México, 1942. El presidente Manuel Ávila Camacho le declara la guerra al Eje, iniciando la participación mexicana en la Segunda Guerra Mundial. Mientras se hacen continuos llamados a estar pendientes de cualquier contingencia en torno a la guerra, como una serie de apagones preventivos en la Ciudad de México en caso de un bombardeo, un joven estudiante de Ciencias Químicas llamado Goyo corteja en el día a Chela, su guapa compañera de clases, por la noche estrangula a varias prostitutas, a quienes entierra clandestinamente en el jardín de su laboratorio ubicado en la calle de Mar del Norte, por los rumbos de Tacuba.

El cine de José Buil es una continua oleada de evocaciones. Desde su mediometraje de tesis para egresar del Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC), ¡Adiós, adiós, ídolo mío! (1981), una fantasía alrededor del crepúsculo de un luchador muy parecido a Santo El Enmascarado de Plata, hasta Los crímenes de Mar del Norte (2016), en su cine la principal fuente vital es una nostalgia sincera que retrata mundos que ya se fueron para no volver. Como ese México popular retratado en La leyenda de una máscara (1989); también en las películas caseras con las cuales su abuelo capturó imágenes de la ciudad de Papantla, Veracruz, a lo largo de las primeras décadas del siglo XX, recopiladas a manera de álbum familiar en su estupendo ensayo fílmico titulado La línea paterna (1994), o bien, en las andanzas de la familia de exhibidores trashumantes que llevan el cine por los caminos de un país en plena revolución que está perdiendo sin remedio la inocencia en El cometa (1998).

Con su compañera Maryse Sistach fungiendo en esta ocasión como productora (Buil ha alternado su papel como productor y guionista en cintas como Los pasos de Ana (1988), Anoche soñé contigo (1992) o Perfume de violetas (2000), entre muchas otras), en Los crímenes de Mar del Norte el realizador lleva este proceso de evocación en dos sentidos. Por un lado la historia de su protagonista, un muy complejo personaje bordado delicadamente a través de miradas, manierismos y sonrisas retorcidas por el actor Gabino Rodríguez, quien alcanza con su Goyo una notable madurez creativa. El filme es una evocación y por ello mismo no recrea al pie de la letra los crímenes de Goyo Cárdenas, el estrangulador de Tacuba, quien más tarde se hizo abogado en la prisión y hasta recibió una ovación de pie en la Cámara de Diputados por su supuesta readaptación social, como si sus crímenes se borraran con un aplauso. Buil apuesta en su lugar por una reinterpretación del asunto, no mencionando el apellido del protagonista ni quebrándose en la cabeza tratando de penetrar en una de las mentes criminales más complejas del siglo XX mexicano.

Recrear un mundo ya desaparecido no puede concebirse sin evocar sus valores, muchos de ellos seguramente ya superados socialmente también. Buil se apoya en sus personajes femeninos principales, Chelo y Paquita, para hacer resurgir comportamientos sociales del momento retratado. Chelo, la niña de buena familia encarnada por la estupenda Sofía Espinosa, enarbola los valores de una clase media educada en la cual, sin embargo, la doble moral es la moneda de cambio. Mientras que Paquita, interpretada por Vico Escorcia, simboliza al amor puro, sin intereses ni dobles caras, que se entrega porque el corazón se lo indica. Y con Jorge El Calavera, mejor amigo de Goyo, Buil enmarca su tragedia en el contexto histórico, fungiendo como narrador y testigo del drama. También es importante la presencia que el cineasta le brinda a las víctimas de su asesino protagonista; les brinda cara, nombre, no las deja como las víctimas anónimas de la tragedia (en la vida real, ninguna pasaba de los 16 años). Esto resalta en un momento en el cual los feminicidios se han vuelto una dolorosa realidad de nuestra sociedad mexicana actual.

En Los crímenes de Mar del Norte, José Buil cuenta con colaboradores de primer nivel, destacando la estupenda fotografía en blanco y negro y formato panorámico de Claudio Rocha (con fuertes reminiscencias al Film Noir clásico y en particular a clásicos del género dirigidos por Julio Bracho, Fernando Méndez o Roberto Gavaldón), el piano casi atonal en la partitura de Eduardo Gamboa y un diseño de producción que con pocos elementos recrea la vida y los tiempos del criminal de Tacuba. Un monstruo, encerrado en un complejo contexto social, nacido de esos mismos tiempos revueltos y que decidió el camino de los horrores para trascender en la historia.

José Antonio Valdés Peña

 

 

LOS CRÍMENES DE MAR DEL NORTE (México, 2016). Dirección y guión: José Buil. Fotografía en blanco y negro: Claudio Rocha. Música: Eduardo Gamboa. Edición: José Buil y Carlos Espinosa. Con: Gabino Rodríguez (Goyo), Sofía Espinosa (Chela), Vico Escorcia (Paquita), Norman Delgadillo (Jorge), María Rojo (madre de Goyo), Alberto Estrella (padre de Chela), Astrid Romo (prostituta), Úrsula Pruneda (agente). Compañías productoras: Producciones Tragaluz, ECHASA, FOPROCINE, IMCINE. Producción: Maryse Sistach, Karina Blanco y Vicente Buil. Duración: 98 minutos. Distribución: Dragón Films.

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