El término español “té” se deriva del dialecto chino amoy, en el que se pronuncia “tai”. Según la leyenda, el emperador Shen Nung descubrió sus propiedades. Entre las sabias normas de su reinado, ordenó hervir toda el agua destinada al consumo humano.

Un día descansaba bajo un árbol de té silvestre y algunas hojas cayeron en el agua que hervía. La infusión resultante le pareció deliciosa, refrescante y reconstituyente. Así descubrió el té.

Se preparaba como medicina o tónico, con hojas de árboles silvestres. Para satisfacer la creciente demanda, los granjeros empezaron a cultivarlo y desarrollaron un sistema de secado.

Su popularidad creció rápidamente y empezó a ofrecerse en tabernas, tiendas y posadas. Las pastillas prensadas se usaban como trueque con los turcos.

Los comerciantes de té se enriquecieron, mientras que alfareros, plateros y herreros empezaron a fabricar elegantes artículos para tomarlo, símbolos de riqueza y nivel social.

La edad de oro del té se vivió durante la dinastía Tang, cuando se bebía tanto por sus propiedades reconstituyentes, como por placer. Un grupo de comerciantes encargó al escritor Lu Yu el primer libro sobre la bebida, Su Cha Ching, conocido como el Libro sagrado del té, con influencias de la filosofía zen y el taoísmo.

Las hojas tiernas se hervían, machacaban y mezclaban con jugo de ciruela. La pasta se prensaba en moldes, formando pastillas que se horneaban para secarlas. Estas se tostaban y trituraban; el polvo resultante se hervía para preparar la infusión.

Los sabores se obtenían añadiendo al agua cebollas dulces, jengibre, piel de naranja, clavos o menta. Más tarde, durante la dinastía Song, se preferían los aromas de jazmín, loto y crisantemo.

El impacto del té en la historia y cultura del pueblo chino es enorme. Destaca su influencia en el desarrollo de la porcelana, inventada en tiempos de la dinastía Tang y refinada durante la dinastía Song.

Su esplendor acabó drásticamente en 1279, cuando las hordas mongoles encabezadas por Gengis Kahn conquistaron Pekín y se apoderaron de todo el país.

Los invasores se interesaron poco por la cultura y costumbres locales. La élite gobernante fue ajena a las sutilezas y refinamientos del té y este pasó a ser un alimento más.

Cuando Marco Polo llegó a  China, no lo introdujeron al antes imprescindible ritual del té. En sus escritos no hay ninguna referencia a éste.

A la muerte de Kublai Khan, sobrino de Gengis, comenzó a gobernar la dinastía Ming. Hubo un nuevo auge en la fabricación de porcelana y se inventó el proceso de producción del té verde.

En 1644, China fue conquistada por los manchúes, quienes establecieron la dinastía Quing, que permaneció en el poder hasta 1912. Durante su dominio se inventaron métodos para fermentar el té, dando como resultado las variedades oolong y negro.

Los japoneses nunca aceptaron el descubrimiento del té por el emperador chino Shen Nung. Para ellos, sus secretos fueron traídos desde la India por Bodhidharma, fundador del budismo zen.

Se dice que al llegar a Cantón, le ofrecieron una celda en un templo de las montañas. Hizo votos de permanecer nueve años despierto y meditando, pero el sueño lo venció.

Al despertar, disgustado, se arrancó los párpados y los arrojó al suelo. Donde cayeron nació una planta, como testimonio de su debilidad y sacrificio. Los monjes zen recomiendan masticar las hojas en forma de párpado de dicha planta, para mantenerse alerta durante la meditación.

Dengyo Daishi, un monje que estudió en China, llevó las primeras semillas y las plantó en tierras del monasterio. Cinco años después, sirvió té al emperador Saga. Le gustó tanto, que ordenó su cultivo en cinco provincias.

Cuando las relaciones entre China y Japón se deterioraron, el té dejó de ser consumido en la corte japonesa. A principios del siglo XII, la situación mejoró y el monje japonés Eisai visitó China. Trajo más semillas de té y las enseñanzas del budismo zen.

El consumo del té y las creencias budistas evolucionaron paralelamente. Los japoneses desarrollaron la compleja ceremonia del té, Cha-no-yu, para crear un silencioso interludio donde el anfitrión y sus huéspedes se revitalizan espiritualmente.

Combina cuatro ideas básicas: la armonía con las personas y la naturaleza, el respeto por los demás, la pureza de corazón y la tranquilidad. Suele celebrarse en el hogar o en una casa del té.

El comercio con Oriente estaba centrado en Venecia, a donde llegaban exóticos tesoros como seda, tintes y especias, para ser canjeados por mercancías europeas.

Los mercaderes árabes llegaron a China con sus caravanas y las primeras noticias sobre el té que los europeos conocieron fueron transmitidas por ellos.

