A la sombra de O’Neill. Sobre el más reciente largometraje del maestro neoyorquino Woody Allen, La rueda de la maravilla (2017), gravita una pálida sombra que refuerza aún más el talento del autor de clásicos como Annie Hall (1977) o La rosa púrpura del Cairo (1985). Se trata del espíritu de Eugene O’Neill, el más grande dramaturgo de principios del siglo XX estadunidense, autor que supo exprimir las enseñanzas de otros grandes colegas europeos como August Strindberg, Anton Chéjov o Henrik Ibsen para diseccionar las entrañas de la institución familiar y exponer sobre el escenario sus más profundas dolencias, enarboladas por las frustraciones, miedos, filias y pecados de sus miembros. Viaje de un largo día hacia la noche, escrita en 1941 y publicada por primera vez en 1956, es además de su obra maestra, la pieza clave para desentrañar su estilo. Se trata de un drama intimista alrededor de una familia, reunida en un mismo espacio físico y a lo largo de un día que parece interminable, cuyos miembros, enfermos física, psicológica y emocionalmente, se recriminan constantemente unos a otros, descargando frustraciones y anhelos asfixiados, para arribar a un puerto de la desesperanza en el cual se dan cuenta que la salida de su laberinto emocional no existe. Como un vampiro, Allen se roba la esencia de lo mejor de O’Neill (como lo hizo ya con Tennessee Williams y la mendicidad del cariño en Jazmín azul (2013), protagonizada por Cate Blanchett) para conformar el retrato de otra familia americana sobre la cual flota la desesperanza.

Son los años cincuenta y los protagonistas de éste drama son Ginny, una madura y atractiva mujer que funge como mesera en un bar de Coney Island, el parque de diversiones más deslumbrante de los Estados Unidos. Actriz frustrada, está casada con Humpty, un bonachón operador de juegos mecánicos de rudas maneras quien se enfrenta diariamente a una vida sin expectativas. El cuadro lo completa Richie, hijo de un primer matrimonio de ella, notable aficionado a la piromanía. Ginny encuentra en un atractivo salvavidas, Mickey, una válvula de escape para calmar su frustración, entregándose sexualmente a escondidas cuando sus ocupaciones se lo permiten. Sin embargo, la abrupta aparición de Caroline, joven hija de Humpty, quien acude a su padre (a quien no ha visto en años) para huir de su marido mafioso, hará temblar la frágil estructura emocional de la pasional Ginny, sobre todo cuando la chica se interese románticamente en el joven salvavidas.

El mundo entero es un escenario. Woody Allen asume en su puesta en escena para La rueda de la maravilla una teatralidad que le permite conseguir varias metas artísticas, además de estar consciente de que está haciendo cine y no una escenificación teatral. La casa de los protagonistas es como un escenario, carente de puertas, desde donde los distintos espacios del lugar son visibles, como la recámara, la cocina, la barra del bar y una modesta sala de estar; la cámara, al servicio del maestro Vittorio Storaro, el cinefotógrafo que ha inyectado una nueva vida plástica y estética al cine de Allen desde Café Society (2016), ejecuta elegantes planos secuencia cuya extensa duración permiten a los personajes no interrumpir sus emociones con cortes de edición tradicionales. Así, la tortuosa fiesta de cumpleaños de Ginny, se vuelve igual de tormentosa para el espectador, cuando ella deambula por todo el espacio víctima de una migraña que le parte la cabeza, un dolor que en realidad esconde otro, el de perder a su adorado salvavidas a manos de su hijastra. También como elemento escenográfico teatral, que inyecta movimiento a este espacio, destaca la inmensa rueda de la fortuna de Coney Island, tan importante que se vuelve una metáfora visual de los altibajos existenciales de todos los involucrados en el drama presenciado. Vittorio Storaro aprovecha también las tonalidades ámbar, naranjas y rojas, sin olvidar un extraordinario uso del azul intenso, para contrastar la tensión emocional entre los personajes con la algarabía de los visitantes al parque de diversiones, tan ajenos a los crímenes y pecados que les rodean.

Como siempre en Woody Allen, y sobre todo en sus filmes dramáticos, el ensamble actoral resulta extraordinario. Juno Temple juega con la estética de las pin-up de los cincuenta, haciendo de Caroline una niña ingenua cuya simpleza la hace la víctima ideal de la tragedia. Mientras que el cantante Justin Timberlake funciona a la perfección como Mickey, el muchacho-objeto sexual, aspirante a escritor, que ve la vida superficialmente, desde las alturas de su silla de vigilante playero, incapaz de comprender el torbellino emocional que encierra su amante madura y dispuesto a disfrutar de los placeres que la juventud le pueda ofrecer. Por su parte, Jim Belushi es una notable recuperación que hace Woody Allen de una figura importante de la comedia en los años noventa, convertido ahora en un estupendo actor de carácter y el intérprete ideal de Humpty, algo así como un Stanley Kowalski cuyos mejores tiempos ya pasaron, despojado de todo atractivo físico y cuya rudeza se refleja hasta en la forma en que protege a los suyos, destacando la compleja relación con su hija Caroline, a quien cela de forma casi enfermiza.

Pero es sobre la estupenda Kate Winslet que el edificio dramático de La rueda de la maravilla está sólidamente cimentado. Como arcilla en sus manos, la actriz inglesa orquesta un proceso de degradación emocional encarnado en una mujer enfrentada a sus propios demonios, como ser testigo del paso del tiempo en su belleza, como el confrontar una maternidad que en el fondo no tolera, como el ser amante de un joven incapaz de comprender sus necesidades afectivas más allá de lo sexual y ser superviviente a un matrimonio que se terminó por una infidelidad suya. Es demasiado peso para una sola persona y cuando Ginny trata de repartir esos lastres, sólo encuentra rechazo y frustración. La rueda de la maravilla es el retrato de un doloroso derrumbe emocional, que dejará a su protagonista, en la escena final, de frente al público, en un primer plano de reminiscencias bergmanianas, en el cual su rostro queda fragmentado en un claroscuro trágico, en su propio largo viaje del día hacia la noche.

La rueda de la maravilla es una cáustica reflexión de Woody Allen, desde el espejo negro del drama, acerca de las obsesiones recurrentes que lo hacen uno de los autores más sólidos de la historia del cine contemporáneo. Están la inmadurez emocional de sus protagonistas, la imposibilidad de enfrentar una realidad casi siempre adversa y el amor como una fuerza tan liberadora como humillante y destructiva de todo lo que toca. Tan destructora como los incendios que fascinan al pequeño Richie, el testigo infantil que presencia el derrumbe de los suyos. Del amor como absoluto, del ser amado visto como pertenencia y del desamor como la cruel realidad. De la rueda de la fortuna como metáfora de la vida misma, en la cual hay que aprovechar los momentos en que se está arriba antes de confrontar la caída inminente.

 

José Antonio Valdés Peña

 

LA RUEDA DE LA MARAVILLA (Wonder Wheel, Estados Unidos, 2017). Dirección y guión: Woody Allen. Fotografía en color: Vittorio Storaro. Música: Canciones, varias. Edición: Alisa Lepselter. Con: Kate Winslet (Ginny), Jim Belushi (Humpty), Juno Temple (Carolina), Justin Timberlake (Mickey), Jack Gore (Richie), Max Casella (Ryan). Compañía productora: Amazon Studios. Producción: Letty Aronson, Erika Aronson y Edward Walson. Distribución: Latam Pictures. Duración: 101 minutos.

 

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