La Luna es un objeto celeste fascinante, de los más grandes del Sistema Solar, el más cercano y el único que podemos ver en detalle a simple vista o con instrumentos sencillos.

Es el único satélite natural de la Tierra y, por extensión, se llama lunas a los satélites de otros planetas. La rama de la astronomía que que estudia su historia y evolución es la selenología, equivalente a la geología, que estudia a la Tierra.

La Luna el cuerpo espacial más estudiado y mejor conocido, aunque todavía encierra muchos misterios, como el de su origen, sobre el cual hay varias teorías.

Según la hipótesis de fisión, originariamente la Tierra y la Luna eran un solo cuerpo; parte de la masa fue expulsada, debido a la inestabilidad rotatoria de nuestro planeta. Sin embargo, para poder separarse de la Tierra, esta debería haber rotado a una velocidad imposible, dando una vuelta cada 3 horas.

La hipótesis de captura supone que la Luna era un astro independiente, formado en un momento distinto, lejos de la Tierra. Viajó durante mucho tiempo por el espacio hasta ser capturado por la gravitación terrestre. Sin embargo, es difícil explicar la desaceleración de la Luna, necesaria para que no escapara.

La de la acreción binaria supone la formación simultánea de la Tierra y la Luna, a partir del mismo material en el Sistema Solar. El inconveniente es que tienen una composición química diferente.

La del impacto supone que un cuerpo del tamaño de Marte colisionó con la Tierra y bloques gigantescos de materia saltaron al espacio para generar la Luna. Pero es difícil que la colisión no desintegrara al planeta.

Según la hipótesis de precipitación, la energía liberada durante la formación de nuestro planeta creó una atmósfera caliente y densa de vapores de metal y óxidos que, al enfriarse, precipitaron el polvo que dio origen a nuestro satélite.

Recientemente, geoquímicos de la Universidad de Michigan determinaron con precisión la edad de la Luna; se formó más tarde de lo supuesto, entre hace 4 500 y 4 520 millones de años. Los datos apoyan la hipótesis de que se formó por el choque de un gran objeto con nuestro planeta o bien, a partir de la misma Tierra.

Galileo fue la primera persona en ver la Luna a través de su telescopio en 1610 y nuestro conocimiento sobre esta cambió para siempre.

Distinguió dos regiones superficiales distintas. A las oscuras las llamó “mares”, que por supuesto no tienen agua; son planicies con pocos cráteres. A las claras o más brillantes las denominó “continentes”; son más elevadas y con muchos cráteres.

En 1651, Giovanni Riccioli bautizó los rasgos lunares más prominentes. Nombró a las grandes áreas oscuras y lisas Mar de la Serenidad y Mar de la Fecundidad. Los nombres para los cráteres fueron de astrónomos famosos como Tycho, Ptolomeo, Copérnico, Kepler y Aristarco. Después del siglo XVII fueron bautizados los cráteres Newton, Lagrange y Galileo, que por cierto es pequeño y poco distinguido.

La nomenclatura planetaria es usada para identificar rasgos únicos en la superficie de un planeta o satélite, para que pueda ser fácilmente localizado, descrito y discutido. La Unión Astronómica Internacional ha sido el árbitro desde 1919.

Los cráteres llevan nombres de científicos, académicos, artistas y exploradores destacados ya fallecidos. Los montes, de cordilleras terrestres; otras formaciones se refieren al cráter más cercano.

Como los rusos fueron los primeros en observar la cara oculta de la Luna, un importante cráter allí lleva el nombre de Tsiolkovsky, quien tuvo la idea de los vuelos espaciales.

Los cosmonautas rusos que han muerto en el cumplimiento del deber son conmemorados en cráteres cercanos al Mar Moscovita y los astronautas estadounidenses fallecidos en alguna misión, alrededor del Cráter Apolo. En el futuro serán provistas locaciones apropiadas para otras naciones que sufran pérdidas similares.

La parte más lejana de la Luna tiene un solo mar; los científicos creen que esta área representa cómo era la Luna hace 4 000 millones de años.

En la cara hacia la Tierra hay 20 mares importantes. Aunque se consideran llanuras, no son planos. Los atraviesan riscos y están plagados de cráteres o precipicios. El mayor es el Mare Imbrium o Mar de Lluvias, con 1 120 km de diámetro.

