Con el éxito del Sputnik 1, primer satélite puesto en órbita en 1957, la imagen de la Unión Soviética experimentó un salto cualitativo gracias a la contundente demostración tecnológica.

A diferencia de los ambiciosos planes estadounidenses, los soviéticos plantearon rápidamente una serie de campos de trabajo en los que era posible realizar primicias.

Poco después lanzaron el Sputnik 2 con la perra Laika a bordo, dando a entender que el próximo objetivo sería el envío de seres humanos al espacio.

Luego trabajarían en cohetes más potentes que permitieran visitar la Luna y los planetas más próximos, poniendo en marcha un programa militar de alta prioridad.

Mientras los Estados Unidos creaban en 1958 la NASA, un organismo civil, los soviéticos no lo hicieron hasta décadas después. Todas las actividades espaciales eran controladas por las fuerzas militares del gobierno y la identidad del ingeniero en jefe, Sergei Korolev, permanecía en secreto.

En esa época pionera se preveían fracasos, pero ninguno sería anunciado al mundo. Una de las metas del programa espacial soviético era obtener beneficios propagandísticos y reconocer errores sería contraproducente.

Así, la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas (URSS) dio a entender durante años que su serie de lanzamientos era perfecta, algo que ni los más despistados analistas podían creer.

Por fin, el 12 de abril de 1961, el ciudadano soviético Yuri Gagarin, de 27 años, fue el primer hombre que conquistó el cielo, un acontecimiento histórico.

La gente sabía poco del cosmos y el riesgo que aquel vuelo implicaba para el cosmonauta. Gagarin saltó al precipicio: un espacio infinito, vacío, sin vida y lleno de radiaciones mortíferas.

¿Qué pasaría con la circulación sanguínea en la ingravidez? ¿Quedaría afectado su cerebro a causa de esa sensación poco común y dejaría de funcionar normalmente? ¿Qué efecto tendría la alta velocidad a la que tenía que sobrevolar el planeta?

Todo eso era un enigma. El lanzamiento, que suponía quemar cientos de toneladas de combustible detonante, también encerraba un grave peligro.

El vuelo era un enorme riesgo, cuyo precio era la vida. Gagarin lo corrió en aras de la gloria nacional y para que la humanidad avanzara por el camino del progreso.

Fue el primer habitante de la Tierra en visitar el espacio y tuvo buena suerte, porque pudo contarle al mundo su proeza. Con un vuelo orbital de menos de dos horas, abrió la era de las misiones espaciales tripuladas.

Hijo de un carpintero, Yuri Alekseyevitch Gagarin nació el 9 de marzo de 1934, en una aldea situada a 160 km de Moscú. Durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis expulsaron a su familia de su hogar y se llevaron a dos de sus hermanas.

La familia se trasladó a Gziatsk, donde Yuri presenció el aterrizaje forzoso de un caza soviético abatido por los alemanes. Al pequeño campesino le impresionaron las medallas de los aviadores que bajaron del aparato.

Entendió inmediatamente el precio que habían tenido que pagar por esas condecoraciones. En ese entonces, muchos niños deseaban ser valientes y atractivos pilotos. Él pudo cumplir su sueño infantil.

Antes de graduarse de un instituto técnico con una especialidad en metalmecánica, ingresó a la Escuela de Aeronáutica, donde hizo su primer vuelo en solitario en 1955.

Logró graduarse como piloto en la Academia Militar de Aviación de Orenburgo y entró como teniente en la Fuerza Aérea Soviética. Tras volar aviones de guerra, el joven decidió aspirar a lo más alto y se presentó como candidato a cosmonauta.

Afiliado al partido comunista, ya comandante, considerado uno de los pilotos de pruebas más destacados de la Unión Soviética y por ser hijo de trabajador, fue seleccionado para las pruebas de cosmonautas, entrenándose en el mayor de los secretos.

Al ser admitido en el programa, se mudó con su esposa e hija a la Ciudad de las Estrellas, a las afueras de Moscú, para someterse a un duro entrenamiento.

Washington no se había repuesto del golpe que supuso el lanzamiento cuatro años antes del Sputnik 1, cuando en la madrugada del 12 de abril de 1961, Yuri Gagarin se dirigía hacia la nave Vostok 1 en el cosmódromo de Baikonur, Kazajstán, para abordar el primer vuelo espacial tripulado.

