Durante más de 60 años, la historia de la ciencia ha sostenido que Francis Crick y James Watson descubrieron la doble hélice del ADN, pero recientes investigaciones han sacado a la luz la labor de Rosalind Franklin.

Sin sus radiografías, ellos no hubieran llegado tan rápido a la meta. Si son los padres del hallazgo de la estructura helicoidal de la molécula, Franklin es la madre.

El ácido desoxirribonucleico o ADN está en el núcleo de las células y da las instrucciones vitales para el organismo humano. Su descubrimiento sirvió para conocer la identidad de las personas y construir el mapa del genoma humano.

Actualmente, un caso criminal puede resolverse a partir del ADN que dejó un violador o asesino. Un hijo no reconocido puede identificar quién es su padre. Una pareja puede saber si su bebé por nacer sufrirá alguna enfermedad grave.

Comprender el ADN es esencial para la biotecnología. Los investigadores han creado plantas de maíz resistentes al gusano que se alimenta de sus raíces, con lo que los agricultores evitan pérdidas millonarias.

En años recientes, se logró identificar los restos de más de 1 500 personas de 44 países que murieron en los ataques a las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001, en una investigación sin precedentes que marcó la pauta para resolver otros casos forenses.

El descubrimiento de la estructura del ADN cambió el rumbo de la biología y la historia de la cultura humana. Permitió descifrar el funcionamiento de los seres vivos y la perpetuación de la vida.

Más de cinco décadas después de que James Watson, Francis Crick y Maurice Wilkins recibieran el Premio Nobel de Medicina y Fisiología, su modelo de ADN es un emblema del espectacular avance de la ciencia durante el siglo pasado.

Sin embargo, la historia del descubrimiento de la estructura de la molécula de la vida es poco conocida y muy truculenta, con intrigas, robos, descalificaciones y egoísmo.

El 28 de febrero de 1953 era una tarde típica en Cambridge, Inglaterra, pero los clientes de The Eagle, uno de los pubs cercanos al río, asistían ese día a un anuncio que revolucionaría la biología.

Dos jóvenes investigadores entraron y Francis Crick anunció en voz alta a los presentes: “Hemos encontrado el secreto de la vida”. Su compañero, James Watson, escuchaba orgulloso, pensando en la majestuosa doble hélice de ADN que acaban de descubrir.

El estadounidense Watson fue “niño prodigio” en un programa de radio durante la guerra y entró a la Universidad de Chicago a los quince años. En la Escuela de Graduados de la Universidad de Indiana, estudió las mutaciones inducidas por rayos X y luego investigó sus efectos sobre los fagocitos en Nueva York.

En 1950, a los 22 años, completó su doctorado y partió hacia Europa. Al año siguiente, decidió abandonar su trabajo en un laboratorio danés para instalarse en Cambridge, Inglaterra.

En un congreso conoció al neozelandés Maurice Wilkins, quien intentaba discernir la estructura molecular del ADN en el King’s College de Londres con la técnica de difracción de rayos X, utilizada para averiguar la estructura interna de los cristales en pequeños compuestos inorgánicos.

Watson no pudo conseguir una invitación para trabajar con Wilkins. Pero en Cambridge conoció a Francis Crick, un físico británico que cursaba su doctorado y estudiaba la estructura de las proteínas.

Estuvieron de acuerdo en colaborar, uniendo sus conocimientos para determinar la estructura del ADN antes que Linus Pauling, del Instituto de Tecnología de California en Estados Unidos.

A principios de los 50, no existían potentes computadoras para calcular y visualizar la estructura de grandes moléculas como la del ácido desoxirribonucleico. La tecnología disponible era la difracción de rayos X, parecida a una radiografía, más la imaginación.

Watson y Crick se lanzaron a la tarea. A falta de medios más sofisticados, los jóvenes científicos tomaron trozos de cartón, metal y varillas, comenzando a probar mil y una maneras de darles forma.

Paralelamente, en el centro de investigación del King’s College en Londres, una mujer dedicaba su trabajo a radiografiar la deseada molécula. Una de las fotografías obtenidas por Franklin proporcionó la prueba definitiva de que el material genético forma una doble hélice. La famosa “Fotografía 51” cambió la historia de la ciencia.

Rosalind Franklin nació en Inglaterra y se graduó en la Universidad de Cambridge, pese a la oposición paterna. Hizo estudios fundamentales de microestructuras de carbón y grafito para su doctorado en Química Física.

Trabajó tres años en París, Francia, hasta que el jefe de la Unidad de Investigación en Biofísica del King’s College de Londres, Sir John Randall, la invitó a trabajar como investigadora asociada.

Franklin tuvo oportunidad de aplicar sus conocimientos en el avanzado laboratorio de Randall y realizó algunos análisis de difracción del ADN. Era una mujer brillante, analítica e independiente, pero tuvo que sufrir la pesada atmósfera de club masculino del King’s College.

Fue compañera de Maurice Wilkins, con quien nunca congenió, ya que él se empeñaba en tratarla como asistente y no como colega. Al científico le incomodaba la presencia de Franklin, quien a los 32 años era considerada la mejor cristalógrafa del mundo. Wilkins sentía que ella pretendía trabajar en “su” proyecto.

Sin embargo, Franklin era una mujer de carácter. A principios de 1953, descubrió que el ADN tenía una estructura helicoidal. Obtuvo dos pruebas: una imagen y unas medidas del ADN, pero no las publicó rápidamente, su gran error. Wilkins fue el primero en reconocer los ácidos nucleicos y no deseaba competencia interna.

