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Mayo 6, 2017

Vida y obra de Sigmund Freud
Publicado: Mayo 6, 2017

Ante la figura de Freud, no existen posiciones neutrales. De la admiración al escepticismo, de considerarlo héroe cultural a despreciarlo como charlatán.

Sus defensores y detractores coinciden en algo: Para bien o para mal, Sigmund Freud, más que ningún otro explorador de la psique, modeló la mente del siglo XX. Hasta las más feroces críticas de sus enemigos son un tergiversado tributo al poder de permanencia de las ideas freudianas.

Sigismund Schlomo Freud nació el 6 de mayo de 1856, en Freiberg, Moravia, que pertenecía al Imperio Austro-Húngaro y ahora es Pribor, República Checa, en el seno de una familia judía pobre.

Fue hijo de Jacob Freud y su tercera esposa Amalia, quien era 20 años menor que su marido. Siggie, como sus parientes le llamaban cariñosamente, tuvo siete hermanos y hermanas menores.

La familia era inusual, porque sus dos medios hermanos, Emmanuel y Phillip, eran casi de la misma edad que su madre y él un poco más joven que su sobrino John, hijo de Emmanuel.

Esta extraña situación pudo haber intrigado el interés de Freud por la dinámica familiar, llevando a su posterior formulación del Complejo de Edipo.

Su padre, un modesto comerciante de madera, mudó a la familia a Leipzig, Alemania, cuando el pequeño Freud tenía tres años. Al año siguiente se establecieron en Viena, Austria, donde vivió, estudió y trabajó durante casi toda su vida.

Como primogénito, Siggie era el consentido de su mamá. Por ser un niño brillante y como reconocimiento a su inteligencia, sus padres le dieron el privilegio de tener su propio cuarto para estudiar en paz.

A los ocho años, se encerraba y leía a William Shakespeare. No decepcionó a sus padres y realizó sus estudios secundarios con excelentes calificaciones.

Durante su adolescencia, escuchó una conferencia acerca del ensayo de Goethe Sobre natura, que lo impresionó profundamente. Había considerado estudiar leyes, pero se decidió por la carrera de médico investigador, determinado a resolver algunos enigmas de la naturaleza, comenzando sus estudios en la Universidad de Viena.

Como estudiante, Sigismund Schlomo Freud comenzó su trabajo de investigación sobre el sistema nervioso central, guiado por el reconocido científico alemán Ernst von Brücke. A los 21 años, decidió abreviar su nombre a Sigmund Freud.

Cuatro años más tarde, después de realizar el servicio militar obligatorio, se recibió como doctor en medicina y permaneció como voluntario en el laboratorio de fisiología de la universidad.

La precaria situación económica de su familia lo llevó a dejar el laboratorio y empezar a trabajar como médico en el Hospital General de Viena. Durante tres años se dedicó a la psiquiatría, la dermatología y los desórdenes nerviosos.

En 1885, a los 29 años, fue nombrado profesor adjunto de Neuropatología en la Universidad de Viena. A finales de ese año se le otorgó una beca del gobierno para estudiar en París con el neurólogo Jean Charcot, quien trabajaba en el tratamiento de enfermedades mentales por medio de la hipnosis, técnica con la que se familiarizó el joven Freud.

Poco después, publicó varios artículos sobre la cocaína y sus efectos. “La coca está asociada con todo mi nombre”, le escribió a Martha Bernays, con quien se casó en 1886. La pareja tuvo seis hijos: Matilde, Jean-Martin, Oliver, Ernst, Sophie y Anna.

Freud se estableció en Viena como médico privado, especializado en desórdenes nerviosos. Después del nacimiento de su tercer hijo, Sigmund y Martha se mudaron a un apartamento en Berggasse, el cual se convirtió en el Museo de Freud en 1971.

Publicó un trabajo, titulado Sobre la afasia, un desorden en el que la persona tiene dificultades para recordar o pronunciar nombres de objetos de uso común.

Sus investigaciones sobre la histeria, que empezaba a distinguirse como una enfermedad diagnosticable y tratable, lo dirigieron hacia el estudio de la psicopatología.

Junto con su amigo y colega vienés Josef Breuer, publicó sus descubrimientos en Estudios sobre histeria. Consideraban a la enfermedad como el resultado de energía emocional no descargada asociada con traumas olvidados.

En ese libro sugerían un tratamiento que animaba a los pacientes a hablar libremente de sus síntomas, lo cual les ayudaría a atenuarlos. A esta técnica la denominaron “libre asociación”.

