Entre los meses de mayo y junio de 1940, 300 mil soldados británicos, franceses y belgas quedaron varados en las playas francesas de Dunkirk, sitiados por los invasores alemanes en un cerco que cada vez se cerraba más. A expensas de la aviación nazi, los soldados esperaban ser evacuados mientras veían como los bombarderos exterminaban toda esperanza en el mar. Arranca entonces la Operación Dínamo, orquestada por Winston Churchill, y que involucró tanto a las fuerzas armadas como a la navegación civil para tratar de rescatar a la mayor cantidad de hombres posibles. Los protagonistas del filme, desde el aire, el mar o esperando ser rescatados, participan en este evento crucial en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial.

La visión del mundo en el corazón del gran espectáculo cinematográfico. El cine del británico-estadunidense Christopher Nolan es la antítesis de la mayor parte del cine de autor en el mundo: se estrena justo en medio de los blockbusters del verano, su distribución es mundial, con miles de copias, tiene presencia en todos los medios y sus ganancias suelen ser millonarias. Y al mismo tiempo, se trata de un cine cuya concepción estética y formal revela una compleja visión del mundo, algo nada común en los estrenos de verano, concebidos casi en su totalidad para cubrir la demanda de millones de consumidores en pleno periodo vacacional. En su trilogía de Batman, en El origen (2010) o Interestelar (2014), Christopher Nolan ha denunciado el terrorismo moral de nuestros tiempos, el capitalismo salvaje, las posibilidades de quebrantar dimensiones de tiempo y  espacio, de adentrarse en los sueños propios y ajenos como una válvula de escape ante la crueldad del mundo. Temáticas expandidas a través de superproducciones que no escatiman en el manejo de la acción y los efectos especiales, pero sobre todo, a través de complejas estructuras narrativas que juegan con la temporalidad y la concepción espacial de un espectador a quien Nolan considera inteligente, capaz de disfrutar de un filme con bastante complejidad narrativa y espectacularidad.

La orfandad en el combate. Dunkirk (2017), su más reciente filme, aborda un evento histórico ocurrido en la Segunda Guerra Mundial de una forma poco convencional para una superproducción hollywoodense veraniega. Más que apostar por fastuosas secuencias de acción y efectos especiales deslumbrantes a cambio de la inteligencia del espectador, la intención de Nolan es reflejar los horrores de la guerra en las mentes y los corazones de los protagonistas de esta monumental película coral que juega con el concepto de que los esfuerzos en solitario terminan por conformar un gran logro colectivo. El realizador define a la guerra a través de la mirada de sus protagonistas: en el pavor del joven soldado bajo una lluvia de balas antes de alcanzar la frágil seguridad de una trinchera; en los ojos del comandante que alcanza a ver su patria desde las playas del infierno; en la desesperación del aviador o el soldado quedando atrapados por el agua o el fuego. En Dunkerque el enemigo no tiene rostro; lo representan sus aeronaves, sus torpedos bajo el agua, sus balas anónimas, sus sombras en las dunas. Para Nolan, el horror es sentirse huérfano, en medio de miles de hombres, esperando el momento en que las bombas caigan alrededor. En el filme no hay secuencias monumentales como la del desembarco en Normandía de Rescatando al soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998); toda la tensión se centra en la experiencia personal de aquellos a quienes el tiempo parece que se les termina.

Filmar el tiempo. Christopher Nolan le impone a Dunkerque una compleja estructura narrativa, espacial y temporal que distancia al espectador de las acciones en pantalla. Se divide en tres partes espaciales (el muelle, el mar y el aire) cada uno con una unidad temporal específica (una semana, un día, una hora, respectivamente). Conforme avance la cinta, las tres partes se irán entrecruzando, reforzando la apuesta de Nolan por un espectador interesado en su cinta al máximo, en un ejercicio similar al del realizador en El origen, en la cual uno de los planos del sueño dentro del sueño implicaba la eterna caída de un transporte en el cual viajaban los protagonistas, durante poco más de una hora de metraje. Esta estructura narrativa no es tan sólo un capricho del realizador y guionista; tiene que ver con la forma en la cual los protagonistas conciben el tiempo en medio del suceso histórico retratado, desde una eterna semana a una hora en pleno vuelo.

Finalmente, Dunkirk es más que un magistral ejercicio de estilo para disfrutarse en una pantalla de gran formato. La cinta cala hasta los huesos porque lo que importa es ese elemento humano expuesto no solamente a una guerra sino al destino. No es un filme aspiracional, pero es una invitación al esfuerzo colectivo para rescatar a aquellos que deben volver a casa. Es una celebración para aquellos que han conseguido el triunfo máximo para un verdadero héroe: sobrevivir.

José Antonio Valdés Peña

DUNKIRK (Dunkirk, Gran Bretaña-Estados Unidos-Francia-Holanda, 2017). Dirección y guión: Christopher Nolan. Fotografía en color: Hoyte van Hoytema. Música: Hans Zimmer. Edición: Lee Smith. Con: Kenneth Branagh (comandante Bolton), Mark Rylance (señor Dawson), Tom Hardy (Farrier), Cillian Murphy (soldado traumatizado), Harry Styles (Alex), Fionn Whitehead (Tommy), Barry Keoghan (George). Compañías productoras: Syncopy Inc. Producción: Emma Thomas y Christopher Nolan. Duración: 106 minutos.

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