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Luz Portilla
Luz Portilla
Lic. en Ciencias de la Comunicación Social
Julio 29, 2017

Antoine Lavoisier
Publicado: Julio 29, 2017

Los alquimistas del siglo XVIII no prestaban atención al aspecto cuantitativo de su ciencia. Mezclaban sustancias, observaban y describían polvos y gases, pero no los medían. No les preocupaba que esas sustancias ganaran o perdieran peso al transformarse.

Entonces un hombre declaró que la medición era lo más importante y debería ser la base de todos los experimentos. Por ello es considerado el Padre de la química moderna.

Antoine Laurent Lavoisier nació el 26 de agosto de 1743 en París, Francia. Fue hijo de una familia acomodada que lo quiso, lo mimó y le proporcionó una excelente educación.

Su padre, abogado y consejero parlamentario, lo inscribió en el prestigiado Colegio Mazarin, donde recibió una formación clásica y en ciencias. Desde muy joven, Antoine demostró ser buen estudiante y ganó varios premios.

Cursó estudios de Derecho y obtuvo su licencia como abogado a los 21 años. Sin embargo, su inquieta mente lo inclinó hacia la ciencia, por lo que estudió astronomía, historia natural y química.

Ese mismo año, la Academia de Ciencias convocó un premio sobre el tema: “La mejor manera de iluminar las calles de una ciudad, teniendo en cuenta claridad, facilidad de servicios y economía”.

Antoine Lavoisier realizó numerosos experimentos y, aunque no se llevó el primer premio, fue recompensado con una medalla de oro que le entregó el rey.

Entre sus primeros trabajos se encuentran artículos sobre la Aurora Borealis y la composición del yeso. También ayudó al geólogo Jean-Étienne Guettard a preparar su atlas mineralógico de Francia.

A los 25 años fue elegido miembro de la Academia de Ciencias como químico adjunto, por un artículo sobre el análisis de muestras de agua. Pasó por todos los grados de la estructura académica y llegó a ser su tesorero y director.

Al comienzo de sus investigaciones químicas, Lavoisier se dio cuenta de la importancia que tenía la precisión en las medidas. Uno de los instrumentos usados en su laboratorio fue la balanza de precisión, instrumento que perfeccionó.

Los alquimistas de su época consideraban que cuando se ponía agua en un recipiente a ebullición, en este aparecían un sedimento, dando por probado que el agua se transformaba en tierra.

En 1770, Antoine Lavoisier demostró que ese sedimento no era tierra, sino cristal disuelto por el agua al ser llevada al punto de ebullición. Llegó a esta conclusión al medir las cosas con precisión.

Fue un hombre con gran espíritu patriótico y participó en muchas comisiones creadas para mejorar la suerte de la gente común. Ideó nuevos métodos para preparar el salitre, sustancia necesaria para la fabricación de pólvora.

Se ocupó en métodos para el abastecimiento del agua corriente a París, trabajó en la modernización de la agricultura y sus investigaciones lo llevaron a establecer una granja modelo.

Su espíritu ciudadano no lo ayudó, debido a varias equivocaciones. A fin de ganar dinero para sus investigaciones, invirtió en la Ferme Générale, sociedad privada comprometida con el gobierno de Luis XIV para recolectar impuestos.

Cualquier dinero que sacaban por encima de la cuota era ganancia para el grupo más odiado en la Francia del siglo XVIII. Aunque Lavoisier utilizó el dinero que ganó en la investigación química para crear un magnífico laboratorio privado, fue un “granjero de hacienda”, muy mal visto.

Bien parecido y brillante, a los 28 años se casó con una hermosa e inteligente joven, Marie Paulze, con quien tuvo un feliz matrimonio. Ella le asistía en su trabajo ilustrando sus experimentos, registrando resultados y traduciendo artículos científicos del inglés. También le gustaba dibujar, haciendo rápidos apuntes mientras el científico experimentaba en su laboratorio.

Sin embargo, ella era hija de un importante recaudador de impuestos y esa gente constituiría uno de los principales objetivos de la Revolución Francesa.

