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BLOG: Cinema Red
José Antonio Valdés
José Antonio Valdés
Investigador, guionista, crítico y docente cinematográfico
Agosto 11, 2017

De ser trascender
Publicado: Agosto 11, 2017

Sabemos que no estamos por siempre en la Tierra. Tan sólo un momento aquí. Pero en el fondo de nuestros corazones todos deseamos dejar un rastro de nuestro tránsito por este mundo. De la forma en la que sea. Y el arte es una buena manera de conseguirlo. Hablando de conceptos como el ser y el trascender retratados por el cine, me viene a la mente la película que mejor lo ha conseguido: Vivir (1952) del director japonés Akira Kurosawa. En su idioma original, la cinta se titula Ikiru, es decir, no solamente “vivir”, sino algo así como “el acto de vivir”, la “acción de vivir”.

Quizá fue de manera prematura, pero Kurosawa, recién pasados los 40 años, comenzó a pensar en su propia muerte. En la posibilidad de saber que la Muerte está cerca y que llega el momento de rendir cuentas, no en el Más Allá, sino con uno mismo. Poco después del éxito internacional de Rashomon (1950), la película que también dio a conocer el cine japonés al mundo, el cineasta ideó un argumento donde el ser y la trascendencia son los protagonistas espirituales del relato.

Vivir comienza con la imagen de una radiografía. Pertenece al señor Kanji Watanabe, el protagonista del relato. Un burócrata gris, quien ha pasado más de 30 años de su vida detrás de un escritorio en el Ayuntamiento de la ciudad de Tokio, sepultado entre expedientes, archivos muertos y demás, rodeado de compañeros que solamente esperan ascender en el escalafón del trabajo para continuar con esa rutina interminable. Los rayos X mencionados previamente revelan un tumor cancerígeno que ya ha invadido todo su organismo. Antes de conocer al protagonista físicamente (interpretado magistralmente por el inmenso Takashi Shimura, actor de carácter del cine japonés quien siempre en el cine de Kurosawa es el símbolo de la sabiduría y la experiencia), lo conocemos por dentro.

Comienza entonces el Calvario de la enfermedad. De la imposibilidad de un ser muerto por dentro de comunicar a los otros que sus días están contados. Ni a sus compañeros de trabajo ni a su propio hijo (con quien mantiene una relación marcada por la indiferencia) les dice nada; solamente se encierra en su concha con la intención de dejarse morir. Acompañado por un mefistofélico poeta urbano a quien conoce en una cantina de mala muerte, Watanabe se entrega a una noche de excesos (alcohol, mujeres que venden placer, desnudistas) que finalmente llevan al vacío, a los abismos de la melancolía, al incesante recordatorio de que vas a morir y no queda de otra. Él es un muerto en vida.

Sin embargo, hay dos elementos que cambian el rumbo de esta elegía mortuoria. Uno es la cercanía que Watanabe tiene con una joven empleada del Ayuntamiento quien, ante la perspectiva de una vida gris y sin sentido, renuncia a su empleo para convertirse en una maquiladora de conejitos de cuerda, porque, según ella dice, con ellos siente que da alegría a los demás. Es hacer algo con un sentido más allá de la simple noción de un empleo cualquiera. Es trascender. El otro elemento es un grupo de mujeres que viven en un barrio popular de la ciudad y quienes han experimentado en carne propia el martirologio burocrático para que las autoridades conviertan una charca inmunda, foco de infección en el vecindario, en un parque de juegos para los niños del lugar.

Vivir no es una cinta del universo de Frank Capra, donde el protagonista pudiese entender que su vida requiere un sentido y que ese cambio genere en él una transformación bañada por la magia y el optimismo. En un salto mortal narrativo, Watanabe fallece. Sus compañeros de trabajo y su hijo asisten a su funeral. Y al calor del sake, comienzan las anécdotas en las cuales el difunto consiguió sacudir al sistema para transformar la hediondez en un espacio de solaz y esparcimiento. Donde él mismo, una noche, bajo la nieve, dejó este mundo. El protagonista de Vivir deja de ser el mismo de siempre para trascender. Una trascendencia que implica morir y renacer. No somos lo que pensamos. Ni lo que sentimos. Ni lo que creemos. Somos lo que hacemos. Lo que da sentido a nuestras vidas.

VIVIR (Ikiru, Japón, 1952). Dirección: Akira Kurosawa. Guión: Akira Kurosawa, Shinobu Hashimoto y Hideo Oguni. Fotografía en blanco y negro:  Asakazu Nakai. Música: Fumio Hayasaka. Edición: Koichi Iwasita. Con: Takashi Shimura (Kanji Watanabe), Shin’ichi Himori (Kimura), Haruo Tanaka (Sakai), Minoru Chiaki (Noguchi), Miki Odagiri (Toyo), Bokuzen Hidari (Ohara). Compañía productora: Toho. Productor: Sojiro Motoki. Duración: 143 minutos.

 

 

José Antonio Valdés Peña

CINEMA RED

 

 

 

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