Piotr Ilich Tchaikovsky d’Assier nació en Votkinsk, centro minero al Este de Moscú. Según el calendario juliano, entonces usado en Rusia, fue el 25 de abril; según el gregoriano, el 7 de mayo de 1840.

Su padre, el ingeniero minero Ilia Petrovich, estaba a cargo de una importante mina. Vivía al estilo de los grandes terratenientes de la época, en una casa imponente y con personal a su servicio, incluyendo a una compañía de 100 cosacos.

Al enviudar, se casó en segundas nupcias con Alexandra Adreievna d’Assier, aristócrata de origen francés, bella y refinada. Piotr Ilich fue el segundo de sus seis hijos.

Apodado cariñosamente Petia, tuvo como institutriz a la suiza Fanny Dürbach, contratada para dar las primeras lecciones a los niños mayores. El pequeño, de cuatro años y medio, pidió que también le diera clases y su padre estuvo de acuerdo.

A los seis años hablaba fluidamente ruso, francés y alemán. Además de inteligente, era muy sensible. Como al ser regañado quedaba muy afectado, la institutriz lo llamaba “criatura de porcelana”.

Tenía especial capacidad para la música y pronto aprendió a tocar el piano. A los siete años comenzó a tomar clases con maestros locales y después con un profesor de San Petersburgo, ciudad a la que se mudó la familia cuando su padre se jubiló.

Se mantenía tan concentrado cuando tocaba, que quedaba exhausto e insomne. Dedicaba mucho tiempo a practicar, era un niño nervioso y toda esta actividad fue demasiada, por lo que cayó enfermo. Los médicos le prohibieron tocar hasta que desapareció su enfermedad nerviosa.

Petia adoraba a su madre, que murió de cólera cuando él tenía 14 años. Para el joven fue un duro golpe, que añadió una depresión a sus crisis nerviosas; poco después, su padre también enfermó de cólera y todos temieron lo peor, pero se recuperó.

Se dice que heredó de su mamá el carácter neurótico y que al crecer le fue imposible acercarse a otras mujeres, porque la había idealizado. A lo largo de su vida, se mantuvo muy unido a sus hermanos, en especial a su hermana Alexandra.

Dos años después, la familia decidió que Petia estudiara una carrera. Se graduó como abogado en la Escuela de Jurisprudencia de San Petersburgo y continuó con sus clases de piano.

Su padre opinaba que no debía abandonar algo que le gustaba tanto y se le daba tan bien, así que le puso un profesor, Rudolf Kündinger, que le abrió nuevos horizontes musicales.

El joven Tchaikovsky solo conocía las óperas italianas, que monopolizaban la escena rusa. No conocía a Schumann e ignoraba muchas de las sinfonías de Beethoven. Desde que escuchó Don Giovanni de Mozart, no se cansó de alabar al músico austriaco, convirtiéndolo en su modelo de belleza.

A los 19 años se convirtió en funcionario del Ministerio de Justicia, empleo que le dio cierta independencia económica. Frecuentaba lugares frívolos y teatros, no siempre de buena fama, pero también asistía a óperas y ballets.

Dos años después realizó su primer viaje al extranjero. Estuvo tres meses en Francia y Alemania, para reflexionar sobre su futuro. Poco a poco reconsideró su vocación; su trabajo no le satisfacía y se consideraba un funcionario mediocre, aunque no estaba seguro de estar a tiempo para estudiar música.

A los 22 años decidió matricularse en el Conservatorio de San Petersburgo, que dirigía el gran pianista Anton Rubinstein. Estudió composición, armonía y contrapunto. Los estudios lo absorbieron tanto, que renunció a su empleo en el Ministerio de Justicia. Para ayudarse económicamente, dio clases de piano y solfeo.

Era bueno improvisando, con gran sentido de la armonía, pero sus conocimientos eran limitados; incluso se sorprendió cuando un primo le dijo que podía modularse de una tonalidad a otra. Deseoso de aprender, era muy trabajador. Una vez Rubinstein le pidió unas variaciones y se quedó despierto toda la noche hasta componer ¡200!

En 1866 se trasladó a Moscú para estudiar y dar clases en el nuevo Conservatorio, dirigido por Nicolai Rubinstein, hermano de Anton. Sus primeros pasos en el mundo musical no revelaron un especial talento para la interpretación y sus intentos de composición tampoco fueron satisfactorios; sus obras mostraban una personalidad poco definida y quemó varias partituras.

Tras varias obras primerizas, como oberturas y danzas, a los 28 años compuso su Sinfonía No. 1 Sueños de invierno, que tuvo buena acogida cuando se presentó en Moscú en 1868.

Piotr Ilich Tchaikovsky no mostraba interés por las mujeres; aunque valoraba la juventud y la belleza, ninguna le atraía en particular. Al año siguiente, una compañía de ópera italiana hizo presentaciones en Moscú.

