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BLOG: Cinema Red
José Antonio Valdés
José Antonio Valdés
Investigador, guionista, crítico y docente cinematográfico
Julio 10, 2017

La poesía del sórdido encierro
Publicado: Julio 10, 2017

Durante poco más de cinco décadas, el cineasta mexicano Arturo Ripstein ha orquestado un universo fílmico propio, único, en el panorama de un cine como el de Iberoamérica en el cual el cine de autor, el de expresión personal, nunca ha resultado favorecido por el propio devenir histórico de los cines de esta región y la aplastante presencia de la maquinaria fílmica estadounidense. Contra viento y marea, Arturo Ripstein es un artista cuyo estilo para filmar se ampara bajo una estética propia, enmarcando obsesiones y estructuras narrativas de notable complejidad, que enmarcan la obra de un poeta de lo sórdido, a un apasionado del encierro y a un demoledor de las convenciones del melodrama por igual.

El universo ripsteiniano está siempre enmarcado por las sombras más oscuras de la condición humana. Las de la miseria moral que se expresa visualmente en una miseria que acumula lo inservible, en una suciedad física y escenográfica existente como la materialización del dolor experimentado por sus personajes, la mayoría de ellos obsesivos, capaces de infligir notoria crueldad a los otros casi siempre en nombre de amores echados a perder, destructivos sin remedio. En medio de la sordidez que rodea a sus protagonistas, Ripstein consigue encontrar la belleza, la poesía dentro del horror, cuando esos mismos seres se percatan de su sino trágico y se entregan a su pasión dolorosa, como le ocurre a La Manuela de El lugar sin límites (1977), a los amantes encerrados en el cinturón perverso de los celos de Mentiras piadosas (1988), o bien, a los criminales pasionales protagonistas de Profundo carmesí (1996). Es un universo no carente de sentido del humor, negrísimo, que se desborda en cintas como La perdición de los hombres (2000) o se decanta en la tragicomedia de la desesperación existencial, como en La calle de la amargura (2015)

Esas pasiones desbordadas son propias del melodrama, el género más popular en el cine y la televisión de Iberoamérica. Arturo Ripstein, hijo de su tiempo y del cine mexicano clásico, ha tomado entre sus manos las convenciones del género para dinamitarlas, para arrastrar el amor absoluto a la tragedia irremediable, como en las películas arriba mencionadas, o bien, jugando con las reglas del destino y la familia como el bastión de los valores de una sociedad determinada. No es el destino el que viene a terminar con la tranquilidad de Javier Lira, el cobrador de banco otrora ladrón protagonista de Cadena perpetua (1978), una de las obras maestras del cineasta. Al contrario; Lira nunca dejó de estar atrapado por su pasado, viviendo encerrado en la sordidez de ese mundo sin importar su supuesta “readaptación social”. Es un ser encerrado en el mundo de antes, el de siempre, por voluntad propia.

Un encierro que se potencia en uno de sus clásicos, El castillo de la pureza (1972), en el cual un enloquecido padre de familia mantiene ocultos del mundo a los suyos en un afán de mantenerlos alejados de las impurezas de un mundo cruel y desgraciado (impurezas que, en una doble vida, el mismo personaje promueve y procura para sí mismo). Un encierro que implica además el peso de los muertos sobre los vivos le ocurre al ranchero Juan Sáyago, el veterano protagonista de Tiempo de morir (1965), a quien la muerte le ronda permanentemente en la figura de los hijos del hombre a quien mató años atrás y quienes le persiguen como una maldición. No hay de otra; aunque el encierro termina, uno sigue encerrado. Así lo comprueba su extraordinario documental Lecumberri, el Palacio Negro (1976), retrato excepcional de la vieja Penitenciaría de la ciudad de México.

En ese mundo de sordidez y encierro, la institución familiar se destruye o se renueva de forma subversiva. Destrucción es el único camino que pueden encontrar los miembros de la familia Botero, protagonistas de su obra maestra, Principio y fin (1993), cuando el padre muere y la madre asigna a cada uno un destino que, por impuesto, sabe a desdicha. Mientras que los hermanos incestuosos de La mujer del puerto (1991) superan la moralina del melodrama prostibulario clásico, que condenaba a los pecadores a la destrucción sin remedio, para vivir con su pecado a cuestas y encontrar en él, subversivamente hablando, la felicidad.

El universo fílmico de Arturo Ripstein va ligado a los estupendos colaboradores que elige para cada proyecto, siempre los mejores representantes de su profesión, creadores de primer nivel en el cual se incluyen tanto actores como profesionales del cine. Además de su inseparable compañera Paz Alicia Garciadiego, Ripstein ha contado en su soporte literario, tanto en guión como en fuente original, con escritores como José Emilio Pacheco, Vicente Leñero, Gabriel García Márquez, Juan Rulfo, Manuel Puig, José Donoso, Pedro Antonio Valdez, Naguib Mahfouz, Guy de Maupassant y muchos más. Diálogos memorables, personajes tan dolorosos como entrañables y complejas estructuras narrativas que trastocan el tiempo y el espacio han sido retratados casi siempre a través de elegantes planos-secuencia capaces de enchinar la piel y el alma por la aterradora continuidad de las emociones, del horror, del dolor y la sordidez poética en la pantalla.

Cinco décadas de labor creativa respaldan a la obra cinematográfica de Arturo Ripstein. Un cine que, en el contexto del cine mexicano, trascendió de la producción privada tradicional a la independencia experimental, de ahí al cine de producción estatal, más tarde a la coproducción internacional y después a la vanguardia digital. Lo admirable es que pese a estas metamorfosis radicales, su cine preserva tanto su ferocidad como su capacidad de conmover hasta a las piedras. Es Arturo Ripstein, reconocido en los festivales internacionales de cine más importantes del mundo entero, un ejemplo de congruencia artística y tenacidad, pero, sobre todo, de pasión.

José Antonio Valdés Peña

CINEMA RED

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