Recordado poeta mexicano. Realizó sus estudios en el Colegio de Jacona, posteriormente asistiría al seminario de Zamora, en el Estado de Michoacán, donde permaneció desde 1886 hasta 1891.

Los problema económicos que sufrió su familia, lo forzaron a dejar los estudios eclesiásticos, aunque la decisión de dejar los conocimiento de Dios, fuera también influida por sus propias inclinaciones.

Desarrollo una espiritualidad mística que justificó sus producción lírica en una primera etapa. Existencia humana, sus problemas, sus conflictos y sus misterios, y sobre el eterno dilema de la vida y la muerte, son los principales temas que abordo.

En París conoció a dos personas trascendentales que serían determinantes en su formación como lírico y como persona. El poeta nicaragüense Rubén Darío y al amor de su vida, Ana Cecilia Luisa Dailliez, con la que compartió diez años de amor, entre 1901 y 1912. Sin embargo la muerte prematura de Ana, crearían en el espíritu del poeta un remolino de emociones que causarían versos llenos de dolor y que se plasmarían en la obra, “La amada inmóvil”, la cual se publicó tiempo después de la muerte del poeta mexicano.

Se conserva en Madrid una placa en el edificio de la calle de Bailén y en el nicho 213 del cementerio de San Lorenzo y San José, donde el poeta mandó sepultar a su amada, la lápida de mármol negro que era visible al otro lado del río Manzanares, desde donde “el fraile de los suspiros, celeste anacoreta”, como lo llamó Rubén Darío, siguió viviendo su secreto amor.

En los siguientes párrafos te mostramos algunos fragmentos del volumen, “La amada inmóvil”

 

OFERTORIO

Dios mío, yo te ofrezco mi dolor:
¡Es todo lo que puedo ya ofrecerte!
Tú me diste un amor, un solo amor,
¡un gran amor!
Me lo robó la muerte
…y no me queda más que mi dolor.
Acéptalo, Señor:
¡Es todo lo que puedo ya ofrecerte!…

¿LLORAR? ¿POR QUÉ?

Este es el libro de mi dolor:
lágrima a lágrima lo formé;
una vez hecho, te juro, por
Cristo, que nunca más lloraré.
¿Llorar? ¿Por qué?

Serán mis rimas como el rielar
de una luz íntima, que dejaré
en cada verso; pero llorar,
¡eso ya nunca! ¿Por quién? ¿Por qué?

Serán un plácido florilegio
un haz de notas que regaré
y habrá una risa por cada arpegio,
¿Pero una lágrima? ¡Qué sacrilegio!
Eso ya nunca. ¿Por quién? ¿Por qué?

¡GRATIA PLENA!

Todo en ella encantaba, todo en ella atraía
su mirada, su gesto, su sonrisa, su andar…
El ingenio de Francia de su boca fluía.
Era llena de gracia, como el Avemaría.
¡Quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!

Ingenua como el agua, diáfana como el día,
rubia y nevada como Margarita sin par,
el influjo de su alma celeste amanecía…
Era llena de gracia, como el Avemaría.
¡Quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!

Cierta dulce y amable dignidad la investía
de no sé qué prestigio lejano y singular.
Más que muchas princesas, princesa parecía:
era llena de gracia como el Avemaría.
¡Quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!

Yo gocé del privilegio de encontrarla en mi vía
dolorosa; por ella tuvo fin mi anhelar
y cadencias arcanas halló mi poesía.
Era llena de gracia como el Avemaría.
¡Quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!

¡Cuánto, cuánto la quise! ¡Por diez años fue mía;
pero flores tan bellas nunca pueden durar!
¡Era llena de gracia, como el Avemaría,
y a la Fuente de gracia, de donde procedía,
se volvió… como gota que se vuelve a la mar!

 

 

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