Su estrella era la soprano belga Desirée Artot, primera mujer a quien el compositor dedicó alguna atención. Decía que nunca había encontrado una tan amable, buena e inteligente. Tras frecuentarla unos meses, ella se enamoró del barítono Padilla y se casó con él.

Tchaikovsky la olvidó para componer su primera ópera, Voivoda, que se estrenó en el Bolshoi con poco éxito. Esto le provocó amargura y aversión hacia las autoridades musicales, la prensa y el público de San Petersburgo.

En esa ciudad entró en contacto con el llamado Grupo de los Cinco: Rimsky-Korsakov, Mussorgsky, Borodin, Cui y Balakirev. Habían recogido el legado de Mijail Glinka, creador del nacionalismo musical en Rusia, que consistía en la necesidad de inspirarse en temas populares y folclóricos para crear una música auténticamente nacional, libre de influencias extranjeras.

No estaban predispuestos hacia las composiciones del joven, ya que utilizaba la canción campesina y el folklore urbano, pero lo consideraban ecléctico y cosmopolita. Le reprochaban que su música no fuera totalmente rusa y no le perdonaban que estuviera vinculado al conservatorio, al que consideraban contrario al elemento popular.

Sin embargo, lo ruso era una esencia natural en Tchaikovsky, que compuso obras nacionalistas como la Sinfonía No. 2 Pequeña Rusia. Sus relaciones con el Grupo de los Cinco nunca fueron muy cercanas, pero dedicó su fantasía sinfónica Fatum a Balakirev, su despótico dirigente, que fue muy crítico con la pieza.

La situación económica del compositor era precaria y tuvo que aceptar un puesto de crítico musical, lo que le permitió conocer a grandes contemporáneos, como el escritor Leon Tolstoi y los músicos Héctor Berlioz, Franz Liszt, Camille Saint-Saëns y Richard Wagner.

Poco a poco, la música de Tchaikovsky empezó a adquirir un tono propio y característico. Su carrera se consolidó, lo que le dio estabilidad económica.

Sin embargo, su temperamento era inestable, siempre oscilante entre la euforia y la depresión. Se sospecha que pudo haber padecido un trastorno bipolar.

Compuso la obertura-fantasía Romeo y Julieta que fue otro fracaso, aunque más tarde muy popular; también el Cuarteto para Cuerdas No. 1 y el Concierto para Piano y Orquesta No. 1.

Esta última partitura fue concebida originalmente para Nicolai Rubinstein, director del Conservatorio de Moscú y gran amigo del músico, pero terminó siendo dedicada a Hans von Bülow, quien la estrenó en Boston cuando Rubinstein la rechazó por considerarla imposible de tocar. Más tarde, este reconoció su error y se convirtió en uno de sus mejores intérpretes.

Poco después aparecieron la Sinfonía No. 3 y el célebre ballet El lago de los cisnes, encargado por la Ópera de Moscú y estrenado en 1877.

Piotr Ilich Tchaikovsky comenzó una gira de conciertos por Alemania, Checoslovaquia, Francia e Inglaterra, con un éxito rotundo. Durante este viaje conoció al gran Brahms.

Ya era un compositor reconocido y con la fama se desataron las envidias y habladurías. Los comentarios sobre su homosexualidad comenzaron a circular entre la sociedad moscovita de la época.

Cuando componía su ópera Eugenio Oneguín, recibió varias cartas de amor de Antonia Miliukova, quien decía que había sido su alumna. No la recordaba y no contestó. Cuando ella amenazó con matarse si no le contestaba, decidió visitarla.

Le pareció agradable, con una mediana educación, pero no podía amarla. Todo hubiera quedado ahí si no estuviera inmerso en el proyecto de Eugenio Oneguin, que trata sobre una joven rechazada por el hombre que ama y el posterior remordimiento de este, pues se vio actuando como el desconsiderado protagonista.

A la semana de conocerse, se comprometieron. Se casaron en 1877; él tenía 37 años y ella 28. Al parecer, fue para satisfacer a su padre que lo presionaba y acallar todo rumor sobre su homosexualidad.

Creía que con el matrimonio podría superar su tendencia, la cual le causaba una profunda depresión, pero se equivocó y la unión física no llegó a consumarse. El matrimonio fue una pesadilla desde el principio.

Según Tchaikovsky, la cabeza de Antonina estaba tan vacía como su corazón; nunca expresó la menor idea ni mostró el mínimo signo de sentimiento o emoción, aunque siempre fue amable con él. Ni una sola vez mostró el deseo de conocer lo que hacía, sus planes, qué leía o sus gustos intelectuales y artísticos.

El sensible compositor estaba atrapado en una insoportable tortura moral. Empezó a vivir momentos de locura; su mente se llenaba de un odio tan perverso hacia su infortunada esposa, que la hubiera estrangulado.

Cayó en la desesperación y deseó morir; le parecía la única salida. Intentó quitarse la vida de manera que nadie pudiera sospechar que se trataba de un suicidio y se lanzó a las aguas del río Moscova para pescar una pulmonía, pero ni siquiera llegó a resfriarse.