Cuando el portugués Vasco de Gama hizo realidad el sueño de llegar a China por mar, se estableció una relación comercial basada en Macao. Españoles, holandeses e ingleses fueron recibidos siempre con frialdad por parte de autoridades chinas.

El navegante holandés Jan van Linschooten publicó un relato de sus viajes a Japón, detallando la ceremonia japonesa del té. En 1606, la Compañía Holandesa de las Indias Orientales llevó a Europa el primer cargamento de té procedente de China.

Hacia 1630, la alta sociedad de Londres, Ámsterdam y París se había aficionado al té. En las siguientes décadas conquistó a otros países europeos, pero en algunos fue una moda pasajera.

Alemania volvió a su bebida tradicional, la cerveza. Francia, España y Portugal regresaron al café y vino. En Inglaterra, Irlanda y Rusia, el té llegó para quedarse.

Se dice que Anna, séptima duquesa de Bedford, sugirió tomar té a las cinco de la tarde, para el hambre entre el almuerzo y la cena. El conde de Sandwich tuvo la idea de poner un relleno entre dos rebanadas de pan, el emparedado que en inglés lleva su nombre. La combinación de té y sándwiches fue pretexto para reuniones.

El café Garraway de Londres fue el primer establecimiento público que servía té. Pronto se convirtió en una bebida popular y parte vital de la cultura británica.

El té consumido en Inglaterra era suministrado por los holandeses, hasta que los ingleses decidieron importarlos ellos mismos. La reina Isabel I creó la Compañía de las Indias Orientales.

Sus barcos, fuertemente armados para defenderse de los piratas, transportaban grandes cantidades de té. Su poderío fue enorme, monopolizando durante 150 años todo el comercio con China.

Los ingleses notaron que su comercio resultaba deficitario. Las importaciones de seda, porcelana y té excedían a sus exportaciones de lana, especias y otros productos. La diferencia representaba grandes sumas de dinero.

En 1773 iniciaron un plan para aficionar a los chinos al opio hindú. El éxito fue inmediato. La adicción a la droga desequilibró la balanza en sentido contrario y los cofres del tesoro chino comenzaron a vaciarse.

Para detener los estragos que causaba el opio, el emperador prohibió su comercio, pero los ingleses hicieron caso omiso. En 1839, las autoridades chinas confiscaron 20 000 cajas de opio en el puerto de Cantón. Los ingleses atacaron a los chinos, iniciando así la primera de las cuatro guerras del opio.

Al finalizar cada una, los chinos fueron obligados a pagar fuertes indemnizaciones y firmar armisticios cada vez más desfavorables. Pero sus desgracias no terminaron ahí. Se perfilaba lo que acabaría con su monopolio de siglos sobre el té: las plantaciones en India.

Nativos del Norte de la India ofrecieron una infusión al mayor Robert Bruce, de la guarnición en Assam. Convencido de que era té, pidió que le mostraran la planta y mandó una muestra al jardín botánico de Calcuta, donde fue clasificada como Camellia assamica.

En 1838, un cargamento de té de Assam llegó a Londres, provocando entusiastas elogios de los expertos, empezando una verdadera fiebre del té procedente de India.

Debido a los modernos métodos de cultivo establecidos por los ingleses y la mecanización de la producción, al final del siglo XIX las exportaciones de India superaron a las chinas, siendo hasta ahora el principal país exportador de té.

También prosperó en Ceilán, hoy Sri Lanka, desde que una plaga destruyó todas las cosechas de café y sus agricultores optaron por el té. Actualmente, es el tercer productor en el mundo.

La infusión llegó a Rusia cuando el embajador chino le regaló al zar Alexis varios cofres de té. En 1689, Rusia y China firmaron un tratado, estableciendo fronteras y acuerdos comerciales.

Para mantener alejados a los extranjeros, los chinos exigieron que las transacciones se llevaran a cabo en un puesto fronterizo, ubicado a 2 000 kilómetros de Pekín y 5 000 de Moscú.

El té era cargado en mulas a través de escarpadas montañas y por camellos en el desierto del Gobi. El humo de los campamentos impregnaba los sacos de té, confiriéndole un aroma ahumado, durante muchos años la característica distintiva del té ruso.

Fue artículo de lujo, hasta que la inauguración del ferrocarril transiberiano en 1800 generó una drástica reducción en precios y el pueblo ruso se convirtió en devoto de esta bebida.

El té era muy popular entre los ingleses que habitaban las nuevas ciudades americanas, sobre todo Boston, hasta 1773. Para protestar por los elevados impuestos del té, unos colonos, conocidos como “hijos de la libertad” tiraron al agua un importante cargamento de la Compañía de las Indias Orientales.

