Leonhard Euler es el científico más grande de Suiza. Nació en Basilea el 15 de abril de 1707. Fue hijo del pastor calvinista Paul Euler y Margaret Brucker, hija de un ministro protestante.

Al año siguiente, su padre fue trasladado a la cercana aldea de Riechen. A los seis años, Leonhard fue enviado a estudiar a Basilea, donde vivió con su abuela materna.

El Reverendo Euler era un excelente matemático, discípulo del ilustre Jacob Bernoulli. Aunque deseba que su hijo siguiera sus pasos y le sucediera en la iglesia de la aldea, cometió el error de enseñarle matemáticas.

El joven supo muy pronto que a eso quería dedicarse, pero obedeció a su padre y a los 14 años ingresó en la Universidad de Basilea, para estudiar Teología y Hebreo.

Ahí enseñaba Matemáticas y Física Johann Bernoulli, quien había ocupado la cátedra tras la muerte de su hermano Jacob en 1705. Leonhard Euler encontró la oportunidad de ser presentado al famoso profesor.

Como estaba muy ocupado, Euler no podía darle lecciones particulares, pero le dio valiosos consejos para leer por su propia cuenta libros de matemáticas.

Los sábados por la tarde, Bernoulli le explicaba todo lo que no entendía. Su inteligencia y capacidad fueron observadas por Nicolás y Daniel Bernoulli, hijos de Johann, quienes se hicieron buenos amigos suyos.

Euler era un joven muy talentoso, con gran facilidad para los idiomas y gusto por aprender. A los 16 años completó su Maestría en Filosofía. En su discurso probatorio contrastó las ideas filosóficas de Descartes y Newton, recibiendo grandes aplausos.

Su padre insistió en que debía dedicarse al sagrado ministerio, pero cedió cuando los Bernoulli le dijeron que su hijo estaba destinado a ser un gran matemático.

Leonhard Euler realizó su primer trabajo independiente cuando tenía 19 años. La Academia de Ciencias de París propuso el tema de las arboladuras de barcos como problema del año 1727 y el joven envió su disertación al Gran Premio.

No lo ganó, pero recibió una mención honorífica. Tuvo su mérito, pues Suiza nunca ha tenido mar ni una marina y Euler había visto algunas barcazas en los lagos, pero jamás un barco.

Se preparó para ser profesor en Basilea, pero no había ningún puesto vacante. Daniel y Nicolás Bernoulli le ofrecieron encontrarle un cargo bien remunerado en la Academia de Ciencias de San Petersburgo, de la que Euler ya era miembro.

Cuando mencionaron la posibilidad de un puesto en la Sección Médica, asistió a cursos de Medicina. La fisiología del oído le sugirió la investigación matemática del sonido, que a su vez lo llevó al estudio de la propagación de las ondas.

Los Bernoulli cumplieron su palabra. Euler fue llamado a Rusia en 1727, incorporado a la Sección Médica de la Academia de Ciencias de San Petersburgo. Fue fundada por Catalina I, cumpliendo el deseo de su difunto esposo el zar Pedro el Grande.

Viajó por el río Rin en barco, cruzó los estados alemanes en un carruaje de postas y tomó otro barco en Lübeck, para llegar un mes después a San Petersburgo.

En el camino se enteró que Nicolás Bernoulli había fallecido, víctima del duro clima nórdico. El día que llegó a Rusia murió la emperatriz Catalina.

Durante la minoría del joven zar, que murió antes de reinar, el poder pasó a manos de una facción brutal. Los nuevos gobernantes consideraron a la Academia de Ciencias un lujo costoso y contemplaron suprimirla, repatriando a los miembros extranjeros.

Daniel Bernoulli ya estaba a disgusto en Rusia; le había encargado a Euler té, café, brandy y otras provisiones de Suiza. Desanimado, este se alistó en la armada rusa, sirviendo como lugarteniente médico durante tres años.

En 1739 subió al trono Anna Ivanovna, sobrina de Pedro el Grande. La situación en la Academia de Ciencias mejoró y Euler pudo trabajar en lo suyo. En la confusión del momento, no se mencionó el cargo médico para el cual había sido llamado e ingresó en la Sección Matemática.

