Louis Pasteur es famoso por su teoría de los gérmenes y sus descubrimientos en el desarrollo de las vacunas. Nació el 27 de diciembre de 1822 en el pequeño poblado de Dole, Francia. Hijo de un curtidor, se graduó en Artes a los 18 años.

Mientras estudiaba para entrar a la prestigiada Escuela Normal Superior de París, no dudaba de su habilidad. Cuando fue admitido, pasando como el número 14 de la lista, se rehusó a entrar; tomó otra vez el examen y obtuvo el tercer lugar.

Fue un estudiante brillante gracias a su tenacidad y personalidad perfeccionista. Durante su doctorado en Ciencias, enfocó su atención a la oscura ciencia de la cristalografía.

Fue profesor en el liceo de Tournon, obteniendo una licencia del ministro de Educación para dedicarse a la investigación de las propiedades ópticas de cristales de algunas sales.

Tras varios experimentos observando las características geométricas de 19 diferentes tipos de sales y su variación ante la luz, pudo demostrar el fenómeno de los isómeros ópticos.

A los 26 años, su descubrimiento lo hizo famoso. El gobierno francés lo hizo miembro de la Legión de Honor y la Real Sociedad Británica le otorgó la Medalla Copley. Poco después, aceptó la cátedra de Química en la Universidad de Estrasburgo, donde continuó descubriendo nuevas dimensiones de la cristalografía.

Poco después, se convirtió en profesor de Química y decano de Ciencias en la nueva Universidad de Lille, donde se le pidió dedicar algo de su tiempo a los problemas de las industrias locales.

Un productor de vinagre de jugo de betabel le pidió determinar por qué a veces se echaba a perder el producto. Pasteur recogió muestras de los jugos fermentados y los examinó en el microscopio. Estaban contaminados con un tipo de alcohol, producido por un organismo vivo que causaba la infección.

Sus experimentos demostraron que, mediante el uso de métodos térmicos, era posible destruir a todos los microorganismos. Al desaparecer la contaminación de cualquier agente infeccioso, se evitaba la putrefacción de los productos.

La pasteurización era una técnica que no solamente servía para preservar el vino, la cerveza y la leche mediante el uso del calor; también podía reducir el riesgo de infecciones en las salas de operación de los médicos, al desinfectar el instrumental usado.

Pasteur fue llamado para ayudar a otra industria en problemas, la de la fabricación de seda, que estaba siendo arruinada por una epidemia entre los gusanos de seda. Viajó al Sur de Francia con su microscopio y en un laboratorio improvisado se puso a trabajar.

Cuatro meses más tarde, había aislado al patógeno causante de la enfermedad y después de tres años de intenso trabajo, sugirió los métodos para controlarlo.

Los triunfos científicos de Louis Pasteur coincidieron con las tragedias personales. Su padre falleció y un año después, sus dos hijas murieron víctimas de la fiebre tifoidea.

El científico sufrió una hemorragia cerebral a los 46 años, que le dejó parte de su pierna y brazo izquierdos con una parálisis permanente. Siguió trabajando en sus investigaciones, percibiendo que eran su aprendizaje para poder controlar enfermedades en animales superiores, incluyendo a los humanos.

La Guerra Franco-Prusiana, con su gran saldo de heridos, lo estimuló a impulsar su teoría microbiana de las enfermedades e infecciones entre el cuerpo médico militar, logrando que aceptara esterilizar sus instrumentos y limpiar con vapor los vendajes.

Los resultados fueron espectaculares. A los 51 años, Louis Pasteur fue nombrado miembro de la Academia Francesa de Medicina, una proeza notable para un hombre que no era médico.

Estaba listo para pasar de las manifestaciones más primitivas de vida a las enfermedades de los animales superiores. La oportunidad surgió durante un brote particularmente devastador de ántrax, una plaga mortal del ganado vacuno y lanar.

El bacilo del ántrax había sido identificado por Robert Koch y Pasteur se dedicó a probar que el agente de la enfermedad era el microorganismo viviente y no una toxina relacionada.

Tenía evidencia de que, calentando suavemente el bacilo, podía atenuar la virulencia del organismo, lo suficiente para inocular a los animales e inmunizarlos.

En una dramática demostración de este procedimiento, con toda Francia como testigo, Pasteur inoculó a un grupo de ovejas con la vacuna y dejó a otro sin tratamiento. Al inyectar a ambos grupos con el bacilo, el grupo no tratado murió, mientras que las ovejas vacunadas sobrevivieron. Así, la plaga pudo ser controlada.

El último triunfo de Pasteur fue la conquista de la rabia, la enfermedad de los animales, particularmente perros, que provoca la terrible hidrofobia en los humanos. El problema era que el agente causante era un virus; no podía crecer en el caldo de cultivo del científico, que alimentaba a las bacterias.

Trabajó durante cinco años para aislar y cultivar al patógeno. Finalmente, perfeccionó un método para cultivarlo en tejidos de conejos. El virus podía ser atenuado, exponiendo el material incubado al aire estéril sobre un agente secador y estar listo para preparar una vacuna inyectable.

El éxito de este método fue recibido con júbilo por el mundo. Los animales podían ser salvados, pero aún existía la duda sobre su efecto en los seres humanos.

En 1885, le llevaron a un niño de nueve años, Joseph Meister, que había sufrido catorce mordidas de un perro rabioso. Con el consentimiento del médico del menor, Pasteur empezó su tratamiento con la vacuna. Las inyecciones continuaron durante un periodo de doce días y el pequeño se recuperó.

Tres años después, una Francia agradecida fundó el Instituto Pasteur, destinado a convertirse en uno de los centros de estudios biológicos más productivos del mundo.

El cumpleaños número 70 de Louis Pasteur fue motivo de una fiesta nacional. La celebración fue en la Sorbona, pero el científico estaba muy débil para hablar a los delegados que habían llegado de todas partes del mundo.

Su hijo leyó su discurso, en el que expresaba su creencia de que la ciencia y la paz triunfarían sobre la ignorancia y la guerra, así como su fe en que el futuro no pertenecería a los conquistadores, sino a los salvadores de la humanidad.

Honrado por el mundo, siempre sencillo y afectuoso, Louis Pasteur murió en París tres años después, el 28 de septiembre de 1895. Sus últimas palabras fueron: “Uno debe trabajar, uno debe trabajar. Hice lo que pude”. Fue enterrado en una cripta del Instituto Pasteur.

Como anécdota curiosa, en 1940, cuando los soldados alemanes llegaron a París, un oficial pidió ver la tumba de Pasteur y el viejo guardia francés se negó a abrir la puerta. El alemán insistió; antes que dejarlo pasar, el anciano francés se quitó la vida. Era Joseph Meister, el niño al que Pasteur había salvado de la hidrofobia 55 años antes.

Investigación y guión: Conti González Báez

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