Desde la Antigüedad, la idea que dominó al mundo fue la necesidad de aumentar la población, lo que se traducía en una mayor prosperidad. La fertilidad representaba una bendición y era fervientemente fomentada.

A lo largo de la historia, casi sin excepción, las mujeres tuvieron miedo de ser estériles y aisladas de la sociedad, ya que serían de poca utilidad a un hombre y sus probabilidades de casarse nulas.

Los hijos representaban un bien económico. En algunos casos proveían mano de obra para trabajar; en otros, prometedoras dotes y fortunas familiares.

Sin embargo, la fecundidad incesante provocaba problemas de salud. Era común que una mujer muriera en uno de sus tantos partos o que sus hijos contrajeran infinidad de enfermedades por falta de cuidados sanitarios.

La preocupación por regular la natalidad data de tiempos muy remotos. Durante siglos, mujeres de todo el mundo usaron una gran variedad de métodos para espaciar la reproducción o evitarla, en su mayoría poco eficientes o peligrosos.

Entre antiguos documentos sobre la anticoncepción están los papiros de Ebers, textos médicos egipcios que datan del año 1550 a.C; incluyen distintos métodos y fórmulas anticonceptivas.

Los escritores griegos Plinio el Mayor y Discorides Pedanius se refirieron al control de la fertilidad y los autores árabes Ar-Razi, Ali ibn Abbas y Avicenna también exploraron el tema.

Una de las descripciones más tempranas de los ovarios se encuentra en la edición de 1555 del libro Humani Corporis Fabrica escrito por el gran anatomista flamenco Andreas Vesalius.

Uno de sus pupilos favoritos, el ilustre anatomista Gabriel Fallopio, descubrió los oviductos humanos, que eventualmente se conocieron como las trompas de Fallopio. Sus observaciones incluyen la introducción de los términos anatómicos vagina y placenta”

Sus primeros trabajos fueron publicados en 1560, dos años antes de su muerte. En 1606 se publicó en Venecia su monumental obra en tres volúmenes, con amplia información sobre anatomía y medicamentos para casi todas las patologías conocidas hasta entonces.

El que la concepción fuera más probable durante ciertas fases del ciclo menstrual era una sospecha común entre los autores clásicos. En 1843, el médico parisino Adam Raciborski notó que las novias que contraían matrimonio justo después de su menstruación generalmente concebían en ese mismo ciclo. Por el contrario, cuando el casamiento ocurría cierto tiempo después de menstruar, concebían hasta el siguiente.

La primera investigación del sistema reproductor femenino fue realizada por el ginecólogo vienés Emil Knauer, en 1890. Tras diversos experimentos con ratas, sugirió la existencia de algún tipo de “fermento generativo”, estimulado por una secreción desconocida de los ovarios.

Otros especialistas concluyeron que las glándulas segregaban misteriosos químicos, que eran transportados a través de la corriente sanguínea hacia ciertos órganos.

Como mensajeros, les llevaban órdenes y luego se producían diversos efectos. Hacia 1905, los mensajeros fueron llamados hormonas, palabra que viene del griego, “incitado a la actividad”.

En 1929, el fisiólogo austriaco Ludwing Haberland retiró los ovarios a ratas preñadas y los implantó en otras roedoras en edad reproductiva. Éstas se volvieron infértiles, debido a una hormona generada por las glándulas trasplantadas: la progesterona.

Surgió entonces la idea de inhibir la ovulación a través de hormonas sexuales y, por tanto, impedir el embarazo. Las investigaciones sobre la anticoncepción no pudieron avanzar en ese momento, debido al rechazo generalizado ante un tema considerado tabú.

En 1898, Sigmund Freud había escrito: “Si el acto responsable de la procreación pudiera ser elevado al nivel de una conducta voluntaria e intencional y, de esta manera, separarlo del imperativo de satisfacer un impulso natural, teóricamente sería uno de los mayores triunfos de la humanidad”. Dos mujeres tuvieron el mismo sueño: Margaret Sanger y Katherine McCormick.

La estadounidense Margaret Louise Higgins vio morir a su madre prematuramente, debido al esfuerzo de haber dado a luz a once hijos. Como enfermera obstetra en Nueva York, la joven fue testigo de la relación entre pobreza, fertilidad desenfrenada, las altas tasas de mortalidad infantil o materna y muertes por abortos ilegales.

Estos horrores marcaron su vida, transformándola en una pionera del movimiento a favor del control natal; estaba convencida de que toda mujer tiene el derecho a prevenir un embarazo no deseado.