James Watson había asistido a la clase que dio Franklin sobre el avance de sus investigaciones. Rápidamente, él y Crick se dedicaron a imaginar su estructura, con modelos a escala.

Invitaron a Franklin y Wilkins para darles a conocer su propuesta, un modelo helicoidal con tres cadenas. Franklin pulverizó sus argumentos y solo la conocida flema inglesa impidió una catástrofe.

El rumor llegó a la cabeza del laboratorio, Sir Lawrence Bragg, quien prohibió a Watson y Crick continuar sus estudios sobre el ADN. Impedidos para realizar experimentos, ellos se dedicaron a crear modelos teóricos de hojalata.

Una mañana llegó un manuscrito de Linus Pauling desde Estados Unidos, detallando sus conclusiones sobre la estructura del ADN a su hijo Peter, que casualmente compartía oficina con ellos.

Pauling, el químico más eminente de su época, era un duro competidor para Watson y Crick, que ni siquiera tenían acceso al laboratorio. Tras leer el manuscrito, corrieron al King’s College con las noticias.

Se encontraron a Franklin, quien se enojó mucho porque el manuscrito contenía información que hacía un mes ella había solicitado infructuosamente al laboratorio de Pauling.

Wilkins llegó en ese momento y empujó a Watson a su despacho. Eufórico, le mostró “inocentemente” una excelente fotografía de difracción que Franklin acababa de tomar de la estructura helicoideal del ADN, sin avisarle a ella ni a su jefe Randall. Watson abrió la boca y su pulso se aceleró. La solución era evidente.

La famosa “Fotografía 51”, reveló una estructura repetida y tridimensional del ADN. El que Wilkins la mostrara sin su consentimiento a Watson no pareció molestar a Franklin, quien estaba ilusionada con el futuro.

Poco después, otro científico inglés les pasó a Crick y Watson una copia del informe de Franklin a Sir John Randall, con sus mediciones. Ellos se esforzaron por refinar el descubrimiento.

Franklin había deducido, mediante cálculos precisos, que las cadenas del ADN eran dos. Además, había calculado varios parámetros de la hélice, como la distancia o período de repetición.

Sus datos determinaron el curso de la investigación de Watson y Crick. En un mes, lograron armar a un modelo teórico para la estructura del ADN, sin la presencia de la científica.

La doble hélice de Watson y Crick explicaba la estructura y funcionamiento de los genes, como  la replicación del ADN. Las dos hebras permiten a la molécula separarse y replicarse, por lo que a partir de una cadena se forman dos idénticas, una de las cuales se transfiere de padres a hijos, lo que constituye la herencia.

Su hallazgo fue presentado a la comunidad científica en abril de 1953, publicado en la revista Nature. Crick y Watson no aclararon que habían utilizado el trabajo de Rosalind Franklin, aunque reconocieron que fueron “estimulados por los resultados e ideas sin publicar de Wilkins y Franklin”.

La Dra. Franklin no se enfadó; estaba contenta porque otros habían presentado su modelo. Dejó el King’s College por el Birkbeck’s College y se dispuso a escribir un reporte corroborando el modelo de Crick y Watson, que en realidad era el suyo.

La investigadora murió de cáncer de ovario cuatro años después, en 1958, a los 37 años. Ese último lustro fue el más productivo de su corta vida, al publicar 17 trabajos. Continuó trabajando al más alto nivel hasta poco antes de su muerte.

Aunque Watson y Crick aseguran que Franklin nunca tuvo resentimiento ni se sintió robada, el episodio simboliza los ataques y abusos que las mujeres de ciencia han tenido que sufrir por parte de sus compañeros varones.

Era una época donde la misoginia invadía los ambientes académicos. La científica era considerada “conflictiva” y “nada femenina”. Watson y Crick han reconocido que la veían como “la muchachita” y que nunca le dieron su lugar como investigadora.

En su libro La doble hélice, Watson la describe como subordinada de Wilkins, cuando eran pares en el laboratorio de Randall y éste le había dado a ella la tarea de aclarar la estructura del ADN.

La llama “Rosy” y se pregunta “cómo sería si se quitara las gafas e hiciera algo distinto con su cabello”, aunque en el epílogo admite que sus primeras impresiones sobre ella eran erróneas.

Crick, en su libro ¡Qué loco propósito!, admite que en el King’s College había restricciones irritantes para Franklin. Por ejemplo, no se le permitía tomar café en las salas reservadas solo para hombres, algo que para él y otros era un asunto trivial.

En 1962, Francis Crick, James Watson y Maurice Wilkins recibieron el premio Nobel de Medicina y Fisiología por el descubrimiento de la estructura del ADN.

La Dra. Franklin ya no vivía y a ninguno se le ocurrió mencionarla. El galardón no se concede con carácter póstumo y tampoco se comparte entre más de tres personas.

Watson y Crick lograron armar el rompecabezas del ADN, lo cual tiene su mérito, pero es una vergüenza que Rosalind Franklin no recibiera el crédito que le correspondía por su papel en este importante descubrimiento, durante su vida o después de su temprana muerte.

Años después, Watson reconoció: “Somos famosos porque el ADN es muy famoso. Si Rosalind Franklin hubiera hablado con Francis Wilkins desde 1951 y compartido sus datos con él, habría resuelto esa estructura. Entonces ella hubiera sido la famosa”.

Por su parte, Linus Pauling recibió dos Premios Nobel: el de Química, por sus estudios sobre la naturaleza del enlace químico, y el de la Paz, por haber promovido y participado activamente en una asociación de científicos en contra de las armas nucleares.

Investigación y guion: Conti González Báez

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