Durante el trayecto, el autobús en que viajaba hizo una parada no programada. Gagarin, ya con el traje espacial puesto, necesitaba orinar. Lo hizo en una de las ruedas del vehículo; desde entonces, todos los cosmonautas repiten ese ritual antes de despegar.

No fue el último imprevisto. Minutos antes del lanzamiento, los técnicos vieron con estupor que al blanco casco de Gagarin le faltaban las siglas de la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas.

Por fortuna, dieron con un bote de pintura y solventaron el problema, tras lo cual el cosmonauta se acomodó en la Vostok 1, cuyo habitáculo tenía apenas 2.3 metros de diámetro.

A las 7:30 horas, la nave se elevó impulsada por un cohete A-1, una versión modificada del que había puesto en órbita al primer satélite artificial, con una potencia de 20 millones de caballos de fuerza. Gagarin sintió cómo su peso se quintuplicaba.

Poco después, sin control sobre la nave, que era automática, y sintiendo la ingravidez, se asomó a la ventanilla de la cápsula. “Veo la Tierra. ¡Es tan hermosa!”, fueron sus primeras palabras.

El cosmonauta observó lo que ningún otro ser humano había visto a distancia: nuestro planeta. “El cielo se mira muy, muy oscuro y la Tierra tiene un tono azul”, atinó a comentar. “Desde las alturas del cosmos, la Tierra se ve nítidamente, se distinguen las islas, la costa y claramente las montañas”.

Mientras disfrutaba el panorama y cantaba la composición de Shostakovich La madre patria está escuchando, la agencia de noticias TASS hizo pública la hazaña del primer hombre que orbitó la Tierra, a una velocidad de 28 000 km por hora.

Tras 96 minutos de recorrido orbital, con apogeo de 327 y perigeo de 175 km de altura, la Vostok 1 emprendió el regreso. Era un momento crítico. En dos de los cinco ensayos, los cohetes que debían frenarla para sacarla de órbita no se habían encendido.

La cápsula se puso al rojo vivo y el cosmonauta vio el resplandor de las llamas rugiendo alrededor. Estaba en una bola de fuego que abandonó en el aire y llegó al suelo en paracaídas, 108 minutos después de partir de Baikonur.

El primer cosmonauta intentó tranquilizar a su improvisado comité de bienvenida, dos campesinas atónitas ante la aparición, a orillas del río Volga, de un paracaidista con una escafandra.

Les dijo: “No tengan miedo. Soy uno de los nuestros, un soviético que ha descendido del espacio y necesito un teléfono para llamar a Moscú”. Gagarin acababa de entrar en la historia.

Poco después, los equipos de rescate dieron con el pionero. TASS confirmó el éxito de la misión. Las autoridades rusas pudieron olvidarse de los otros dos comunicados de prensa preparados: uno anunciaba que la nave se había estrellado sin alcanzar la órbita terrestre y pedía ayuda para la búsqueda de Gagarin; otro notificaba al mundo la muerte del cosmonauta.

El líder soviético Nikita Kruschov estuvo ese día en un balneario de la costa del Mar Negro. Pensaba en lo que les esperaba: triunfo o derrota, júbilo general o marchas fúnebres.

De pronto, recibió la llamada esperada y oyó la entusiasmada voz de Korolev, diseñador del cohete que puso en órbita a Gagarin y director del vuelo: “¡Está vivo!”

Luego, el mandatario sostuvo una conferencia telefónica con el ministro de Defensa. Hacía falta no solo nombrar a Gagarin héroe de la Unión Soviética, sino inventar alguna investidura extraordinaria. De su fantasía nació el título de Piloto-Cosmonauta de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Tras regresar del primer vuelo espacial, el gobierno de la antigua URSS le ofreció a Yuri Gagarin una recepción especial. El júbilo tan esperado se hizo realidad. “Rusia ha puesto a un hombre en órbita”, decían los periódicos soviéticos al día siguiente del histórico acontecimiento.

Para la mayoría de los ciudadanos soviéticos, ese vuelo espacial significaba la materialización de un sueño. Si era posible volar al espacio, también lo era construir una sociedad justa y próspera.

Desde luego, los caudillos comunistas aprovecharon este triunfo con fines propagandísticos y al vuelo de Gagarin se le añadieron muchos elementos ridículos, ideológicos y hasta absurdos.