Aparte de la personalidad compleja y atormentada del músico, Antonina resultó ser una mujer desequilibrada. Años después fue ingresada en un manicomio, en el que permaneció hasta su muerte.

La pareja se separó y el hermano del compositor, Anatoli, lo llevó al extranjero ante la insistencia de los médicos, quienes le diagnosticaron un estado de colapso nervioso. Pasó un mes en reponiéndose en Suiza y luego visitó París e Italia.

Entonces comenzó su relación con Nadiezhda von Meck, una rica viuda mayor que él, culta y apasionada de las artes. Había asistido a un concierto donde tocaron sus obras y se enamoró de su música.

Conociendo las dificultades financieras del compositor, le escribió para proponerle pagar sus deudas y darle una pensión que le permitiera dedicarse a componer sin preocupaciones; la condición era que no debían conocerse jamás.

El compositor aceptó la proposición. Entre ambos se estableció una relación platónica, solo por cartas, las cuales se conservan y son de vital importancia para conocer las opiniones, impresiones y esperanzas de Tchaikovsky.

Gracias al mecenazgo de von Meck, pudo dejar definitivamente su puesto en el conservatorio y dedicarse a componer. Uno de los primeros frutos de esta relación fue la Sinfonía No. 4, que el compositor le dedicó.

A partir de entonces, vivió sus mejores años. Fue una época de gran estabilidad económica y emocional. Pasaba largas temporadas trabajando en la casa campestre de su hermana Alexandra, componiendo obras como la Obertura 1812.

Con la ayuda de la viuda, más el aporte económico de sus obras, a los 45 años compró una casa de campo en Klin, entre Moscú y San Petersburgo. El zar Alejandro III le concedió la Gran Cruz de San Vladimir, reconociéndolo como compositor oficial y brindándole su amistad.

Poco después debutó como director y recorrió Europa dirigiendo sus obras. Tuvo que superar su terrible timidez al tomar la batuta; sin embargo, él mismo se sorprendió de lo cómodo que se sentía.

Su fama creció extraordinariamente y en 1890 fue invitado a inaugurar el Carnegie Hall de Nueva York. En diciembre de ese año, Nadiezhda von Meck rompió bruscamente con él, arguyendo que estaba en bancarrota, lo que era mentira.

Se dice que ella creía que era amada por el compositor, pero escuchó las murmuraciones sobre su homosexualidad y decidió terminar con la relación, que se había prolongado durante 13 años, sin verse nunca en persona.

Otras versiones dicen que se aburrió de lo que consideraba un simple pasatiempo. Lo cierto es que fue un duro golpe para el compositor, que no pudo perdonarla. A pesar de sus éxitos, volvió a sus periodos de depresión.

Tchaikovsky era profundamente religioso, pero se sentía hijo del mal. Su homosexualidad, nunca asumida, le provocaba gran culpa y sufrimiento. Deseaba tener una familia e hijos, pero era imposible porque en su interior rechazaba ese estilo de vida.

Sin embargo, su actividad creadora no se interrumpió y compuso la Suite mozartiana, inspirada en su adorado Mozart, la Sinfonía No. 5, el ballet La bella durmiente del bosque, la ópera Yolanda y el famoso ballet El cascanueces, que no agradó en su estreno.

Su Sinfonía No. 6 Patética fue la más querida para el compositor. Es sumamente dramática y conmovedora; su último movimiento, contra toda regla y costumbre sinfónica, es lento y triste, con un canto de adiós en cada nota, como una despedida anticipada.

Tres días después de ser estrenada y recibida con indiferencia por el público, el compositor se negó a comer y bebió agua no hervida, a pesar que en San Petersburgo había una epidemia de cólera.

Contrajo la enfermedad, de la que murió el 6 de noviembre de 1893, a los 53 años. En Rusia fue muy sentida su muerte y el zar declaró: “Tenemos muchos duques y barones, pero un solo Tchaikovsky”.

Investigaciones recientes sugieren otra hipótesis sobre su fallecimiento. Sostienen que un noble descubrió que el compositor acosaba sexualmente a su hijo y escribió una carta denunciándolo. Esta llegó a un importante senador que había estudiado con Tchaikovsky en la Escuela de Jurisprudencia de San Petersburgo, quien mandó formar una corte para juzgarlo.

La corte acordó que solo había un camino para que no se supiera el hecho y salvar el honor de todos: Tchaikovsky debía suicidarse. Entonces este se envenenó con arsénico o bebiendo el agua infectada a propósito. La teoría no está confirmada y sobre el fin de este extraordinario compositor ruso hay más dudas que certezas.

Más de un siglo después, la música de Piotr Ilich Tchaikovsky sigue vigente en el repertorio de las principales orquestas y compañías de ópera y ballet del mundo.

Investigación y guión: Conti González Báez

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