Otro error de Lavoisier tuvo que ver con la Academia de Ciencias Francesa, a cuya honorable asociación perteneció como miembro desde 1768.

Cuando un tal Jean-Paul Marat, periodista que se las daba de científico, pidió su ingreso, Lavoisier hizo todo lo posible para que no entrara. La razón fue que sus tratados contenían nociones caseras y hasta tontas sobre la naturaleza del fuego, sin valor científico alguno. Marat nunca se olvidó de esto, ni de consumar su venganza.

En 1775, los 32 años, Antoine Lavoisier fue nombrado director de la Administración de Pólvora. Con su acostumbrada energía, se dedicó a mejorar la caótica industria. Esto le dio la oportunidad de mudarse al arsenal de París, donde montó un soberbio laboratorio.

Su interés en el alumbrado de las calles parisinas lo introdujo de lleno en la naturaleza de la combustión, problema que abordó con sus métodos cuantitativos.

Para explicar la combustión, por esa fechas estaba en vigor la teoría del flogisto. Esta consistía en lo siguiente: Cuando una sustancia ardía, el flogisto, voz derivada de raíz griega que significaba “inflamable”, la abandonaba y escapaba al aire.

La ceniza que quedaba ya no podía arder más, porque estaba liberada de flogisto. Pero existía una paradoja en esta teoría, el resultado era un metal oxidado más pesado que el original.

¿Cómo podía el metal perder algo y acabar siendo más pesado?. A la mayoría de los químicos del siglo XVIII no les preocupaba. Algunos sugirieron que tal vez el flogisto poseía un “peso negativo”, por lo que una sustancia perdía peso cuando se le añadía flogisto y ganaba peso cuando este la abandonaba.

La teoría ya tenía un siglo de existencia y había muchas cosas que no podía explicar. La confusión se esclareció con el trabajo de Lavoisier y así se pudo avanzar de verdad en la química.

Afirmó que cuando una sustancia arde o se inflama, se combina con oxígeno para formar un óxido. Publicó su teoría del oxígeno de la combustión en 1783.

Sus experimentos probaban que cuando una sustancia gana o pierde peso en el aire, toma algo de este y le da algo. Lo demostró al pesar todo el sistema, vapores incluidos.

El principio demostrado fue más tarde conocido como la Ley de la Conservación de la Materia, que dice:

“La materia puede cambiar de forma, pero el peso total de la materia implicada en una reacción química sigue siendo el mismo.”

Esta ley representó un baluarte para la química del Siglo XIX. En el siglo XX, Albert Einstein amplió y afinó este concepto.

Lavoisier fue el primero en exponer que el aire estaba compuesto por dos gases; uno mantenía la combustión y otro no. Llamó oxígeno al primero, palabra derivada de los vocablos griegos que quieren decir “origina ácidos”; creyó, equivocándose por primera vez, que todos los ácidos lo contenían. Al segundo lo llamó azoe, del griego que significa “sin vida”, pero en 1790 Jean-Antoine Chaptal lo rebautizó como nitrógeno, su nombre actual.

Sus investigaciones lo llevaron a establecer la composición del agua y fue el primer científico que entendió la importancia química y biológica del oxígeno.

Sus estudios sobre oxidación demostraron el papel del oxígeno en los procesos químicos y mostraron cuantitativamente la similitud entre la oxidación y la respiración.

Los alquimistas habían revestido su ignorancia con un lenguaje fantasioso y poético. Por ejemplo, hablaban del oro como del Sol y de la plata como la Luna. Llamaron a la mezcla de ácido nítrico y ácido clorhídrico, con la que se puede disolver el oro, “agua regia”.

Como resultado de esta confusión, ningún químico estaba seguro de lo que le contaba otro, debido a que no utilizaban iguales denominaciones.

Lavoisier elaboró un nuevo sistema de nomenclatura química, basado en los nombres de los elementos y designando a los compuestos de acuerdo con los elementos de que están formados.

Por ejemplo: la sal, un compuesto de sodio y cloro, es cloruro sódico; el gas formado por hidrógeno y azufre es sulfuro de hidrógeno y un ácido que contenga azufre es ácido sulfúrico.