A los 24 años, Margaret contrajo matrimonio con William Sanger, de quien tomó el apellido. En 1916 abrió la primera clínica de anticoncepción en Brooklyn, Nueva York, por lo cual fue arrestada durante 30 días.

Publicó el periódico Revisión del control natal y fue acusada de difundir materiales obscenos, acusación que luego fue retirada. Editó la revista La mujer se rebela y distribuyó un panfleto titulado Limitaciones Familiares, en los cuales fomentaba sus ideas de vanguardia, lo que la llevó a prisión.

En ese entonces, la Ley Comstock era parte de una campaña para legislar la moral pública en los Estados Unidos. Titulada Acto para la supresión del comercio y circulación de literatura obscena y artículos para uso inmoral, también estaba dirigida contra los métodos de control natal, así como información sobre la sexualidad, las enfermedades de transmisión sexual y el aborto.

Sin rendirse, Margaret Sanger fundó y presidió la Liga Americana de Control Natal en 1921. Al año siguiente, con 46 años y divorciada de Sanger, se casó con Noah Slee, aunque conservó el apellido de su primer marido.

Viajó por Europa para estudiar el control de la fertilidad y en 1927 organizó la Primera Conferencia de Población Mundial en Ginebra, Suiza.

Su compatriota Katherine Dexter McCormick era hija de una familia adinerada de Chicago. A diferencia de muchas mujeres de su tiempo, tuvo la oportunidad de asistir a la universidad.

A los 29 años, se casó con Stanley McCormick. Dos años después él desarrolló esquizofrenia y su vida se vio completamente alterada. Katherine, entusiasta promotora del voto femenino, dividió su tiempo entre esta causa y la investigación de la esquizofrenia.

En 1917, Sanger y McCormick se conocieron en Boston y desde entonces estuvieron en contacto. Treinta años después, el esposo de Katherine murió y ella heredó 15 millones de dólares. A los 72 años, la rica viuda decidió unir fuerzas con su vieja amiga.

McCormick preguntó a Sanger acerca del estado en el que se encontraban las investigaciones sobre anticoncepción y las oportunidades para promoverlas.

Ambas soñaban con el desarrollo de un anticonceptivo oral que fuera tan accesible como la aspirina. Con el dinero de la herencia, sería posible hacer realidad ese sueño.

Les aconsejaron contactar al endocrinólogo Gregory Goodwin Pincus, una de las máximas autoridades en biología reproductiva. Después de extensas conversaciones en su instituto, McCormick le encargó el desarrollo de un anticonceptivo farmacéutico.

Al conocerse el mecanismo natural que evita una nueva fecundación durante la gestación, las investigaciones habían avanzado hasta la obtención de progestinas sintéticas, proteínas que desencadenan la obtención de progesterona y, como consecuencia, detienen la ovulación.

En 1943, el químico Russell Marker de la Universidad Estatal de Pennsylvania había descubierto cómo extraer progesterona de material vegetal y sintetizar estrógeno. Su proceso, conocido como Degradación de Marker, es la base para producir hormonas sintéticas.

Marker recorrió Estados Unidos y examinó aproximadamente 400 especies de plantas, tratando de encontrar una que permitiera la producción masiva de progesterona; no lo logró.

Entonces viajó a México en busca de una planta llamada barbasco, también conocida como “cabeza de negro”. Su nombre científico es Dioscorea genus y había leído sobre ella en un texto de botánica.

Su corazonada fue correcta; las raíces del tubérculo constituyeron una excelente fuente para la producción masiva y barata de progesterona sintética.

En seguida, se propuso encontrar socios que financiaran su trabajo. Dos refugiados europeos, Emeric Somlo y Frederick Lehman, vislumbraron las inmensas posibilidades financieras del proyecto.

En 1944 fundaron el laboratorio Syntex en la Ciudad de México, con el propósito de producir progesterona destinada a las empresas farmacéuticas, a partir de los innovadores métodos de Marker.

Sin embargo, antes de finalizar el año, el químico tuvo un desacuerdo con sus socios, decidió marcharse y se llevó consigo algunos componentes claves para el proceso de síntesis.

Tras la inesperada partida de Marker en 1945, los empresarios Somlo y Lehman invitaron al químico húngaro George Rosenkranz a hacerse cargo de la producción de hormonas en Syntex.

Rosenkranz obtuvo su título de ingeniero químico en Budapest y estudió su doctorado en el Instituto de Tecnología de Zúrich, donde trabajó con el Profesor Lavoslav Ruzicka, ganador del Premio Nobel de Química por su trabajo en esteroides.