Están rodeados por montañas, con nombres como Alpes, Pirineos y Cárpatos, como las cordilleras terrestres. La cordillera lunar más alta es Leibnitz, con cimas comparables a las del Himalaya.

Hay decenas de miles de cráteres en la superficie lunar. Uno de los mayores es Clavius, de 200 km de diámetro; sin embargo, la mayoría mide entre 20 y 30 km.

Al comenzar los vuelos espaciales, la Luna fue el primer destino. Los primeros vehículos no tripulados fueron los del programa soviético Lunik, en 1959. El Lunik 3 logró fotografiar la cara oculta, que no se ve desde la Tierra, pero con pésima calidad.

El programa Ranger estadounidense estrellaba naves contra la Luna para conseguir fotos detalladas; solo las 7, 8 y 9 consiguieron su objetivo. El programa Orbitador Lunar envió cinco más para cartografiarla y ayudar al Programa Apolo a poner un hombre en la Luna, lo que se logró con el Apolo 11.

El 20 de julio de 1969, Neil Armstrong fue el primer hombre que pisó la Luna, seguido por Buzz Aldrin. Ellos y otros caminantes lunares experimentaron los efectos de la tenue atmósfera. Debido a la ausencia de aire, no se transmite el sonido, por lo que emplearon la radio para comunicarse entre sí.

También experimentaron la diferencia gravitacional. Por su menor tamaño, la gravedad de la Luna es una sexta parte de la terrestre. Un hombre que pese 82 kg en la Tierra, pesará 14 en la Luna.

La temperatura lunar varía mucho, dependiendo de si la zona se encuentra o no iluminada. Sus extremos van desde un máximo de 127º C al mediodía, hasta un mínimo de -180º C al amanecer. No es sorprendente que no haya vida en la Luna.

La falta de atmósfera implica que su superficie no tiene ninguna protección ante el bombardeo esporádico de cometas y meteoritos. Además, una vez que estos se impactan, los cráteres no se degradan, por la falta de erosión. Las fotos servirán por siglos, porque sin viento el paisaje no cambia.

Los astronautas de las misiones Apolo recogieron rocas lunares, sacaron miles de fotografías y colocaron instrumentos en la Luna que enviaron información a la Tierra por telemetría de radio. Hubo gran euforia, que fue apagándose debido a la falta de presupuesto que llevó a abandonar las expediciones lunares tras el Apolo 17.

En la década siguiente, otras 19 misiones soviéticas no tripuladas realizaron exploraciones lunares que ayudaron a mapear su superficie.

Se han recogido cerca de 400 kg de rocas lunares que los científicos analizan. La mayoría son negras; otras amarillas y marrones. Hay diferencias con respecto a muestras terrestres, aunque su edad es similar a las más antiguas rocas de la Tierra.

La mayoría se conserva en el Centro Espacial Johnson de Houston, Texas. Muchas se encuentran en laboratorios de todo el mundo y algunas están expuestas en museos.

Solo tres piezas, cortadas de rocas basálticas de la misión Apolo 17, pueden ser tocadas. Están en el Museo Smithsoniano del Aire y el Espacio en Washington, D.C., el Museo Espacial de Houston, Texas y el Museo de las Ciencias de la UNAM.

La Luna no ha vuelto a ser visitada por humanos desde 1972, pero misiones no tripuladas de Rusia, Estados Unidos, Japón, la Unión Europea, China, India y Luxemburgo han continuado estudiándola.

Todas las civilizaciones han tenido un nombre para el satélite de la Tierra. En griego es Selene; en latín, italiano y español es Luna, en inglés Moon, en francés Lune y en alemán Mond.

En la mitología griega, Selene era la diosa lunar, hija de los titanes Hiperión y Tía, hermana de Helios, el Sol. Cuando este terminaba su viaje a través del cielo, Selene comenzaba el suyo, al caer la noche sobre la Tierra.

Selene amó a un mortal, el hermoso pastor o cazador Endimión. Lo vio dormido en una cueva y se enamoraron. Selene pidió a Zeus que le concediera la vida eterna, para que nunca la abandonara.

Otra versión dice que Endimión decidió dormir un sueño perpetuo, del que solo despertaba para recibir a Selene. Cada noche, ella lo visitaba en la cueva. De este amor nacieron cincuenta hijas; en algunas versiones, también Naxo, el héroe de la isla de Naxos.