Bajo el gobierno indirecto del amante de Anna, Ernest John de Biron, Rusia sufrió una época de terror tremenda. Euler se dedicó silenciosamente a sus labores; no se atrevía a tener una vida social, por temor a los espías que había por todas partes.

Su amigo Daniel Bernoulli volvió a Suiza en 1733. Euler, de 26 años, ocupó su puesto como profesor en la Academia de Ciencias. Al año siguiente se casó con Katharina Gsell, hija de un pintor suizo.

Las condiciones políticas empeoraron y el matemático ansiaba escapar; pero con la llegada de los hijos en rápida sucesión, estaba atado y se refugió en una incesante labor.

Lo caracterizaban un ánimo apacible, moderación y sencillez. Su hogar era su alegría; tuvo trece hijos, pero ocho murieron siendo infantes. Con frecuencia trabajaba con un bebé en brazos, mientras los demás niños jugaban a su alrededor.

Enriqueció las matemáticas en cada una de sus ramas y su energía fue tan notable como su genio. Se dice que podía resolver un problema matemático en la media hora que transcurría desde que era llamado a la mesa hasta que empezaba a comer.

En cuanto terminaba un trabajo, lo colocaba sobre un montón de papeles. Cuando se necesitaba material para la Academia de Ciencias, el impresor elegía cualquier hoja. En consecuencia, la fecha de publicación no siempre correspondía a la de su redacción.

Los problemas de salud de Leonhard Euler comenzaron en 1835, cuando una severa fiebre lo tuvo al borde de la muerte. No quiso avisarles a sus padres ni a la familia Bernoulli en Suiza, para no preocuparlos.

Recién recuperado, intentó nuevamente obtener el Gran Premio de la Academia de París. Se había propuesto un problema astronómico que exigió a los matemáticos más connotados varios meses de labor. Él lo resolvió en tres días.

Sufrió una enfermedad ocular, no se sabe si debido a la fiebre o durante un experimento de óptica, pero a los 28 años perdió la visión del ojo derecho. Pese a esta calamidad, continuó con sus estudios y descubrimientos.

Accedió a ejercer sus talentos matemáticos en otros terrenos. Escribió manuales de matemáticas elementales para las escuelas rusas, trabajó en el Departamento de Geografía y ayudó a reformar el sistema de pesas y medidas

Una de sus obras más importantes fue el Tratado sobre mecánica, publicado en 1736. Por primera vez, el poder del cálculo infinitesimal fue dirigido hacia la mecánica y comenzó la era moderna para esa ciencia.

Creó la mecánica de los cuerpos rígidos, trabajó en el diseño de barcos y estudió el movimiento de proyectiles. Observó las perturbaciones de los cuerpos y diseñó instrumentos ópticos, como telescopios y microscopios.

Obtuvo resultados en la refracción y dispersión de la luz, a la cual consideraba como ondas y no partículas, siendo el único científico del siglo XVIII con ese criterio.

Dio las ecuaciones diferenciales para el movimiento de un fluido y aplicó su modelo al flujo sanguíneo del cuerpo humano. Se interesó por la literatura y fue muy hábil en acústica, biología, química, geografía y cartografía; incluso hizo un mapa de Rusia.

Su gran mente desarrolló aplicaciones matemáticas para casi todos los campos posibles en su época. Escribió sobre mecánica, álgebra, análisis matemático, geometría diferencial y cálculo.

En 1740, tenía una alta reputación debido a sus publicaciones científicas y por haber ganado en dos ocasiones el Gran Premio de la Academia de París.

Ese año murió Anna Ivanovna y el gobierno ruso se hizo más liberal, pero ya estaba cansado. Al año siguiente, aceptó la invitación de Federico el Grande para incorporarse a la Academia de Berlín.

Euler fue presentado a la reina madre, que disfrutaba conversar con hombres ilustres. Aunque intentó que estuviera a sus anchas, él solo contestaba con monosílabos.

Cuando le preguntó el motivo, el matemático le explicó: “Señora, es porque acabo de llegar de un país donde se ahorca a todas las personas que hablan”. La reina le tomó un gran cariño.

Durante su estancia en la corte de Federico el Grande, escribió más de 200 artículos y tres libros de análisis matemático; también fue director de la Sección de Matemáticas de la Academia de Berlín.

Prosperó y poseía una casa de campo, además de su residencia en Berlín. Su madre, ya viuda, llegó a vivir con él, disfrutando del placer de verlo universalmente admirado.

