La parte central de nuestro planeta es un sólido compuesto básicamente de hierro. Una capa más externa es una mezcla fundida de este metal con otros más ligeros que fluye generando una turbulencia caótica.

El movimiento de esas partículas, que poseen carga eléctrica, genera el campo magnético que rodea la tierra, que se comporta como un imán que atraviesa el planeta. Por ello, la aguja imantada de una brújula se alinea en este campo, apuntando hacia el norte.

En el siglo XV se descubrió que los polos geográficos, localizados en los extremos de la línea imaginaria alrededor de la cual gira la Tierra, no coinciden exactamente con los polos magnéticos, ya que estos cambian de lugar continuamente. En los últimos años el Polo Norte se ha estado desplazando hacia el noroeste a razón de 50 Km/año, mientras que el Polo Sur se ha movido solo 5Km/año.

Esto ha permitido que los geólogos registren las rutas de desplazamiento de los polos magnéticos a través del tiempo, y han descubierto que algunos materiales contienen sustancias magnéticas. Cuando estas se encuentran a elevadas temperaturas, como es el caso de la lava volcánica, al enfriarse, sus moléculas quedan alineadas con el campo magnético existente en esa época. Esto permite determinar hoy la fecha de una erupción volcánica. Esta técnica recibe el nombre de paleomagnetismo.

 

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