Elizabeth Barrett Browning es una de las poetas más respetadas de la etapa victoriana. Nació el 6 de marzo de 1806 en Kelloe, Durham (Inglaterra). Era la hija mayor del matrimonio compuesto por Mary Clarke y Edward Moulton-Barrett, adinerado plantador de azúcar en Jamaica.

Comprometida con las grandes causas liberales de su época (como el independentismo italiano y los derechos de la mujer), se sobrepuso a los graves problemas de salud que le aquejaron durante toda su vida para desarrollar una interesante obra literaria en la que sobresale, el poemario titulado Sonetos de la dama portuguesa.

Aunque su familia vivía en Londres, en Wimpole Street, a raíz de la primera crisis cardio-vascular sufrida por Elizabeth, la joven se instaló durante algún tiempo en Torquay, para regresar de nuevo a Londres, donde quedó confinada en su cama como una inválida. Dedicada, entonces, de lleno al cultivo de su vocación literaria.

Posteriormente publico El Serafín y otros poemas (1838). En 1846 se casó en secreto con Robert Browning, con quien huyó a Italia. Sus Poemas (1850) contienen los Sonetos del portugués. Escribió también la novela en verso Aurora Leigh (1856).

 A continuación te dejamos algunos obras;

 

No me acuses, te ruego

No me acuses, te ruego, por la excesiva calma
o tristeza del rostro, cuando estoy a tu vera,
que hacia opuestos lugares miramos, y dorarnos
no puede un mismo sol la frente y el cabello.

Sin angustia ni duda me miras siempre, como
a una abeja encerrada en urna de cristales,
pues en templo de amor me tiene el sufrimiento
y tender yo mis alas y volar por el aire

sería un imposible fracaso, si probarlo
quisiera. Pero cuando yo te miro, ya veo
el fin de todo amor junto al amor de ahora,

más allá del recuerdo escucho ya el olvido;
como quien, en lo alto reposando, contempla
más allá de los ríos, tenderse el mar amargo.

 

¿De qué modo te quiero?

¿De qué modo te quiero? Pues te quiero
hasta el abismo y la región más alta
a que puedo llegar cuando persigo
los límites del Ser y el Ideal.

Te quiero en el vivir más cotidiano,
con el sol y a la luz de una candela.
Con libertad, como se aspira al Bien;
con la inocencia del que ansía gloria.

Te quiero con la fiebre que antes puse
en mi dolor y con mi fe de niña,
con el amor que yo creí perder

al perder a mis santos… Con las lágrimas
y el sonreír de mi vida… Y si Dios quiere,
te querré mucho más tras de la muerte.

Aléjate de mí

Aléjate de mí. Mas sé que, para siempre,
he de estar en tu sombra. Ya nunca, solitaria,
irguiéndome en los mismos umbrales de mi vida
recóndita, podré gobernar los impulsos

de mi alma, ni alzar la mano como antaño,
al sol, serenamente, sin que perciba en ella
lo que intenté hasta ahora apartar: el contacto
de tu mano en la mía. Esta anchurosa tierra

con que quiso alejarnos el destino, en el mío
deja tu corazón, con latir doble. En todo
lo que hiciere o soñare estás presente, como

en el vino el sabor de las uvas. Y cuando
por mí rezo al Señor, en mis ruegos tu nombre
escucha y ve en mis ojos mezclarse nuestras lágrimas.

 

Redacción Jonathan Navarro Tonix

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