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BLOG: Cinema Red
José Antonio Valdés
José Antonio Valdés
Investigador, guionista, crítico y docente cinematográfico
Agosto 4, 2017

Del cine y los sentidos
Publicado: Agosto 4, 2017

 

La relación entre las imágenes en movimiento y nuestros sentidos resulta demasiado cercana. Es cierto que predominan la vista y el oído sobre los demás, mientras que en la sala de cine no contemos con las mismas viandas que degustan los protagonistas, pudiésemos tocar lo que sienten sus manos, o bien, fuésemos capaces de aspirar los aromas que de la pantalla emanan. El cine sigue siendo hasta el momento, a pesar de las teorías y experimentos de artistas como Peter Greenaway (quien en algún momento planteó la necesidad de un cine multisensorial probando con un sujeto distintas formas de visión, audición y experimentación de los sentidos en una sala cinematográfica) o John Waters (quien para su película Una loca familia americana (Polyester, 1981) diseñó una planilla con olores numerados que el espectador debía rascar guiado por los números que aparecían en pantalla), una experiencia eminentemente audiovisual.

Muchas son las películas en las cuales la visión resulta predominante, tanto en la forma como en su contenido. La vista nos introduce al cine y el cine ha sabido, digamos, mirarla. Un ejemplo sublime es el ejercicio de puntos de visión que ejecuta Alfred Hitchcock en La ventana indiscreta (Rear window, 1954). Fotógrafo de profesión, el protagonista ejerce como voyeur mientras se recupera de una lesión que le impide caminar, adentrándose en la vida de sus vecinos del patio trasero. El cine nos permite asomarnos a otras vidas, a otros mundos. Pero, ¿qué sucede cuando esa mirada es cuestionada por alguien dentro del cuadro fílmico? Éste filme de Hitchcock tiene la respuesta visual a dicha pregunta.

Inolvidables son las imágenes que Alain Resnais consiguió en Hiroshima, mi amor (Hiroshima, mon amour, 1959) para encumbrar el tacto en el cine. Los amantes del filme, interpretados por la francesa Emmanuelle Riva y el japonés Eiji Okada, terminan de conocerse, tras el acto sexual, mediante primerísimos planos de sus manos recorriendo sus cuerpos, que la cámara de Sacha Vierny retrata en finísimo detalle, apreciando las texturas de ambas pieles de razas tan distintas. Algo similar repitió el cinefotógrafo en El libro de cabecera (Pillow book, 1996) de Greenaway, cuando el pincel de un amante escribe en el cuerpo de la protagonista delirantes caligrafías.

En su filme Amadeus (Amadeus, 1984), Milos Forman consiguió definir de forma audiovisual el placer mediante el oído. En la secuencia, Antonio Salieri lee las partituras de su odiado enemigo, Wolfgang Amadeus Mozart. Pasa frenéticamente de un concierto para piano, a uno para violín, de ahí a la Gran Misa. Pero el músico de la corte no escucha la obra de un hombre; más bien, escucha a Dios cantando a través de un hombrecillo vulgar bendecido por el genio. Apreciando su estructura perfecta, revisando esas partituras sin corrección alguna, escritas como por dictado divino, Salieri admite su derrota ante el Creador.

En cuanto al gusto, el cine y la comida han tenido una relación estrecha. La cámara llega al éxtasis retratando los platillos, los antojitos, la dulzura de los postres o el fuerte sabor del vino. Podríamos mencionar clásicos como El festin de Babette (Babettes gaestebud, 1987), inspirada en un relato de Karen Blixen en el cual el acto de agasajar el paladar ajeno alcanza niveles de una misión espiritual, o bien, las comilonas italianas que disfrutan los mafiosos italoamericanos tanto en El padrino (The Godfather, 1972) de Coppola o los Buenos muchachos (Goodfellas, 1990) de Martin Scorsese. Confieso que aprendí a preparar el spaghetti con albóndigas según la receta del gordo Clemenza, por cierto.

En cuanto, al olfato, todos esperábamos que en la adaptación fílmica de El perfume (Das parfum, 2006) de Tom Tykwer pudiéramos encontrar la materialización fílmica de este sentido, magistralmente conseguida por el novelista Patrick Süskind. Pero no fue así; el resultado fue demasiado artificial. Los aromas se aprecian mejor, para bien o para mal, en aquella secuencia de La lista de Schindler (Schindler’s List, 1993), en la cual un puñado de niños se refugia en la inmensidad de una letrina de un campo de exterminio para escapar de una muerte segura.

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