COLUMNA: Cinema Red

    José Antonio Valdés
    José Antonio Valdés
    Investigador, guionista, crítico y docente cinematográfico
    noviembre 12, 2015

    LA MAGIA DE UN PRINCIPITO

    Por: Alma Aguilar Funes

    Antoine de Saint-Exupéry, un escritor francés y también aviador, publicó en 1943 una de las novelas más conmovedoras y universales para el ser humano: El Principito. Las preguntas y las afirmaciones que hacen los personajes de esta novela cuestionan la madurez del hombre, aquella que perdida en las reglas de la funcionalidad lo conducen a ciegas a una vida sin sentido. Por ello, el protagonista del relato es un niño que no pierde de vista lo importante e ilumina con su magia a quien lo conoce.

    El Principito, traducida a más de 250 lenguas, es la base para una nueva versión cinematográfica, esta vez a cargo de Mark Osborne (Bob esponja, la película, 2004; Kung Fu Panda, 2008). Realizada en animación, con la ya cotidiana 3D Digital e impresionantes secuencias en stop motion, El Principito (2015) narra la historia de una pequeña niña, “alentada” o mejor dicho, obligada por su mamá a estudiar y trabajar arduamente en su futuro. Rodeada de un mundo literalmente gris en el que todo funciona como un reloj bien aceitado, la niña asume la personalidad de un adulto y maneja su infancia con base en un tablero de horarios creado por la adulta de la casa.

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    Aquí aparece un elemento apenas mencionado, pero que tiene una repercusión significativa, no sólo en el desarrollo de los personajes, sino en la empatía que despierta la historia de la pequeña en el espectador. Se trata de una niña que cada cumpleaños recibe un regalo de un padre ausente y cuya madre angustiada-obsesionada por asegurar su futuro, le insiste en que un día no se tendrá más que a ella misma para salir adelante. Entonces, ¿cuántos de nosotros no hemos escuchado el consejo de “esfuérzate en la escuela para que seas feliz”? Y, ¿cuántos de nosotros no hemos repetido este consejo? ¿No es acaso, estimado lector, una tenue pero fuerte reflexión sobre nuestra propia concepción de la felicidad? Dejémoslo a la reflexión de cada uno…

    Absorbida por los libros, acontece una distracción en el escritorio de la pequeña con la forma de un avioncito de papel. Dentro, el inicio de una historia que anhela ser contada… La magia comienza. Este suceso y la hélice de una avioneta que, disparada agujera la pared de su casa, motivan a la niña a introducirse en el extraño jardín de su vecino, a quien toman por loco. A diferencia de las otras casas, los colores brillantes y la naturaleza frondosa que adornan el patio llenan los curiosos ojos de la infante. El dueño es un viejo aviador, deseoso de compartir una anécdota de su juventud, cuando un principito apareció en medio del desierto para llenar su vida de magia y esperanza.

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    El trabajo de Osborne es de una maravilla visual y de un estilo conmovedor pocas veces alcanzado. Su marcado acento en las reflexiones que hace acerca de la infancia y la calidez humana van enmarcando el transcurso de la narrativa. Con su Principito aterriza una dura crítica a la sociedad contemporánea, cada vez más incomunicada, mecanizada y funcional –ésta última en la peor de sus acepciones, como una ambiciosa productividad y por ende, la obtención de más beneficios materiales. El filme cuestiona un mundo burocratizado al exceso donde las normas rigen el orden del progreso en menoscabo del desarrollo humano. Y como contrapeso, Osborne apunta a la imaginación, a las relaciones interpersonales y al contacto con la naturaleza como modelo para crear un cambio.

    En pocas palabras, esta cinta aboga por la infancia y por la esperanza de creer en los sueños. Y aunque al principio el cineasta se mostraba receloso de realizar una película sobre uno de sus libros favoritos, por la enorme responsabilidad que le significaba, comentó en una entrevista que: “Mi solución fue contar una historia respecto a cómo el libro conecta a la gente y cómo puede hacer crecer la imaginación y ayudar en el transcurso de tu vida. Yo quería proteger el libro y mi idea fue alejarme un poco de él, quería mantenerlo a salvo en el corazón de la película, por eso no es una adaptación del libro sino un tributo a la experiencia que el libro puede crear en nuestras vidas”.

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    De alguna forma creo que ahí reside el problema de esta película, pues la historia se aleja de la original, lo cual podría ser un acierto, excepto que de alguna forma, Osborne traiciona la propia imaginación a la que apela Atoine de Saint-Exupéry. Es interesante hallar el sentido que el director, originario de Nueva Jersey, Estados Unidos, intentó darle al filme, dotando de una lectura muy personal a la narración del escritor francés. Sin embargo, el desatino es desvelar el misterio que encierra El Principito en sus metáforas, las cuales son las que dotan precisamente a la novela de belleza y le otorgan una voz universal. Para lo que, a propósito, me atrevería a recomendar la adaptación musical que realizó Stanley Donen en 1974, quien se apegó completamente a la historia escrita por Saint-Exupéry, pero que alcanzó a realizar una verdadera joya del séptimo arte.

    Volviendo al filme que aquí analizamos, sucede que dentro de la narración general –el cuento de la niña y el viejo aviador–, hay una especie de intermedio, en el que la protagonista viaja a su propio encuentro con el Principito. Esta subhistoria –que sería como una tercera narración si tomamos en cuenta la historia de El Principito como núcleo de las otras dos que vive la niña–, cae en un discurso plano que entorpece el transcurso del relato.

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    Asimismo, no dista en mucho de las tradicionales historias hollywoodenses para niños, sin matices ni reflexiones. Primero porque Osborne provee a algunos de los personajes originales de Saint-Exupéry de conductas arquetípicas negativas o positivas, sin ahondar en la complejidad de un ser, sino exponiéndolos como valores bueno-malo. Así, convierte al contador de estrellas en un infame capitalista absorbido por la ambición, mientras que un nuevo personaje, un profesor que podría parecerse al geógrafo, sólo repara en la educación esclavista.

    El atrevimiento de Osborne, no obstante, no demerita su trabajo ni la reflexión que hace en sus 108 minutos de duración y que ya ponderamos arriba. Aunado a ello, la estética es un acierto definitivo en esta propuesta, en la cual los fragmentos extraídos de la novela cobran vida con una elegancia que sólo la animación en stop motion puede alcanzar. De igual forma, la banda sonora a cargo de Richard Harvey y Hans Zimmer mantiene las emociones en el mismo nivel de la narración, en la que por cierto, destacan las puntuales y precisas interpretaciones de los actores que aportaron sus voces para la versión en inglés como Marion Cotillard, Rachel McAdams, Benicio del Toro, Jeff Bridges, Albert Brooks, Paul Giamatti y James Franco, entre otros.

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    Pero ante todo, con El Principito –que tuvo un presupuesto de 80 millones de dólares y cuyo proyecto fue iniciado en 2010– Mark Osborne alza una oda a la infancia para continuar propagando la magia de este pequeño hombrecito en el corazón de quienes aún no lo conocen.



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