La pasión por la libertad que siempre sintió Milos Forman fue la mejor herencia que sus padres, el profesor universitario judío Rudolf Forman y su mujer Anna pudieron dejarle. Nacido en el pueblo de Cáslav, Checoslovaquia (1932), a los ocho años de edad inició una odisea por varias familias, pues los Forman cayeron presos del nazismo. Milos supo hasta su adolescencia que su padre había muerto en Buchenwald, mientras que su madre falleció en Auschwitz hacia 1945. Tras su educación básica en Praga, Forman tuvo que decidirse por una profesión, devaneándose entre el arte dramático, el cine y las leyes.

Tras una corta carrera en la amordazada televisión checa, la Facultad de Cine de Praga será su hogar durante cinco años. Junto con Jirí Menzel y Vera Chytilova, Forman encabezaría la llamada “Nueva Ola” del cine checo en la década de los años sesenta. Influenciados por el desparpajo autoral de la “Nueva Ola” francesa, el realismo descarnado del Neorrealismo italiano, y la experimentación del Cinéma Verite, los jóvenes cineastas checos alternaban la ficción con la estética del documental, actores no profesionales y diálogos improvisados, para dar forma a melancólicos y ácidos retratos de las peores lacras del sistema socialista, a las que sin embargo dotaban de un retorcido sentido del humor, casi surrealista, a la par de un agudo sentido de la observación.

Graduado en 1955, su ópera prima, Pedro oveja negra (1963), recuento del despertar a la vida de un adolescente pueblerino, llamó la atención de la crítica internacional por el agudo sentido de la observación de su director, su sentido del humor y su magistral dirección de actores. Más tarde, Los amores de una rubia (1965), sobre la obsesión de una joven pueblerina por el hombre que la ha seducido, catapultó el nombre de Forman al Occidente. Su siguiente filme, ¡Al fuego, bomberos! (1967), molestó al gobierno checo por su mordaz visión sobre las instituciones y la patéticamente divertida imagen que de los arrojados bomberos presentaba. Enfrentados a un férreo sistema político que no veía con buenos ojos a sus críticos artistas, las carreras de Forman, Menzel y Chytilova sufrieron un serio revés cuando los tanques soviéticos invadieron Praga en la primavera de 1968. La industria fílmica se reorganizó rígidamente; ahora, los héroes debían ser sacrificados obreros, de ninguna manera alegorías o intelectualismos destinados a un público elitista.

Si algo molesta a Milos Forman, es cualquier forma de censura. Y por extraño que parezca, el cineasta (nacionalizado norteamericano en 1979) encontró un medio de expresión personal en Hollywood. Su debut americano fue Búsqueda insaciable (1971), sobre unos padres cuya hija incomprendida huye de casa, lo que los lleva, irónicamente, a recobrar su libertad y redescubrirse. Pero su primer gran éxito llegó con Atrapado sin salida (1975), sobre un antihéroe típico, McMurphy, enfrentado a la brutalidad de una institución psiquiátrica que funciona como metáfora de una sociedad que declara locos a sus hombres libres. En 1979, Forman seguiría los pasos de un joven granjero de Oklahoma que visita Nueva York antes de partir a Vietnam, descubriendo la contracultura hippie de amor y paz, liberándose de una amargada sociedad, en Hair.

Sus siguientes filmes se sitúan en distintos períodos históricos de Estados Unidos y Europa. Ragtime (1981) es un mosaico de personajes en el complejo contexto de la Nueva York de principios del siglo XX, entre el libertinaje, el racismo y la violencia. Valmont (1989) recrea la Francia del siglo XVIII en versión de Las relaciones peligrosas de Choderlos de Laclós centrada en el seductor Valmont, que al enamorarse se destruye. Con las biografías fílmicas de Wolfgang Amadeus Mozart, el pornógrafo Larry Flynt y el ácido comediante Andy Kaufman, Forman retrata a una tríada de espíritus libres a quienes la envidia, la moralina y la incomprensión humana terminaron por destruir, en Amadeus (1984), Larry Flynt: el nombre del escándalo (1996) y El lunático (1999). En 2006, su película Goya y la inquisición retrató al célebre pintor español en medio de los turbulentos sucesos relacionados con las invasiones napoleónicas, atestiguando también el fanatismo religioso movido por el deseo carnal de un cruel inquisidor sobre una modelo del artista acusada de brujería. Quiso el destino que ésta fuera su última película.

Único cineasta checo en obtener el Oscar a la mejor dirección por Atrapado sin salida en 1976 y Amadeus en 1985, Milos Forman plasmó en su obra la visión que del mundo tiene un notable impulsor de la libertad, enemigo de toda intención censora, de agudo sentido del humor y capacidad crítica, cuyos personajes, lejos de obtener su libertad (de vida, de expresión, de ser ellos mismos) de manera gratuita, pagan un caro precio por ella.

— José Antonio Valdés Peña

CINEMA RED

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