Freud y Breuer desarrollaron la noción de que muchas fobias tenían sus raíces en experiencias de la niñez. Los médicos formularon que un paciente tenía que confrontar esos asuntos pasados para poder deshacerse de sus fobias. Sus descubrimientos fueron considerados revolucionarios.

Freud descubrió así que existían mecanismos mentales de represión y una defensa contra el acceso a vivencias reprimidas, para evitar la ansiedad que producen.

Poco después, los amigos rompieron relaciones debido a diferencias de opinión, ya que Breuer consideraba que Freud le daba demasiado énfasis a la sexualidad.

Tras su ruptura con Josef Breuer, Sigmund Freud pudo analizar, por primera vez, uno de sus sueños. Empezó a investigar el campo que él mismo denominó psicoanálisis, el cual desarrolló durante los siguientes cinco años.

Tras una crisis debida a la muerte de su padre, comenzó su autoanálisis en 1897, a los 41 años, explorando sus sueños y fantasías, convencido de que podrían ofrecerle pistas del trabajo del inconsciente, una noción que tomó prestada de los románticos.

Aunque contaba con el apoyo emocional de su amigo cercano Wilhelm Fliess, no tenía ninguna guía o predecesores. Por medio del análisis de los sueños, desarrolló sus teorías sobre sexualidad infantil y el complejo de Edipo.

Su libro más importante, La interpretación de los sueños, se publicó en 1899, pero vio la luz pública hasta 1900, porque Freud quería que su descubrimiento estuviera asociado con el comienzo de un nuevo siglo. El doctor era, sin duda, muy vanidoso.

En esta obra maestra, que incluía análisis de los sueños, fragmentos autobiográficos, teoría de la mente y partes de la historia contemporánea de Viena, definió a los sueños como representaciones de deseos reprimidos.

El principio en que basaba su trabajo enunciaba que las experiencias y entidades mentales, como las físicas, eran parte de la naturaleza.

Esto significaba que no podía admitir simples accidentes en los procesos mentales, ya que todo tenía un significado que debía ser usado para resolver los enigmas del pensamiento.

En sus estudios del desarrollo infantil, Freud concluyó que, entre los tres y cinco años, los niños alcanzaban un punto en el que sentían una fuerte atracción hacia el padre del sexo opuesto, denominado la etapa del complejo de Edipo o Electra.

Analizó a una joven paciente llamada Dora y publicó en 1901 La psicopatología de la vida cotidiana. Este libro y el de Tres ensayos para una teoría sexual provocaron el antagonismo de sus colegas.

La revolucionaria teoría psicoanalítica de Freud, con su énfasis en la sexualidad, era considerada escandalosa y en general no fue bien recibida. Sin embargo, contaba con un pequeño número de alumnos y seguidores, que fue en aumento.

Como profesor en la Universidad de Viena, fundó la Sociedad Psicoanalítica de los Miércoles en 1902, un pequeño grupo de cinco colegas que se reunían semanalmente para comentar historias de casos interesantes.

Para 1908, este grupo se expandió a 20 miembros, sus actividades se formalizaron y cambiaron su nombre al de Sociedad Psicoanalítica de Viena, a la cual se incorporó, entre otros, Carl Jung. Posteriormente, en el Primer Congreso de la Psicología Freudiana, se unieron más especialistas.

Conforme crecía el movimiento, aumentaban los disgustos y peleas entre los excéntricos pioneros de la psicología y Freud enfrentó la deserción de varios miembros de su círculo original.

Alfred Adler y Carl Jung formaron sus propias escuelas de psicología, en desacuerdo con el énfasis freudiano en la neurosis del origen sexual.

A Freud no le importó perder a Adler, pero sí a Jung. Se había dado cuenta de que la mayoría de sus seguidores eran judíos y no quería que el psicoanálisis se convirtiera en una “ciencia judía”. Jung, un suizo con piadosos antecedentes protestantes, le parecía su sucesor lógico, su “príncipe heredero”.

Los dos hombres fueron muy unidos durante varios años, pero la ambición de Jung y su creciente compromiso con la religión y el misticismo, contrario al agresivo ateísmo de Freud, finalmente los separaron.

Poco después, Sigmund Freud recibió el reconocimiento por sus hazañas en la nueva ciencia de la psicología y fue invitado a ofrecer conferencias en los Estados Unidos.

La teoría freudiana estaba construida sobre bases tanto de la ciencia médica como de la filosofía. Como científico, Freud estaba interesado en descubrir cómo la mente humana afectaba al cuerpo, al estudiar la paranoia, la histeria y otras enfermedades mentales.