El incidente, conocido como Boston Tea Party o Fiesta del té de Boston, inició la guerra de independencia de Estados Unidos. Los patriotas cambiaron el té por el café.

En 1904 aparecieron en ese país dos inventos que revolucionaron el comercio del té. El comerciante neoyorkino Thomas Sullivan mandó a sus clientes muestras de té en bolsitas de muselina.

La comodidad con que se preparaba con esas bolsitas hizo que recibiera cientos de pedidos. El primero en patentar una bolsita de té fue Thomas Lipton.

En la Feria Mundial de San Luis, el inglés Richard Blenchynden ofrecía en su stand té de la India. Debido al intenso calor reinante, las ventas escaseaban y se le ocurrió servirlo con hielo. El éxito del té helado fue instantáneo.

Todos los tés provienen de las hojas de la Camellia Sinensis, planta perenne de la familia de las camelias que crece en climas subtropicales. Se clasifican en tres tipos: negro, verde y oolong. Las 3,000 variedades se deben a diferencias de clima, región y suelo.

El té verde es sin fermentar. Sus hojas son calentadas con vapor, lo que permite que su color y sabor sean lo más parecidos posible a los de la planta.

El negro se obtiene triturando las hojas y exponiéndolas al aire. El proceso de fermentación cambia su color de verde a café y ya secas, a negro.

El procesamiento del oolong es parecido al del negro, pero el tiempo es más corto, produciendo un color y sabor intermedios entre los del verde y el negro.

Los tés aromatizados son resultado de mezclar tés procesados con especias, hierbas, pétalos de flores o aceites frutales. Los clásicos son de jazmín y rosas. Entre los nuevos, son populares los de cereza, cítricos, canela, menta y frutos del bosque.

Earl Grey es el té más famoso del mundo. Significa Conde Grey; fue mezclado con bergamota por un mandarín chino para dicho personaje, primer ministro británico, en agradecimiento por terminar el monopolio de la Compañía de Indias Orientales.

Después del agua, el té es la bebida más consumida en el mundo. Diariamente se toman 1 500 millones de tazas. Su preparación está abierta a la imaginación y gusto de cada pueblo.

En China, el más popular es verde y aromatizado. Siempre se ofrece a las visitas; en restaurantes se sirve antes de la comida y como digestivo.

En fábricas y oficinas hay grandes teteras con agua hirviendo y bolsitas de té en cada escritorio. Los trabajadores del campo se llevan calabazas o tarros con té para tomar durante el día.

En Japón, el preferido también es verde; miles de personas asisten a escuelas especiales para aprender la ceremonia del té. Sin embargo, algunos beben negro con leche, al estilo británico.

En el Tíbet, para preparar tsampa o verde salado, un trozo de té prensado se muele, hierve, cuela y mezcla con sal y mantequilla de yak, animal parecido a la vaca.

El té sigue siendo la bebida favorita de los británicos. La costumbre de añadirle leche se originó a finales del siglo XVII. Es la bebida favorita de los indios, al estilo británico. En puestos callejeros se vende té muy fuerte con azúcar y leche.

Pese a la creencia popular, en Turquía se bebe más té que café. La infusión, negra y fuerte, se toma en casa, restaurantes y oficinas. En Irán y Afganistán, es la bebida nacional. El verde es para saciar la sed y el negro para entrar en calor, ambos con mucha azúcar.

En Rusia, tanto el verde como el negro se toman sin leche. Antes de sorber el té, los rusos se ponen en la boca un terrón de azúcar o una cucharada de mermelada.

Los egipcios son grandes bebedores de té, dulce y sin leche. En los cafés se sirve junto con un vaso de agua, azúcar y menta. En Marruecos, se sirve desde cierta altura, para que quede espumoso.

La cafeína es un importante componente del té y actúa como estimulante suave. Todos los tipos la contienen, pero el verde tiene menos que el oolong y este menos que el negro.

El té contiene la mitad de cafeína que el café. El cuerpo absorbe rápidamente la de éste, con un incremento inmediato de la actividad cardiovascular. Los efectos del té se dan lentamente, pero son más duraderos.

La sabiduría popular le atribuye beneficios para la salud. Investigaciones recientes han descubierto que su consumo reduce el riesgo de enfermedades cardíacas.

No contiene calorías, pero sí vitaminas y minerales, incluyendo flúor, que ayuda a proteger el esmalte de los dientes de las caries y fortalece los huesos.

La elección depende de preferencias personales. Quienes lo prefieran ligero y suave, optarán por oolong. Para apreciar las cualidades refrescantes y aromáticas del verde, son ideales los de China y Japón. Para infusiones más fuertes, el negro es ideal.

El té debe prepararse con agua hirviendo, para extraer la esencia de sus hojas. En esta temporada de frío, se antoja tomar un reconfortante y delicioso té.

Investigación y guion: Conti González Báez

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