Los himnos homéricos cuentan que Selene tuvo con Zeus tres hijas, incluyendo a Pandia, la “completamente brillante” Luna llena y al león de Nemea.

En Arcadia fue amante del dios Pan, quien la sedujo envuelto en una piel de oveja y le regaló el yugo de bueyes blancos que tiran del carro de plata en el que es representada, una mujer hermosa de rostro pálido, con su velo levantado por el viento.

En la caricatura japonesa Sailor Moon, la princesa de la Luna se llama Selene y también está enamorada de un humano llamado Endimión.

Selenita, palabra de origen griego, es el gentilicio original de nuestro satélite, aunque actualmente se emplea más el término lunar.

La liebre es un animal lunar en muchas mitologías antiguas. Representa la resurrección o el renacimiento, así como la intuición y la luz en la oscuridad. Intercede entre las deidades lunares y el hombre. En China se dice que habita en la Luna.

Según leyendas similares de India, China, Japón y México, el conejo se encontró con una deidad pero, a diferencia de otros animales, no tenía ningún alimento que compartirle, como frutos o carne, porque come pasto.

El animalito se ofreció entonces como su comida y fue premiado por la deidad, que le construyó un palacio en la Luna o bien, estampó en ella su figura.

El “conejo de la Luna” es una característica superficial de nuestro satélite conocida por casi todas las culturas antiguas. En algunos países occidentales es llamada también “el hombre en la Luna”, que se supone es Caín, exiliado tras haber matado a su hermano Abel.

La expresión “luna de miel”, del siglo XVI, se refiere a la primera Luna posterior a la boda. Era costumbre que los recién casados tomaran hidromiel, bebida que aumentaba la fertilidad.

Actualmente se refiere a la noche de bodas o periodo posterior a la boda que los novios pasan juntos, usualmente un viaje a algún lugar romántico.

La Luna no tiene luz propia; parece luminosa porque refleja la luz solar. Las fases lunares cambian mientras orbita la Tierra y diferentes partes quedan iluminadas por el Sol.

Las primeras civilizaciones medían el tiempo contando las fases lunares. Cada una dura una semana y el ciclo aproximadamente un mes. Dependen de la posición de la Luna con respecto al Sol.

En la Luna nueva, la cara que presenta a la Tierra está en sombra. Una semana más tarde, el cuarto creciente muestra la mitad del globo iluminado; siete días después, la Luna llena expone toda su superficie iluminada; el cuarto menguante vuelve a mostrar medio globo iluminado. El ciclo se repite cada mes lunar.

La Luna orbita la Tierra a una distancia media de 384 403 km, a una velocidad de 3 700 km/h. Completa su vuelta elíptica en un mes sidéreo de 27 días, 7 horas, 43 minutos y 11.5 segundos. Su movimiento orbital y el giro de la Tierra se combinan, por lo que la salida de la Luna se retrasa 50 minutos cada día.

La “cara oculta” de la Luna no lo es tanto. Existen irregularidades del movimiento lunar, llamadas libraciones, que la ponen parcialmente al descubierto. Antes de las primeras sondas espaciales, ya se había cartografiado el 59% de la superficie lunar.

Los eclipses se deben a una casualidad. El Sol es 400 veces mayor que la Luna, pero está 400 veces más lejos, de modo que ambos tienen aproximadamente el mismo tamaño angular.

Un eclipse es el oscurecimiento de un cuerpo celeste por otro. En el caso de la Tierra, existen dos modalidades: Solares, que consisten en el oscurecimiento del Sol visto desde la Tierra, debido a la sombra de la Luna; y lunares, que oscurecen la Luna cuando esta se sitúa en la zona de sombra que proyecta nuestro planeta.

Mientras la Tierra gira en torno al centro de gravedad del sistema Tierra-Luna, hay una fuerza que intenta deformarla, dándole el aspecto de un huevo. La deformación afecta más a las aguas; el fenómeno se llama gradiente gravitatorio y produce las mareas.

Para el astrónomo aficionado, no es necesario un telescopio para realizar observaciones de calidad; con simples binoculares pueden verse los mares y cráteres lunares.

El mejor momento no es la Luna llena, cuando los rayos solares alcanzan la superficie de forma perpendicular y las formaciones no producen sombras. En los días anteriores y posteriores las sombras son más pronunciadas, sobre todo cerca de la Luna nueva.

Investigación y guion: Conti González Báez

 

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