Desde hace muchos años México vive en un tobogán de violencia que parece no tener fin, cuando parece que hemos visto lo peor, surge un nuevo caso que nos impresiona.
Pasamos de la violencia del crimen organizado, a actos salvajes de la propia sociedad. Descabezados, niños matando porque juegan al secuestro, un niño de 7 años torturado por sus familiares, otra niña maltratada por su abuela, tiroteos, feminicidios cometidos pro pandillas, sicarios o el novio.
Lo más grave es que esto no es exclusivo de nuestro país. ¿Qué nos pasa como civilización? ¿Porque no logramos evolucionar hacia un nuevo paradigma de paz, inteligencia, sensatez?.
“El hombre es el lobo del hombre” , dice un adagio antiguo. La agresión es natural. Pero matarse unos a otros no es natural. Caín mató a su hermano Abel, pero los lobos no se matan entre sí.
Vemos a la Guerra como algo heroico, y no como un drama que socava nuestra sensibilidad, que reduce al ser humano al mas primitivo de sus conceptos. La celebramos en los Himnos Nacionales, en la Literatura.
La Segunda Guerra Mundial mostró hasta donde podíamos llegar. Hubo 68 millones de combatientes, de los cuales el 57% acabaron muertos, heridos o desaparecidos. Las bombas atómicas contra Hiroshima y Nagasaki . Los gases venenosos y los bombardeos cruzaron el  límite.
Entre 1900 y 1987, ciento setenta millones de civiles o militares inactivos fueron asesinados intencionalmente por gobiernos de distintos países.  Tan solo  tres regímenes mataron a cien millones,  el soviético durante la época de José Stalin, el nacionalsocialista de Adolfo Hitler y el comunista chino en el periodo de Mao Tse Tung.
Estos hombres, que prometieron la creación de una nueva sociedad, supuestamente superior, asesinaron en su camino a aquellos que no comulgaban con sus ideas, que tenían otra religión, que eran discapacitados o que simplemente no entraban en los planes .
Hay que agregar a los  34.4 millones producto de las guerras entre Estados y conflictos internos como las revoluciones. Así, entre los asesinatos intencionales de los Estados y las guerras del siglo pasado, murieron más de 200 millones de seres humanos.
Desde las cruzadas hasta el terrorismo de estado y yihadista, hemos sido testigos de como la intolerancia provoca ríos de sangre. Te mato porque me estorbas, te mato porque soy más fuerte, te mato porque tienes algo que yo quiero, te mato porque no piensas como yo.
En México, algunos cambios de régimen político (Independencia, Revolución, Democracia) desataron la violencia. En los tres se destruyó el poder absoluto que sofocaba la violencia. Porfirio Díaz lo dijo contra Francisco I. Madero: “Panchito soltó el tigre. A ver si es capaz de enjaularlo otra vez”.
La nombrada guerra contra el narcotráfico toca todos los espacios públicos e incluso invade las esferas privadas de cualquier individuo. No tienen que pasar más que un par de horas para que nos enteremos de nuevos atentados o asesinatos de parte de miembros de la delincuencia organizada o de enfrentamientos contra agentes de seguridad pública – ya sean de corporaciones policíacas de orden municipal, estatal, federal o ejército y marina – que a la vez tienen sus propios problemas de organización.
También es producto de la pobreza extrema, la desigualdad social, la descomposición social y familiar; y de otras causas graves: la impunidad y la ineficacia del Estado para hacer valer la ley.
Todos somos tocados por la violencia y desde hace un buen rato no se sabe de un estado libre de ella. Muchos sentimos que el país vive su momento más triste y más cruel en décadas. Nuestra indignación ha tocado fondo y nuestra exigencia de justicia y paz no admite prórrogas. Pero ¿qué hacer? ¿Para dónde le damos?
La violencia surge cuando el derecho fracasa en sus fines; causa daño porque retrocede al otro extremo de las soluciones pacíficas que supone el respeto por las normas jurídicas. La conveniencia de establecer un orden es tan antigua como la misma humanidad.
El ser humano es violento por naturaleza,  sin embargo no perdamos de vista que antes las civilizaciones  se mataban entre ellas pero el mundo seguía ahí. Hoy vivimos en una época en donde tenemos la capacidad de destruir el mundo con apretar un botón.
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