Había empezado la II Guerra Mundial; los horrores del nazismo y su persecución de la inteligencia alcanzaron a la supuestamente neutral Suiza. Rosenkranz y otros colegas judíos ya no se sentían a gusto en el país y entendieron que su presencia podría acarrear problemas a su mentor.

Con una oferta para trabajar como profesor en la Universidad de Quito, Rosenkranz tuvo la oportunidad de emigrar. Hizo escala en La Habana en octubre de 1941. Dos meses después, el ataque a Pearl Harbor y la entrada de Estados Unidos al conflicto le impidieron continuar su viaje. La guerra lo perseguía.

Tras ofrecer infructuosamente sus servicios como profesor en la Universidad de La Habana, encontró empleo como químico en un laboratorio farmacéutico local.

Debido a la guerra, la disponibilidad de compuestos químicos era escaso y Rosenkranz tenía que sintetizar hasta su propio éter. Logró crear un medicamento para males venéreos y otro analgésico, con gran éxito comercial.

Durante los cuatro años que permaneció en Cuba, se mantuvo interesado en la fabricación de hormonas y empezó a formar escuela. También conoció a su esposa Edith.

Recién casado, llegó a la Ciudad de México el 6 de agosto de 1945, cuando el bombardero Enola Gay lanzó la bomba atómica sobre Hiroshima. En los primeros momentos, nadie sabía lo sucedido. El día era esplendoroso y el científico consiguió empleo en Syntex.

Encontró un pequeño caos. Marker se había llevado todas sus fórmulas secretas; la compañía sólo contaba con un químico, unos pocos laboratoristas, dos mozos y una deuda monumental. Gracias al talento y tenacidad de Rosenkranz, la empresa empezó a producir esteroides a escala industrial y a ganar dinero.

George Rosenkranz logró convencer a los dueños de Syntex de contratar gente dedicada puramente a la investigación. El Dr. Carl Djerassi fue uno de los genios que logró reclutar.

Nacido en Viena, Austria, Djerassi estudió en Estados Unidos: Química Orgánica en la Universidad de Kenyon y su posgrado en la Universidad de Wisconsin, tras lo cual se dedicó a la investigación.

Como su madre era médico y dentista, siempre creyó que la mujer podía desempeñar un rol importante fuera del hogar. Él y Rosenkranz alentaban la participación de mujeres en Syntex, donde eran mayoría como asistentes. Muchas estudiantes realizaron sus trabajos de tesis en el laboratorio y ascendieron a puestos de mayor responsabilidad.

El Dr. Rosenkranz hizo alianza con el Instituto de Química de la UNAM, lo que permitió que un joven y brillante químico se incorporara al equipo y realizara históricas contribuciones.

Originario de Nayarit, Luis Ernesto Miramontes Cárdenas estudió la preparatoria en la Ciudad de México e Ingeniería Química en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Por su vocación y capacidad de investigador, algunos profesores lo invitaron a trabajar en el Instituto de Química de la UNAM cuando apenas cursaba el tercer año. Al terminar la carrera, entró como pasante en Syntex, bajo la supervisión de Rosenkranz y Djerassi.

Para sorpresa de muchos, la carrera mundial para conseguir el compuesto químico que permitiera crear la píldora anticonceptiva se ganó en el laboratorio Syntex, ubicado en la salida de la Carretera a Toluca, a unos 500 metros de Paseo de la Reforma y Av. Constituyentes, donde está el Trébol Radio Centro.

El 15 de octubre de 1951, el joven Miramontes, con apenas 20 años de edad, llevó a cabo el último paso de una larga secuencia de reacciones químicas que el equipo del laboratorio había empezado meses atrás.

De inmediato, se dio a conocer al mundo el histórico logro de los científicos Carl Djerassi, George Rosenkranz y Luis Miramontes.

A la sustancia sintetizada por Miramontes a partir del barbasco o Dioscorea genus, se le nombró norestisterona. Hoy en día sigue siendo uno de los ingredientes activos de los anticonceptivos orales que toman millones de mujeres en el mundo.

En esa época, la religión y la política guiaban las decisiones científicas. Rosenkranz viajó por Europa y el resto del mundo ofreciendo el método anticonceptivo, pero nadie lo quería.

Como Syntex no tenía los recursos para comercializar el producto a nivel internacional, ofreció a la farmacéutica Parke-Davis suministrarle la norestisterona a granel. Pero si decidía fabricar un anticonceptivo. se arriesgaba a que los opositores del control de la natalidad boicotearan toda su línea de productos.

Entretanto, la compañía Searle logró producir un compuesto parecido y patentó su descubrimiento, noretinodrel. A partir de esta sustancia, Frank B. Colton desarrolló el primer anticonceptivo oral.

