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BLOG: Cinema Red
José Antonio Valdés
José Antonio Valdés
Investigador, guionista, crítico y docente cinematográfico
Septiembre 12, 2017

Balas sobre Nueva York
Publicado: Septiembre 12, 2017

David Shayne, intelectual neoyorquino con aspiraciones de dramaturgo, tiene ante si la oportunidad de iniciar su carrera como director teatral con una obra de su autoría. Su productor ha conseguido el capital necesario para montar en las tablas de Broadway dicha pieza, titulada Dios de nuestros padres; sin embargo, el capital proviene nada menos que del mafioso Nick Valenti, que harto de las presiones ejercidas por su amante, la corista Olive Neal, para ser actriz, decide convertirse en productor teatral.

El Broadway bullicioso de la década de los veinte es telón de fondo para una ácida crítica al proceso de creación y el papel del artista ante su obra. Escrita en mancuerna con el dramaturgo Douglas McGrath, Balas sobre Nueva York enfrenta a un creador a problemas varios, intereses totalmente ajenos al arte que, dependiendo de su carácter, afectaran en mayor o menor medida el resultado final. De la emoción provocada por su debut como director teatral de una obra propia, David pasa a los constantes sobresaltos que las situaciones alrededor de la puesta en escena le provocan: pese a la buena voluntad de su productor, y las constantes rabietas de la aspirante a actriz Olive, ésta deberá tener un papel importante en la obra, si no quiere terminar con una bala entre los ojos.

A la producción se unen Eden Brent, hiperactiva actriz contadora compulsiva de chistoretes, acompañada siempre de un espantoso perro chihuahueño; Warner Purcell, respetado actor de elegante presencia, siempre y cuando sea capaz de controlar su hambre compulsiva; y la presencia estelar de Helen Sinclair, antigua gloria teatral que espera encontrar en la obra de David el vehículo adecuado para su retorno triunfal a las tablas. Aunado a todos ellos, Shayne deberá soportar también a Cheech, violento matón al servicio de Valenti que cumple la doble tarea de chaperón y entrenador de diálogos de la inepta Olive.

A través del filtro que le ofrece el mundo del teatro, Woody Allen puede revisar las muchas similitudes que ese sistema tiene con el del séptimo arte: de forma despiadada, las aspiraciones artísticas de los creadores se ven aplastadas por la prepotencia de un productor mandamás (Valenti también era el apellido del siniestro personaje que estuvo por décadas al frente de la Motion Pictures Association of America, instancia que ha conseguido implantar el predominio del cine norteamericano sobre todas las cinematografías del mundo), empresarios con mucho dinero y nula sensibilidad artística que convierten al cine en un mero producto de consumo, y al director en un mero maquilador.

Woody Allen analiza, descuartiza y critica a un artista como él: David, que tanta energía y labia desperdicia en eternas tertulias intelectuales alrededor de una mesa de café, no es capaz de bajarse del pedestal de artista (alguien que, según él, “es mucho más que los mortales”) para afrontar los problemas que entorpecen el buen desarrollo de la obra; si bien una noche despierta sobresaltado y se llama a sí mismo histéricamente “ramera” ante todas las concesiones que ha tenido que aceptar, después, con tal de conseguir el éxito a cualquier precio, permite que todo mundo intervenga en su creación; el resultado final es producto de cualquiera, menos David.

Para Woody Allen, el verdadero artista es el que se compromete en cuerpo y alma con su creación y la defiende hasta sus últimas consecuencias. En la cinta éste resulta ser Cheech, el sanguinario gángster que respinga ante los pretenciosos diálogos e inverosímiles situaciones que David presenta en su obra. Este es un hombre conoce el mundo, sabe de las pasiones humanas, cómo habla la gente, y por lo tanto comienza a sugerir a David cambios radicales en su texto original. Al ver amenazada su creación, Cheech no acepta concesión alguna: si Olive es incapaz de pronunciar correctamente uno sólo de sus diálogos, no se tentará el corazón para borrarla del mapa, no importando que sea la novia del jefe. Todo sea por el arte. El verdadero artista nace, no se hace (ni mucho menos lo hacen los demás).

Aparte de la deliciosa reconstrucción de época a manos del diseñador Santo Loquasto, y la música seleccionada por Dick Hyman, jazzista y musicólogo esencial en la filmografía del cineasta, Balas sobre Nueva York contiene un humor mucho más libre y desenfadado que el estilo habitual de comedia practicado por Woody Allen, personificado esta vez por John Cusack. Memorables en sus interpretaciones están Chazz Palminteri como el violento y creativo gángster Cheech, y la gran Diane Wiest da vida a Helen Sinclair, la gran diva de los escenarios que seducirá al artista de pacotilla. La actriz, dueña absoluta de la escena, encarna a una mujer exitosa en las tablas, pero bebedora constante e infeliz coleccionista de matrimonios fracasados. Solitaria por decisión propia, como muchos de los personajes allenianos, la Sinclair funciona en el arte, mas no en la vida real.

Finalmente, la obra se estrena con gran éxito. Cheech, el alma artística verdadera, ha sucumbido por las balas de la Mafia. Y mientras todos festejan, David asume su derrota como artista; con el rabo entre las patas, arrebata a su prometida de las garras de otro “artista” que ya se la había apropiado, para irse junto con ella lejos, muy lejos. Antes de a ser alguien normal, David debe recuperar su dignidad, renunciar al éxito que no le pertenece, y sumergirse en la noche de Nueva York, ya vacunado contra el delicioso veneno de la creación.

BALAS SOBRE NUEVA YORK (Bullets over Broadway, Estados Unidos, 1994). Dirección: Woody Allen. Guión: Woody Allen y Douglas McGrath. Fotografía en color: Carlo Di Palma. Música: Dick Hyman. Edición: Susan E. Morse. Con: John Cusack (David Shayne), Jack Warden (Julian Marx), Dianne Wiest (Helen Sinclair), Jennifer Tilly (Olive Neal), Mary-Louise Parker (Ellen), Toni Sirico (Rocco), Chazz Palminteri (Cheech). Compañías productoras: Sweetland Films, Magnolia Productions. Producción: Jean Doumanian y Robert Greenhut. Duración: 99 minutos.

 

 

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