COLUMNA: Cinema Red

    José Antonio Valdés
    José Antonio Valdés
    Investigador, guionista, crítico y docente cinematográfico
    mayo 7, 2015

    EL CINE COMO PATRIMONIO EN MÉXICO

    Una familia se reúne frente a una pantalla. Entre ellos está un proyector casero, en formato Súper 8. El aparato se activa, su luz se enciende, la película comienza a correr. Las imágenes brotan y se expanden en una modesta pantalla. Comienza entonces algo parecido a un ritual, pues algunos de los personajes que miran la película aparecen en la misma. Más jóvenes. Más alegres. Bajo una luminosidad que su presente, más bien opaco, no refuerza. De pronto, aparece ella. Hermosa, jovial, en el mejor momento de su vida. Él la mira con una profunda tristeza. Con un intenso dolor por el tiempo perdido, por las horas muertas, por apreciar un paraíso del cual fue expulsado hace ya mucho tiempo. Pero ella y él están ahí, en la película. Para siempre. Aunque sea esa eternidad van a poder compartir. Todo pasa mientras suena en una melancólica guitarra la Canción Mixteca, ese canto desgarrador de aquel que muere de sentimiento al ver su tierra, esa tierra adorada, demasiado lejana, mientras se vive sin luz, sin amor.

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    Esta secuencia de París, Texas (1984), película dirigida por Wim Wenders, sería argumento suficiente para declarar al cine como patrimonio cultural de la humanidad. Para el cineasta alemán, la imagen es la única forma de capturar la vida que se va. Atestigua nuestro paso por el mundo. Deja un registro tangible de un momento en nuestra existencia capturado para siempre en una imagen fotográfica (tan fija como palpable) o en imágenes en movimiento (que pasan a 24 cuadros por segundo y activan sin remedio los resortes de la memoria, las emociones y el intelecto). En la secuencia descrita, Travis, el protagonista, confirma, a través de las imágenes en la pantalla, que alguna vez hubo felicidad en su vida. Porque eso emana de la película que mira. Para Wenders, si existe en imagen, sea el formato que sea, existe.

    Películas como las que mencionamos, filmadas de manera improvisada por ciudadanos comunes que desearon registrar estos momentos familiares, íntimos y sociales a la vez, que en sus imágenes preservan la estética, las actitudes y el ritmo de sociedades que el viento se llevó, han provocado una revolución en cuanto a la preservación cinematográfica se refiere. En 2002, varias instituciones se unieron para reconocer a estas películas caseras como patrimonio fílmico invaluable. Desde entonces, los archivos fílmicos del mundo entero reconocieron a estos materiales como “archivos huérfanos”, creando a su alrededor formas de clasificarlos, de estudiarlos, de darles su valor como herramientas indispensables para entender a la sociedad que los produjo. En México, la Cineteca Nacional inauguró en 2010 el programa Archivo Memoria, en el cual se convocó a aquellos propietarios de películas caseras a donarlas al acervo fílmico de la institución con la finalidad de preservar adecuadamente dichos materiales, bajo las normas de seguridad, control y clasificación acordadas por la Federación Internacional de Archivos Fílmicos (FIAF). El programa resultó, por fortuna, exitoso.

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    Recientemente, archivos como éstos han dado origen a nuevas películas. La vida sin memoria parece dulce (2013), de Iván Ávila Dueñas, se conformó de fragmentos de cintas caseras que el cineasta encontró en su natal Zacatecas, mismas que retratan escenarios de ese estado durante varias décadas. Mientras que el uruguayo Andrés Pardo quedó fascinado por la simpatía de una niña a quien conoció en un puñado de cintas caseras, aproximadamente de los años setenta, que adquirió en un mercado de antigüedades en la colonia Roma. Su obsesión creció al grado de buscar a la protagonista en la actualidad, dando como resultado la muy divertida cinta Buscando a Larisa (2012). Ambas películas son reflexiones sobre la forma en la cual el cine es capaz de atrapar el tiempo y los espacios, las atmósferas, las personas, la vida que ya no está pero que en nitrato, celuloide, acetato o en digital puede permanecer e incluso incentivar la creación cinematográfica.

    Esta nueva consideración hacia el cine nace desde los archivos fílmicos. En la ciudad de México residen los dos más importantes del país: la Filmoteca de la UNAM y la Cineteca Nacional. Ambas instituciones tienen la misión de preservar el patrimonio cinematográfico de nuestra nación y a través de un intenso programa de actividades relacionadas al fenómeno fílmico, como ciclos, retrospectivas y eventos internacionales, difunden lo mejor de la cultura cinematográfica a nivel mundial de ayer, hoy y siempre. Desde 2012 ambas instituciones tienen también la posibilidad de restaurar, mediante tecnología de punta, sus materiales que se encuentran en mayor riesgo de perderse.Columna_20150507_Cine_CineMexico4