Tras establecer la actividad biológica del noretinodrel en conejas, Gregory Pincus y John Rock, un ginecólogo con experiencia en trastornos de fertilidad, llevaron a cabo un estudio a gran escala con mujeres voluntarias en Puerto Rico. Claramente, la nueva droga inhibía la ovulación.

Finalmente, el 9 de mayo de 1960 la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos anunció la aprobación de un contraceptivo oral a base de noretinodrel, “la píldora” producida por Searle y comercializada como Enovid.

Schering obtuvo la licencia de norestisterona de Syntex y unos años más tarde el laboratorio mexicano logró captar la mayor parte del mercado, mediante convenios de licencia con los laboratorios Ortho, Eli Lilly y Parke-Davis, que esta vez sí se mostró interesado. Syntex también lanzó al mercado su propio anticonceptivo oral.

Hasta entonces, los métodos anticonceptivos implicaban la participación, o al menos el conocimiento, tanto del hombre como de la mujer durante la relación sexual. Con el advenimiento de la píldora, la anticoncepción se convirtió en terreno femenino.

La aceptación fue inmediata y entusiasta. Su incursión en el mercado quedó marcada incluso en el lenguaje, pues pese a la diversidad de fármacos existentes, es “la píldora”.

Aunque dio a las mujeres el control reproductivo, las primeras dosis eran muy altas, lo que provocaba diversas reacciones como náusea, visión borrosa, hinchazón, incremento de peso, depresión, coágulos y hasta ataques fulminantes.

Los especialistas notaron que dosis más bajas lograban el mismo efecto y disminuían las molestias. Actualmente la píldora tiene un miligramo de un nuevo grupo de progestinas, la décima parte de cuando salió al mercado. Aunque prácticamente no hay efectos secundarios, es recomendable que sea recetada por un médico.

Margaret Sanger murió en 1966 y Katherine McCormick en 1967. Ambas vivieron para ver su sueño cumplido A nivel mundial, cerca de 300 millones de mujeres han tomado la píldora. En América Latina, contribuyó a la drástica disminución de la tasa de fecundidad.

El laboratorio Syntex fue comprado por el gigante farmacéutico suizo Roche en 1994. Por sus altos méritos científicos, el gobierno de México concedió al Dr. George Rosenkranz la nacionalidad mexicana y le dio numerosos reconocimientos por su contribución a la ciencia y la planificación familiar.

Destacan la Condecoración Dr. Eduardo Liceaga, el mayor honor que nuestro país concede en la esfera de la salud y el Premio Nacional Dr. Leopoldo Río de la Loza en Ciencias Farmacéuticas.

A sus 98 años, Rosenkranz se mantiene actualizado, buscando información en su computadora y leyendo publicaciones científicas. Levanta pesas y hace gimnasia dos veces por semana. Para mantenerse mentalmente activo, juega bridge; ha ganado decenas de campeonatos y escrito 14 libros sobre el tema.

El Dr. Carl Djerassi se convirtió en Profesor de Química en la Universidad de Stanford. Recibió los dos reconocimientos más importantes de Estados Unidos: la Medalla Nacional de la Ciencia y la Medalla Nacional de Tecnología.

Fue integrante de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos y de la Academia Americana de Artes y Ciencias, miembro honorario de academias en todo el mundo y recibió 19 doctorados Honoris Causa.

Escribió novelas, cuentos, textos autobiográficos, poemas y obras de teatro. Fue uno de los coleccionistas más importantes de la obra del pintor Paul Klee y donó la mitad de su colección al Museo de Arte Moderno de San Francisco. Murió el 15 de enero de 2015 en esa ciudad, a los 91 años.

Luis Miramontes terminó sus estudios de posgrado en la UNAM y fue Subdirector de Desarrollo de Syntex. También trabajó en Searle de México, la Comisión Nacional de las Zonas Áridas y el Instituto Mexicano del Petróleo.

Fue miembro de la Sociedad Química de México, el Instituto Mexicano de Ingenieros Químicos y el Colegio Nacional de Ingenieros Químicos y de Químicos. Desarrolló su actividad docente en la UNAM y la Universidad Iberoamericana.

Nunca usó la píldora anticonceptiva en su familia y tuvo 10 hijos con su esposa Lilia Vidal López. Murió en el D.F. el 13 de septiembre de 2004, a los 79 años.

En 2005, la Academia Mexicana de Ciencias, denominó la invención del Dr. Luis Ernesto Miramontes como la contribución mexicana a la ciencia mundial más importante del siglo XX.

Investigación y guion: Conti González Báez

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