Como teórico, se aventuró a desarrollar un modelo original de la mente humana, que consistía de tres elementos: el ego, el id o ello y el superego.

En el psicoanálisis freudiano, el ego es la instancia psíquica que se reconoce como yo, parcialmente consciente, que controla la motilidad y media entre los instintos del id o ello, los ideales del superego y la realidad del mundo exterior.

El contenido del id o ello es inconsciente; consiste fundamentalmente en la expresión psíquica de instintos y deseos.

El superego es la parte inconsciente del yo que se observa, critica y trata de imponerse a sí mismo por referencia a las demandas de un yo ideal.

El Dr. Freud tuvo una vida muy creativa y productiva; publicó más de 20 volúmenes de teoría y estudios clínicos, en los que acuñó conceptos y términos como libido, subconsciente y complejo de inferioridad, los cuales permearon la cultura occidental del siglo XX.

Su intención no era nada más crear una teoría del funcionamiento mental y sus problemas, sino que quería desarrollar las reglas de la terapia psicológica y expandir su conocimiento de la naturaleza humana a toda su cultura.

Creó al escucha silencioso que anima a la persona analizada a decir cualquier cosa que venga a su mente, aunque sea tonto, repetitivo o extraño y que interviene ocasionalmente para interpretar lo que el paciente trata de decir.

La eficacia del psicoanálisis era desde entonces difícil de evaluar y aún sigue provocando controversias, aunque hoy en día la posibilidad de combinarlo con una terapia farmacológica está obteniendo cada vez más apoyo entre la comunidad médica.

Tras el inicio de la I Guerra Mundial, Freud perdió toda su fortuna, invertida en bonos estatales austriacos que perdieron su valor. Abandonó la observación clínica y se dedicó a investigar la aplicación de sus teorías en fenómenos sociales como la mitología, la religión, el arte, el orden social y la guerra. Publicó Tótem y tabú, Más allá del principio del placer y Psicología de masas.

Como fiel seguidor de los positivistas del siglo XIX, hizo una bien delineada distinción entre la fe religiosa, que no es comprobable o corregible y la ciencia, que sí lo es. Esto significó para él la negación de cualquier religión, incluyendo el judaísmo.

En política, pensaba que el animal humano, con sus necesidades insaciables, siempre permanecerá como enemigo de la sociedad organizada, que existe en gran parte para reprimir los deseos sexuales y agresivos.

Según Freud, la vida civilizada es un compromiso entre los deseos y la represión, una doctrina poco confortable que nunca ha sido popular.

Con su hija menor, Anna, quien había servido como sujeto de muchos de sus estudios sobre el desarrollo infantil, tenía una relación muy cercana.

Se convirtió en su colega y eventualmente en su sucesora. Ella fundó un kindergarten o jardín de niños para empezar sus propios estudios sobre aspectos del comportamiento infantil.

En 1923, a los 64 años, a Freud le diagnosticaron cáncer en la mandíbula; el tratamiento era largo y doloroso, además de requerir varias intervenciones quirúrgicas.

Durante los siguientes 16 años, se mantuvo productivo, desarrollando sus teorías y publicando El malestar en la cultura, El porvenir de una ilusión e Introducción al psicoanálisis, entre otras obras.

En 1925 apareció el primer volumen de La colección de trabajos de Freud. Entre otros reconocimientos, Sigmund Freud fue honrado con el Premio Goethe de Literatura y elegido miembro honorario de la Sociedad Real Inglesa de Medicina.

A pesar de su doloroso tratamiento y 33 cirugías, no dejó su adicción al cigarro hasta los 75 años, cuando tuvo un ataque al corazón que lo forzó a dejarla.

En 1938 los nazis ocuparon Austria y Freud se encontró en grave peligro, pues era judío. Además, el psicoanálisis fue prohibido. Tras cierta resistencia, solicitó asilo en Inglaterra y se trasladó con su esposa y su hija Anna a Londres para “morir en libertad”. Su deseo se cumplió, poco después de que los nazis desencadenaran la II Guerra Mundial al invadir Polonia.

Cuando el dolor se volvió insoportable, llamó a su médico de cabecera, quien también era su amigo y le había prometido ayudarle a morir cuando no pudiera soportar el sufrimiento de su enfermedad. Le inyectó una gran cantidad de morfina y falleció a la medianoche del 23 de septiembre de 1939, a los 83 años.

Estaba escuchando un programa de radio, en el que un idealista locutor decía que esa sería la última guerra y Sigmund Freud, con su sentido del humor intacto, comentó con una mueca: “Mi última guerra”.

 Investigación y guión: Conti González Báez

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