En 1755, a los 48 años, fue electo miembro extranjero de la Academia de Ciencias de París. Durante su carrera recibió 12 de sus prestigiosos premios.

Rusia siguió pagando parte de su sueldo, a cambio de que comprara libros e instrumentos para la Academia de San Petersburgo y continuara escribiendo reportes científicos.

Durante la invasión rusa en 1760, su casa de campo fue saqueada. Cuando el General Tottlebem lo supo, declaró que “no hacía la guerra a la ciencia” y lo indemnizó de inmediato. La emperatriz Isabel le envió además 4,000 florines, una cuantiosa suma.

La estancia de Euler en Berlín no fue feliz, pues tenía diferencias con Federico el Grande sobre la libertad académica. Sin embargo, éste apreciaba su talento y le planteaba problemas prácticos como el sistema monetario, la conducción de aguas, los canales de navegación y los cálculos de pensiones, entre otros.

El monarca pensaba en un filósofo más agudo para encabezar su academia y entretener a su corte. D’Alembert fue invitado a Berlín para examinar la situación.

Dijo que sería un ultraje colocar a cualquier otro matemático por encima de Euler. Su respuesta hizo que Federico se irritara más con la sencillez de este, quien veía pocas oportunidades para sus hijos en Prusia. Las condiciones eran intolerables.

A los 59 años, Leonhard Euler fue invitado nuevamente a San Petersburgo por la emperatriz Catalina II, después conocida como la Grande. Federico el Grande se encolerizó e invitó a Lagrange para reemplazarlo en Berlín.

Catalina la Grande recibió al matemático en Rusia, como si fuera un noble. Mandó preparar una espléndida casa para él y los 18 miembros de su familia, cediéndole incluso a uno de sus cocineros.

El matemático comenzó a perder la visión de su ojo bueno, el izquierdo, debido a una catarata. La progresión de su ceguera había sido seguida con alarma y consternación por D’Alembert, Lagrange y otros eminentes colegas de la época, pero Euler lo hacía con serenidad, ayudado por su profunda fe religiosa.

Sin embargo, se habituó a utilizar una pizarra sobre la cual realizaba sus cálculos con grandes caracteres. Después de quedar ciego, su producción aumentó. Hizo la mitad de todos sus trabajos matemáticos con ayuda de sus hijos, colegas y discípulos.

Sus hijos Johann Albrecht, quien llegó a ocupar importantes puestos en la Academia de San Petersburgo, y Christoph, quien siguió una carrera militar, ayudaron a copiar su obra, escribiendo las palabras y fórmulas que les dictaba.

También recibió ayuda de otros miembros de la Academia, Krafft y Lexell, así como del joven matemático suizo Fuss, quien se casó con una de las nietas del matemático y se convirtió en su asistente incondicional.

Estos científicos no se limitaban a recibir dictado, sino que discutían con él los problemas, ayudándolo a desarrollar sus ideas y estimulando su creatividad.

Euler tenía una memoria fenomenal, de gran utilidad para consolarlo por su ceguera. Se sabía las fórmulas de trigonometría y las primeras 6 potencias de los primeros 100 números primos.

Había memorizado la Eneida de Virgilio; aunque desde su juventud rara vez había releído la obra, podía decir cuáles eran la primera y última línea de cada página de su ejemplar.

Tenía una capacidad prodigiosa para el cálculo mental; no sólo aritmético, sino también del tipo más difícil exigido en el álgebra superior y el cálculo infinitesimal. Las principales fórmulas matemáticas estaban cuidadosamente grabadas en su memoria.

En una ocasión, dos de sus discípulos habían sumado una complicada serie de 17 términos, pero estaban en desacuerdo sobre el resultado. Para decidir cuál era la suma exacta, Euler realizó todo el cálculo mentalmente y su respuesta fue la correcta.

El único problema que había producido dolores de cabeza a Newton, la teoría lunar, recibió una completa solución al ser tratada por Euler. Todo el complicado análisis fue hecho mentalmente. Su hijo Johann Albrecht, Krafft y Lexell colaboraron para la publicación de la obra, de 775 páginas, acerca del movimiento de la Luna.

El problema más importante de la investigación matemática de la época coincidía con un problema práctico esencial. La nación cuya técnica en navegación superara a la de sus competidoras, reinaría en los mares.