    La noción de la preservación cinematográfica, como suele ocurrir con algunas grandes ideas, ocurrió demasiado tarde. Según estudios recientes, la mayor parte del cine producido hasta antes de 1953, está perdido para siempre. No existen negativos originales, o bien, los materiales que sobrevivieron se encuentran incompletos o dañados sin remedio. No fue hasta bien entrado el siglo XX que algunos cinéfilos interesados en el asunto, como el francés Henri Langlois, fundador de la Cinemateca Francesa, o la mexicana Elena Sánchez Valenzuela, protagonista de la primera versión de Santa (1918) y más tarde fundadora de la primera filmoteca existente en nuestro país, encomendada por el presidente Manuel Ávila Camacho, pusieron manos a la obra difundiendo el cine y también luchando por preservarlo. Pero mientras estas personalidades comenzaban su labor, en la costa de California, miles de latas de películas eran arrojadas al mar como desechos, habiendo cumplido estas copias su vida útil tras pasar las salas de exhibición.

    Sea en forma de archivos “huérfanos”; en la forma de la única copia existente de Rosauro Castro (Roberto Gavaldón, 1950); en las copias restauradas digitalmente de la obra silente de Alfred Hitchcock; en un fotomontaje original de La mujer del puerto (Arcady Boytler, 1933); en un ejemplar de la primera edición de la Historia Documental del Cine Mexicano de Emilio García Riera; en lo tangible o lo intangible, el cine es patrimonio cultural en cuanto a que, bajo cualquiera de sus manifestaciones, remite a una expresión humana y está fuertemente vinculado a la sociedad que lo produce. Es una noción aún mayor a la de patrimonio fílmico (que sería el conjunto tangible de películas para ser preservadas) o la de patrimonio audiovisual (una definición que agrupa, además del cine, a todos aquellos soportes que contienen información visual y sonora, pertenecientes a distintas épocas).

    Pero el cine no son solamente las películas. También lo son todos aquellos objetos, lugares, elementos que remiten al fenómeno cinematográfico. Cine lo son también las salas cinematográficas, por ejemplo. Y en ese aspecto, la ciudad de México ha sido uno de los ejemplos más deplorables en cuanto a preservación de dichos espacios. Tuvo nuestra ciudad verdaderos palacios cinematográficos que albergaban a un aproximado de 3000 espectadores y cuyas formas, arquitectónicamente, evocaban al art noveau. Concebidos para un espectáculo de masas aún sin televisión, fue en los años cuarenta que estos palacios alcanzaron su mejor momento. Uno de ellos, el notable cine Ópera, ubicado en la calle de Serapio Rendón, en la céntrica colonia San Rafael, fue concebido por Manuel Fontanals, escenógrafo muy activo en el cine mexicano. Su vestíbulo era imponente, con lámparas majestuosas colgando de sus techos y una escalera digna de que descendiese por ella la más hermosa princesa. Tenía salones de espera con sillones cómodamente acojinados, espejos de corte francés en sus paredes y capacidad para 3500 espectadores. Se inauguró en 1949, con el estreno del mejor melodrama familiar mexicano de todos los tiempos, Una familia de tantas (1948) de Alejandro Galindo.

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    Entre la creciente adopción de la televisión y la adquisición de las salas de cine por parte del estado mediante una paraestatal, COTSA, nacida en 1959 y liquidada en 1993, los viejos cines fueron decayendo, con pésimas proyecciones y un sonido infame, hasta convertirse en locales insalubres la mayor parte de ellos. Tras la desaparición de COTSA, estos espacios pasaron a manos de particulares que, en el mejor de los escenarios, los convirtieron en estacionamientos, oficinas, salas de conciertos o tiendas departamentales. El cine Ópera aguanta aún de pie como testigo de la infamia cometida contra esta parte más que tangible, monumental más bien, de nuestro patrimonio cultural cinematográfico. Nunca derribado y menos restaurado, se ha ido cayendo a pedazos, siendo escenario para varias películas de terror. Porque es de terror estar dentro de un castillo derrumbándose, entre animales muertos, orines de roedores y sobre todo, la indiferencia del mundo entero. Muy cerca de su ubicación está también el cine Cosmos, en la esquina de San Cosme y Circuito Interior, esperando también derrumbarse. Mientras que los buenos recuerdos que había del cine Latino, sobre Paseo de la Reforma, en la Zona Rosa, cayeron bajo el peso de la modernidad.

    Pero, por fortuna, nos queda el cine. Los recuerdos alrededor del cine. Miles de coleccionistas que buscan en los rincones más escondidos y encuentran tal o cual memorabilia. Tal o cual revista descontinuada o el libro ya incunable. Todos ellos, todos nosotros, vamos conformando ese patrimonio cinematográfico más que tangible que no se encuentra en los archivos fílmicos especializados, sino en los estantes de algunos iniciados que han hecho de la cinefilia una razón de vivir.

    El cine es patrimonio de todos. Parte de nuestra memoria como sociedad, de nuestra educación sentimental, de lo que hemos sido y de lo que somos. Por ende se debe preservar para evitar que nuestros recuerdos se pierdan como le ocurre a las lágrimas bajo la lluvia.

    José Antonio Valdés Peña

    Cineteca Nacional

     



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