Cornelia Ten Boom, mejor conocida como Corrie, nació el 15 de abril de 1892 en Ámsterdam, capital del Reino de los Países Bajos u Holanda. Fue la más joven de los hijos de Cornelia y Casper Ten Boom; tuvo un hermano, Willem, y dos hermanas, Betsie y Nollie.

Ese mismo año, la familia se mudó a la vecina ciudad de Haarlem, donde el abuelo Willem había establecido una relojería. En la planta baja del edificio funcionaba el local comercial y en los pisos superiores vivía la familia.

El negocio fue heredado por el papá de Corrie. Ella comenzó a entrenarse en el oficio y a los 30 años se convirtió en la primera mujer relojera con licencia en Holanda.

La familia Ten Boom era cristiana y dedicaba su vida al servicio de sus semejantes. Sus actos de generosidad y compromiso social eran reconocidos por la comunidad. Su casa estaba siempre abierta para todos aquellos que tuvieran alguna necesidad.

Casper era un magnífico relojero, pero no tenía idea de los negocios. A veces trabajaba muchos días en una difícil reparación y luego se olvidaba de mandar la cuenta.

Era un hombre bondadoso, que adoraba a los niños. Cuando sus cuatro hijos crecieron, se las arregló para alimentar, vestir y cuidar a once hijos adoptivos, pese a no tener suficiente dinero.

Al morir su madre, Corrie se hizo cargo de poner orden en el negocio familiar, imponiendo cierto método en aquel caos, hasta que el taller empezó a ganar algo.

Willem, el único de los Ten Boom que asistió a la universidad, fue ordenado ministro en la iglesia holandesa reformada. En su tesis doctoral, redactada diez años antes de la II Guerra Mundial, escribió que una maldad terrible estaba echando raíces en Alemania.

En la universidad se sembraban las semillas de un menosprecio por la vida humana como el mundo no había conocido jamás. Los pocos que la leyeron se rieron.

Una vez desatado el conflicto bélico, ya nadie reía. La mayoría de los buenos relojes llegaba de Alemania y varias empresas judías, con las que la familia trataba desde hacía años, habían suspendido misteriosamente sus actividades.

Willem encabezaba el programa establecido por su iglesia para ayudar a los judíos y con muchos sacrificios había construido un asilo para ancianos en el campo. Pero en los últimos meses se vio inundado de jóvenes refugiados procedentes de Alemania, que contaban historias de la demencia creciente en aquella nación.

El 10 de mayo de 1940, las fuerzas alemanas invadieron Holanda. La víspera, el primer ministro dijo en la radio que no había nada que temer, que no serían atacados, ya que así lo había prometido el gobierno de Alemania.

Casper Ten Boom apagó su radio. El viejo relojero les dijo a sus hijas Corrie y Betsie que el primer ministro estaba equivocado y habría guerra. Alemania los atacaría y derrotaría fácilmente.

Esa noche los despertó el sonido de explosiones. Hitler había atacado al pacífico país, sin advertencia alguna. El ejército holandés luchó valientemente durante cinco días, pero no tuvo ninguna oportunidad contra las poderosas tropas y la implacable fuerza aérea del enemigo.

La vida cambió en Haarlem. Las calles estaban llenas de soldados alemanes. Nadie podía comprar comida sin una tarjeta de racionamiento. Los periódicos fueron clausurados. Todos los aparatos de radio debían ser entregados, aunque los Ten Boom conservaron uno en secreto.

Había toque de queda, después del cual nadie podía permanecer en la calle. Al principio era al anochecer, pero cada vez fue más temprano, hasta que se estableció a las seis de la tarde.

Corrie tuvo que cerrar sus clubes de mujeres, los cuales había dirigido durante casi veinte años. Fueron establecidos para muchachas de 12 a 18 años e incluían actividades como gimnasia, música, caminatas, campismo y religión. Además, manejaba un club para jóvenes discapacitados mentalmente.

Cuando tuvo que cerrar, Corrie se alegró de haber enseñado a las niñas algo más que diversión. Durante los terribles años siguientes, muchas de ellas encontraron fuerza en la fe en Dios que habían aprendido de ella. Pronto sucedieron cosas peores.