El fundador de la navegación moderna fue Newton, aunque jamás pisó la cubierta de un barco. La posición en el mar se determina por la observación de los cuerpos celestes.

Con la Ley Universal de Newton pueden determinarse las posiciones de los planetas y las fases de la Luna. Con esos datos, quienes deseaban gobernar los mares podían establecer sus cálculos y planear futuras posiciones en las batallas navales.

Uno de los problemas matemáticos más difíciles de la historia es el de los tres cuerpos que se atraen de acuerdo con la Ley de Newton: la Luna, la Tierra y el Sol.

Euler no lo resolvió, pero su método de cálculo aproximado permitió a un calculador inglés redactar las tablas de la Luna que utilizó el Almirantazgo Británico. El calculador recibió 5,000 libras y se votó para Euler un sueldo de 300 libras, como retribución por su método.

En el gran incendio de San Petersburgo en 1771, el fuego llegó hasta la casa de Euler. Su sirviente suizo, Peter Grimm, se arrojó heroicamente a las llamas y salvó al hombre ciego, llevándolo sobre sus hombros.

La casa, sus muebles y su biblioteca quedaron destruidos. sin embargo, gracias al Conde Orloff, fueron salvados todos los preciosos manuscritos de Euler.

La emperatriz Catalina reparó los daños y el matemático volvió a su trabajo, manteniendo una mente activa y poderosa hasta el final de su vida.

Cuando tenía 69 años, Euler sufrió una gran pérdida con la muerte de su esposa Katharina. Sin embargo, al año siguiente volvió a casarse con Salomé Abigail Gsell, media hermana de la primera.

Otra gran tragedia fue el fracaso de una operación para restablecer la visión de su ojo izquierdo. La cirugía fue eficaz y su alegría inenarrable, pero se presentó una infección. Tras un prolongado sufrimiento, el matemático volvió a sumirse en la oscuridad.

Su educación religiosa influyó en toda su vida y nunca perdió su inmensa fe. Conforme pasaban los años, volvió hacia donde su padre intentó encauzarle: dirigía los rezos familiares, que terminaba con un sermón.

El 18 de septiembre de 1783, comenzó el día dando lecciones de matemáticas a uno de sus nietos; por la tarde, se divirtió calculando las leyes del ascenso de los novedosos globos aerostáticos y luego cenó con Lexell y su familia.

Discutieron el reciente descubrimiento del “planeta de Herschel”, Urano; Euler bosquejó el cálculo de su órbita. Poco después, mientras bebía una taza de té, sufrió una hemorragia cerebral. La pipa cayó de su mano y alcanzó a decir: “¡Rayos, me estoy muriendo!”, antes de perder la conciencia.

Murió a las once de la noche. Tenía 76 años. Como había perdido meses antes a sus dos hijas, le sobrevivieron sus tres hijos, así como 26 nietos.

Leonhard Euler fue el matemático más prolífico en la historia, a quien sus contemporáneos llamaron, “la encarnación del análisis”. Escribía con gran facilidad y publicaba un promedio de 800 páginas de gran calidad al año.

Aunque Fuss le ayudó a preparar 250 artículos a lo largo de 7 años, a su muerte dejó atrasados muchos de ellos. La Academia de San Petersburgo continuó publicándolos durante casi 50 años más.

Sus libros y artículos, publicados entre 1726 y 1800, representan aproximadamente una tercera parte de la investigación en matemáticas, física teórica e ingeniería mecánica del mundo.

En 1909, la Asociación Suiza de Ciencias Naturales publicó diversos trabajos suyos, con la colaboración económica de personas y sociedades matemáticas de todo el mundo.

El presupuesto de los gastos, alrededor de 80,000 dólares de aquella época, se incrementó por el descubrimiento de insospechados manuscritos en San Petersburgo.

La extensión de sus trabajos no fue conocida hasta 1936 y se calcula que serían necesarios de 60 a 80 grandes volúmenes para la publicación de todas sus obras.

La influencia de Leonhard Euler en las matemáticas de los siglos XVIII y XIX fue enorme. El gran matemático francés Laplace recomendaba: “Leer a Euler, leer a Euler, él es el maestro de todos nosotros.”

 

 

Investigación y guión: Conti González Báez

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