En colaboración con sus colegas franceses Berthollet y Fourcroy, Lavoisier publicó la obra: Métodos de nomenclatura química. El sistema era tan claro y lógico, que todos los químicos lo adoptaron de inmediato y aún constituye la base de la nomenclatura actual.

A los 46 años, Lavoisier publicó un libro llamado Tratado elemental de química, en el que reunió su nueva doctrina y que representa el primer texto moderno de esta ciencia.

Contiene una lista de todos los elementos conocidos hasta entonces; esto es, de todas aquellas sustancias que no pueden dividirse mediante ningún método de análisis químico conocido. La lista, en su mayor parte, era bastante exacta y casi todas las sustancias contenidas en ella se reconocen hoy como elementos.

Sin embargo, catalogó al calor y la luz como elementos y hoy se reconoce que son inmateriales. Creía que el calor era un fluido imponderable llamado “calórico”. Debido a su influencia, el calórico permaneció en la mente de los químicos durante medio siglo.

Poco después, Lavoisier fue nombrado secretario y tesorero de la comisión para asegurar la uniformidad de pesos y medidas en toda Francia, trabajo que condujo al establecimiento del Sistema Métrico.

También trató de introducir reformas en el sistema monetario y tributario francés, así como en los métodos de producción agrícola.  Con ayuda de Pierre-Simon Laplace, intentó medir calores de combustión y dilucidó algunos detalles sobre lo que ocurría en los tejidos vivos.

Pero entonces estalló la Revolución Francesa y los antimonárquicos radicales tomaron el control, proclamando la república y cazando a los “granjeros de hacienda”.

En 1791 Lavoisier perdió su posición como director en la Administración de la Pólvora, por lo que tuvo que abandonar su laboratorio del arsenal.

Comenzó el Reinado del Terror. Se suprimió la Academia de Ciencias y se ordenó el arresto de los antiguos miembros de la Ferme Générale, entre ellos Lavoisier.

Su antiguo enemigo, el periodista Marat, era un poderoso cabecilla revolucionario; lo acusó de haber participado en complots absurdos y exigió su muerte.

Cuando Lavoisier alegó que era un científico y no un recaudador de impuestos, cosa no del todo cierta, el presidente del tribunal contestó con la infame frase: “la república no necesita científicos”.

Marat fue asesinado poco después, pero el mal ya estaba hecho. Tras un juicio que duró menos de un día, el tribunal revolucionario condenó a Lavoisier y a otros 27 hombres a muerte.

Tras un largo cautiverio, en la tarde del 8 de mayo de 1794, Antoine Lavoisier y otros compañeros “granjeros de hacienda”, entre ellos su suegro, fueron guillotinados en la Plaza de la Revolución de París, hoy Plaza de la Concordia.

Su cuerpo fue arrojado a una fosa común. Lavoisier tenía apenas 50 años, estaba en la plenitud de su carrera y murió dejando sus experimentos sin terminar.

El gran matemático francés Joseph-Louis Lagrange dijo: “Ha bastado un momento para cortar su cabeza, pero se necesitarán más de cien años para que nazca otra igual”.

Irónicamente, la cordura volvió a Francia diez semanas después de la ejecución. Los radicales fueron depuestos y el caso de Lavoisier fue una fatalidad deplorable de la Revolución Francesa.

Al año de su muerte fue exonerado por el nuevo gobierno francés, en una nota dirigida a su viuda que decía: “A la viuda de Lavoisier, quien fue falsamente condenado”.

Dos años después, empezaron a inaugurarse bustos de Antoine Lavoisier en toda Francia, siendo reconocido en su patria como el gran científico universal que fue: el Padre de la química moderna.

Es uno de los 72 científicos franceses cuyo nombre está inscrito en la Torre Eiffel. Desde 1935, el cráter lunar Lavoisier lleva su nombre. El asteroide (6826) Lavoisier, descubierto en 1989, también lo conmemora.

Investigación y guión: Conti González Báez

 

 

 

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