Un domingo, los jóvenes que estaban en las calles de Holanda fueron detenidos por soldados nazis y enviados a Alemania para trabajar como esclavos en las fábricas. Muchos no volvieron a ser vistos jamás. A partir de entonces, tenían que esconderse.

Al principio, hubo ataques menores contra los judíos: una piedra arrojada al escaparate de una tienda, una palabrota en el muro de una sinagoga. A medida que pasaban los meses, los colaboracionistas de los nazis aumentaban en número y audacia.

Corrie Ten Boom y su padre advertían los preocupantes síntomas del antisemitismo. Un letrero en algún negocio decía: “Aquí no servimos a judíos” o, a la entrada de un parque público: “No se admiten judíos”.

Lo peor eran las desapariciones. Un reloj ya reparado permanecía en la trastienda durante meses. Una casa, en la manzana donde vivía su hermana Nollie con su familia, quedó deshabitada, mientras la hierba crecía en el jardín. Nunca supieron si aquellas personas fueron secuestradas por la Gestapo o lograron escapar.

Un día se ordenó que todos los judíos debían usar una estrella de David amarilla sobre su ropa en todo momento. Este símbolo, de orgullo para los hebreos, se convirtió en una etiqueta que los apartaba de los demás.

A los 48 años, siendo testigo de la implacable persecución, Corrie Ten Boom decidió hacer algo al respecto, resistiendo a los nazis sin violencia de por medio. De inmediato recibió el apoyo de su familia.

Su idea fue utilizar la vivienda familiar como refugio; seis o siete personas podían esconderse allí. Por lo general, la mitad eran judías y las demás, miembros de la resistencia holandesa. En ocasiones solo estaban unas pocas horas, antes de huir hacia lugares más seguros; en otras, permanecían durante meses.

La presencia de los perseguidos se convirtió en permanente. En la segunda planta, donde estaba la habitación de Corrie, se construyó un escondite, cuya entrada estaba disimulada por un armario.

Cuando sonaba la alarma, un timbre oculto junto a la escalera, los refugiados disponían de un minuto para ocultarse en ese sitio. Allí se quedaban hasta que pasaba el peligro, de pie, en absoluto silencio y completa inmovilidad.

La relojería era una perfecta pantalla para estas actividades, ya que no era sospechoso que, como en cualquier otro negocio, entraran y salieran personas constantemente.

Durante el día, Casper y sus hijas abrían la relojería y, junto con los clientes, recibían a refugiados o provisiones para ellos. Estaban arriesgando sus vidas, pero los guiaba su profunda fe cristiana.

Por la noche había sesiones de lectura o música; una vez por semana tenían lecciones de hebreo e italiano. Esas veladas animaban a todos, aunque solo había electricidad durante pocas horas y debían conservar las velas.

Corrie Ten Boom se encontró al frente de una red clandestina formada por unas ochenta personas: el grupo Beje, que era el nombre de la relojería familiar. Buscaba a más holandeses arriesgados y valientes, que dieran asilo a la gente.

Se estima que salvó la vida de unos 800 judíos, además de integrantes de la resistencia holandesa. Durante varios meses consiguió llevar una doble vida.

Hasta que un día, un hombre entró al negocio. Dijo que él y su esposa eran judíos y necesitaban dinero para sobornar a un policía. Corrie contestó que podía conseguírselo.

El 28 de febrero de 1944, ese hombre los delató a la Gestapo, la policía secreta de los nazis. Sus agentes esperaron durante todo el día, vigilando la relojería.

Detuvieron a todas las personas que llegaron y capturaron a 30 prisioneros. Tras encontrar en la casa tarjetas de racionamiento robadas, arrestaron a Corrie, su padre Casper, sus hermanos Willem, Betsie y Nollie y su sobrino Peter.

Aunque la Gestapo sospechaba que había más gente escondida y revisó todo el edificio, no pudo encontrar el escondite, donde había cuatro judíos y dos miembros de la resistencia.

Durante 47 horas se las arreglaron para permanecer quietos y silenciosos, sin alimentos y con muy poca agua. Todos fueron rescatados por otros integrantes de la red.

Los cuatro judíos fueron llevados a otro refugio y tres sobrevivieron a la guerra. Uno de los miembros de la resistencia murió poco después y el otro logró sobrevivir.

