario (1959), el clásico cuento de hadas de Roberto Gavaldón inspirado en B. Traven, ha reflexionado con tanta profundidad como ironía acerca de la cercana relación entre los muertos y el pueblo mexicano.

Por encima, Coco no dista mucho argumentalmente del resto de las grandes aventuras animadas de Pixar: el héroe, deseoso de cambiar su destino, se encamina en una odisea cuya resolución se da en medio de una carrera contra el tiempo, arriesgando su integridad a cada momento. Es lo que le ocurre a Miguel, al astronauta Buzz Lightyear y el alguacil Woody, al robot Wall*E o a las emociones en Intensamente, quienes deben regresar todo a la normalidad antes de que la niña de quien rigen su conducta pierda su inocencia sin remedio. Su técnica de animación digital ha alcanzado un altísimo nivel de calidad que en Coco tampoco muestra una evolución notable. Inclusive, la música de Michael Giacchino no es tan propositiva como en otras ocasiones.

La importancia de Coco gira en torno a dos vectores. El primero, la forma con la cual los artistas de Pixar se apropiaron de la estética misma del Día de Muertos para dar vida a una visión de México fantástica y verosímil a la vez. Todos los elementos de esta colorida fiesta están ahí, desde los altares y la celebración misma reuniendo a vivos con sus muertos en los panteones, hasta los ríos de flores de Cempasúchil, el perro xoloitzcuintli Dante, el papel picado y los caminos iluminados con veladoras. No falta nada. En este sentido, la investigación documental, histórica y estética de Pixar resulta impecable. Y va más allá. Porque otros simbólicos personajes o espacios de la cultura mexicana aparecen como personajes. El altivo Ernesto de la Cruz, el ídolo de Miguel, es un símil de Pedro Infante, mientras que otras figuras como Cantinflas, Jorge Negrete, María Félix, Santo el Enmascarado de Plata y Frida Kahlo aparecen como pequeños guiños. El techo de vitrales del Hotel de la Ciudad de México y la hermosa arquitectura del Palacio Postal de Tacuba aparecen como escenarios también.

El segundo elemento se vuelve esencial para la conexión entre Coco y su público. Una audiencia que se conmueve hasta las lágrimas función tras función. La cinta trasciende el nivel de la investigación y el control de calidad como producto comercial de Pixar al develar su verdadera intención: encontrar en el Día de Muertos una oportunidad para acercar a su público mayoritariamente infantil a una visión de la muerte gozosa. A través de la gran aventura de Miguel, de su viaje del héroe, se aprende a vivir tu momento, pero también que detrás de una leyenda casi siempre hay una terrible verdad. Que nadie muere hasta que es olvidado por todos. Que las bendiciones son invaluables y que la familia debe permanecer unida, inclusive en el Más Allá. Estrenada en un momento de ríspidas relaciones entre Estados Unidos y México, Coco se erige como un notable ejemplo de reapropiación cultural que alcanza resonancias universales.

José Antonio Valdés Peña

 

COCO (Coco, Estados Unidos, 2017). Dirección y guión: Lee Unkrich y Adrian Molina. Música: Michael Giacchino. Edición: Steve Bloom. Producción: Darla K. Anderson y John Lasseter. Compañía productora: Pixar. Distribución: Sony Pictures. Duración: 100 minutos.

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