En el alma del pueblo ruso siguen vivos hasta ahora los recuerdos de aquel vuelo primaveral, que infundió tantas esperanzas. Eran los años de gloria de la ya desaparecida Unión Soviética.

Las palabras que pronunció Gagarin poco después de regresar a la Tierra resonaron por largo tiempo: “Estoy inmensamente feliz de que mi querida patria lograra hacer este vuelo antes que ninguna otra nación. Fuimos los primeros en salir al espacio”.

Como la figura más popular de su país, viajó alrededor del mundo y en todos los países fue recibido como un héroe. No volvió a salir al espacio. Moscú no quería correr riesgos con un símbolo que se preguntaba, tras tocar el cielo: “¿Dónde está Dios? ¡No le he visto!”

El cosmonauta disfrutó poco de la fama. El 27 de marzo de 1968 sufrió un accidente cuando volaba al mando de un Mig 15, en compañía de su instructor. El avión se estrelló por causas inciertas cerca de Moscú. La torre de control perdió comunicación con la aeronave y pasaron horas antes de que trascendiera la tragedia.

Yuri Gagarin, de 34 años, fue enterrado como un héroe, con los más altos honores, al pie del Kremlin. Lo sobrevivieron su esposa Valya y sus dos hijas, Dalya y Lena.

En su honor se nombró un cráter situado en la cara oculta de la Luna y, en memoria de su histórico vuelo de 1961, el 12 de abril se celebra en Rusia el Día de los Cosmonautas.

Cada nación tiene sus aniversarios gloriosos que celebrar, pero pocos son compartidos con todo el mundo. El cincuentenario del primer vuelo espacial tripulado fue un día importante en Rusia y también una celebración mundial.

Dentro de muchos siglos, será uno de los pocos aniversarios que seguirá festejando la humanidad, en la Tierra u otros mundos. Por ello, es importante considerar la importancia del 12 de abril de 1961.

Era necesario un hombre valiente para volar hacia la frontera donde aguardaban peligros desconocidos para su integridad física y psicológica, un joven y carismático héroe: Yuri Gagarin.

Su imagen creció con su eterna juventud, al morir prematuramente en ese accidente de aviación. Quedan para la historia sus primeras palabras: “¡Vámonos!”

Hoy hemos olvidado los miedos acerca de los vuelos espaciales, pero el histórico vuelo de Gagarin aclaró muchas dudas o mitos y alentó la carrera de la exploración espacial.

Durante la Guerra Fría, fue un golpe de la Unión Soviética a los Estados Unidos, pero también un reto. El presidente John F. Kennedy dio como respuesta poner al primer hombre en la Luna. Su país lo logró en 1969, años después de su muerte.

Hoy, la carrera espacial quedó atrás y la conquista del espacio es una meta a la que solo puede llegarse mediante la cooperación internacional.

Normalmente, los rusos identifican a sus naves con un número, sin nombre. En abril de 2011, a 50 años del vuelo pionero, hubo una excepción. Los cosmonautas rusos Alexander Samokutyayev y Andrei Borisenko y el astronauta estadounidense Ron Garan despegaron del cosmódromo en Baikonur, Kazajstán, a bordo de una nave Soyuz llamada Gagarin. Ese día había 23 naciones unidas en un proyecto común, la Estación Espacial Internacional.

El próximo 12 de abril se celebran dos momentos históricos en la exploración del espacio: el vuelo pionero de 1961 y el lanzamiento del primer transbordador espacial, 20 años después, en 1981.

Desde hace 17 años, el mundo celebra Yuri’s Night (La noche de Yuri), una fiesta para conmemorar el primer vuelo de Gagarin y su significado: exploración, aventura y descubrimientos científicos.

Las primeras festividades fueron organizadas en 2001 por dos fanáticos del espacio, George Whitesides Jr. y Loretta Hidalgo, hoy felizmente casados.

Se propusieron recordar el pasado de la era espacial, pero también festejar el presente y pensar en los próximos años de exploración para la humanidad.

Desde entonces, se festeja en planetarios, museos y escuelas de todo el planeta. Las actividades son tan diversas como las personas que las organizan. Lo único que tienen en común es que les emociona la exploración espacial.

En los próximos siglos serán olvidados los nombres de presidentes, atletas, actores y quizá hasta naciones. Pero el de Yuri Gagarin y su sonrisa permanecerán por siempre en la historia de la humanidad.

Investigación y guión: Conti González Báez

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