Cuando el anciano relojero Casper Ten Boom supo que podía ser condenado a muerte por salvar judíos, declaró: “Sería un honor dar mi vida por el pueblo elegido de Dios”. Murió en la cárcel diez días después de ser detenido, a los 84 años.

Corrie y su hermana Betsie fueron enviadas al infame campo de concentración de Ravensbrück, cerca de Berlín, Alemania. Les asignaron trabajos pesados en unos molinos cercanos.

A mediodía les daban una papa hervida y al volver hacían cola para recibir una cucharada de sopa de nabos. Tras la abrumadora jornada, apenas podían mover las piernas hinchadas y adoloridas para dormir, ateridas, en una barraca infestada de pulgas.

Los brutales castigos eran cosa de todos los días y la vida en el campo de concentración era insoportable. Las hermanas se esforzaron por compartir el amor de Jesús con sus compañeras de prisión. Sin embargo, Betsie murió poco después, a los 59 años.

Corrie Ten Boom volvió del campo de la muerte. A fines de 1944, su nombre fue incluido por error en una lista de personas que debían recuperar la libertad. Una semana después, todas las mujeres de su edad habían sido asesinadas.

Junto con otras prisioneras liberadas, viajó por tren a Berlín y cruzó Alemania. En Holanda se reunió con los miembros sobrevivientes de su familia y pudo recobrarse de los problemas de salud contraídos mientras estuvo prisionera.

Su hermano Willem, de 60 años, cuyo “crimen” había sido colaborar con la resistencia, contrajo tuberculosis en la cárcel y murió poco después de terminar la guerra.

Su sobrino Christian, de 24 años, fue llevado al campo de Bergen Belsen, acusado de formar parte de la resistencia; nunca más se supo de él.

Corrie pasó en su casa de Haarlem el último invierno de la guerra. En cuanto se recuperó, empezó a contar sus experiencias. Cuando terminó la guerra, fundó una casa de convalecencia para los sobrevivientes.

Sintió que su vida era un regalo de Dios y a los 53 años inició un ministerio mundial para difundir su fe y compartir sus experiencias, que la llevó a viajar por más de 60 países.

El lugar más difícil de visitar fue Alemania, con tan amargos recuerdos. Pero perdonó la pérdida de sus seres queridos y los sufrimientos que pasó en el campo de concentración.

Un día de 1947, en Munich, un hombre quiso saludarla. Lo reconoció de inmediato como uno de los guardianes más crueles de Ravensbrück, ante los cuales tuvo que desfilar desnuda junto con su hermana Betsie cuando los nazis seleccionaban a quienes eran útiles para el trabajo.

Él le dijo que se había convertido al cristianismo después de la guerra y que creía que Dios lo había perdonado por las maldades que había cometido, pero necesitaba que ella también lo perdonara. Ella lo hizo y le dio la mano.

Corrie Ten Boom recibió muchos homenajes, incluyendo un título honorario otorgado por la reina de Holanda. En 1968, el Museo del Holocausto en Jerusalén le pidió que plantara un árbol en memoria de las muchas vidas de judíos que ella y su familia salvaron. Ese árbol aún crece allí.

Escribió varios libros, siendo el más famoso El refugio secreto, publicado en 1971, sobre la historia de su familia durante la II Guerra Mundial. Cuatro años después se filmó la película.

Nunca se casó ni tuvo descendientes, En 1977, a los 85 años, se mudó a Orange, California. Al año siguiente sufrió un accidente cerebrovascular que la dejó paralizada y afectó su capacidad de comunicarse.

Murió el 15 de abril de 1983, día en que cumplía 91 años. Según la tradición judía, solamente a la gente muy bendecida por Dios se le concede el privilegio de morir en su cumpleaños.

En 1987, la Fundación Corrie Ten Boom compró la casa de Haarlem y al año siguiente la abrió al público como museo. Ahí se conservan las habitaciones con muebles, objetos y fotografías familiares, el famoso refugio y una exhibición permanente del Movimiento de Resistencia Holandés.

Para mantener la tradición, en la planta baja aún funciona la vieja relojería. La entrada es gratuita, por lo que volvió a ser “la casa de puertas abiertas” para todos.

Corrie Ten Boom fue una mujer común que hizo cosas extraordinarias y su ejemplo sigue siendo una fuente de inspiración hoy en día.

Investigación y guion: Conti González Báez

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