COLUMNA: Cinema Red

    José Antonio Valdés
    José Antonio Valdés
    Investigador, guionista, crítico y docente cinematográfico
    abril 30, 2015

    LA SAL DE LA TIERRA

    Por Alma Aguilar Funes

    A mis dos pilares: Elisa y Silvia Funes

     Ésta es la historia de un hombre y su cámara. Una historia que todos deberían ver.

     En un viaje, a veces imaginario –porque el recorrido presentado se registró previamente a la realización de este documental–, a veces totalmente tangible, Wim Wenders (París, Texas, 1984; Las alas del deseo, 1987) se vale de su enorme experiencia en el arte de filmar y de todo su ingenio audiovisual para recrear el mensaje del fotorreportero Sebastião Salgado. Acompañado en el timón por el nuevo cineasta e hijo del protagonista, Juliano Ribeiro Salgado, Wenders se adentra en una trayectoria de cuarenta años. Imágenes en blanco y negro que pasan ante los ojos del espectador y develan la profundidad más caótica, así como el lado más sensible de la raza humana.

                    Nacido en Brasil, Sebastião viajó a Francia para formarse profesionalmente como economista. Pero Lélia Deluiz Wanick cambiaría su destino para siempre. Jóvenes y enamorados, Sebastião y Lélia tomarían en adelante el rumbo de sus vidas juntos. Y fue precisamente una cámara fotográfica de Lélia la que atrapó el interés del joven brasileño. Prendado por el artefacto, Sebastião transformó sus intereses para convertirse en uno de los más prestigiados fotorreporteros del mundo. Apoyado siempre por su esposa, ya fuera como soporte emocional y sostén de su casa, o como la editora de sus entregas fotográficas, Sebastião cosechó éxito en poco tiempo. Sin embargo, esta pasión profesional también lo alejó de su hogar y de su hijo Juliano.

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    Como una voz sumada meritoriamente a este relato, aparece Ribeiro Salgado, quien otorga sentimiento a la narración y a las imágenes de La sal de la tierra. Juliano recuerda que crecer con su padre fue una experiencia particular, pues “se iba por mucho tiempo pero regresaba con muchas anécdotas”. Y tal como lo manifiesta el cineasta parisino, en el documental destaca la sencillez de la expresión oral de un fotógrafo que sorprende al demostrar otra gran cualidad: la de excelente narrador.

    Mediante un montaje novedoso ingeniado por Wim Wenders, en el que Sebastião fue filmado en un cuarto a oscuras mientras observaba sus propias fotografías, los realizadores capturaron en un entorno de mayor intimidad sus palabras. A ello, se agrega el cuidado estético y la gran belleza visual del filme inspirada en el protagonista. Así, el espectador puede adentrarse sin problemas en el relato visual y en el oral, tal como un fenómeno subjetivo: como revivir un recuerdo, el instante mismo capturado por el propio artista.

    Una interminable espiral de hombres se observa subiendo por escaleras improvisadas desde el fondo de la tierra. Todos cargan bultos que parecen pesados y se reconocen, a pesar de la falta de color, el lodo, el sudor, el calor, el cansancio, la esclavitud. Sebastião la mira y piensa que está viendo en esa serie el retrato de la historia humana, como la construcción de las pirámides. Sin embargo, luego explica que cada uno se esclaviza a sí mismo en su anhelo por hacerse rico en la mina de oro de Serra Pelada, en Brasil. Su móvil, la avaricia. Un afán y sus consecuencias que se repiten en otras imágenes captadas por la cámara de Sebastião. La lucha por la vida, las hambrunas, la fuerza.

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    En una nueva imagen notamos un plano partido por la mitad. Abajo un suelo estéril, necesitado de agua. Partiendo el cuadro de forma vertical, se centra la atención en el cuerpo erguido de un niño. Él apenas vestido con unos harapos que no le tapan más que los hombros, y provisto con una guitarrita y una olla, acompañado de un perro huesudo, fija su mirada en ese paraje desierto, con tal determinación que da la impresión de que emprenderá una odisea. Sebastião afirma que pareciera como si ese pequeño sabía a dónde iba en un momento en el que el hambre, la sed y el cansancio mataban a miles de africanos desprotegidos, expulsados, acosados. Tantos ambientes retratados, cada uno con una desgracia o una lucha por contar.

    “Estuve en Kuwait en 1991. La primera Guerra del Golfo acababa de terminar, pero los pozos de petróleo seguían ardiendo. […] Lo que era increíble en Kuwait era la sensación de estar en un teatro gigante del tamaño del planeta, con esos pozos de petróleo ardiendo por todos lados. A veces podías estar dos o tres días sin ver la luz del sol pasando por las enormes nubes de humo negro, luego, de repente, se abría el cielo”, recuerda Sebastião en una entrevista para The Guardian, y así explica cómo ese escenario que lo atrajo para hacer un registro fotográfico fue al mismo tiempo cielo e infierno. Cómo en aquellos parajes desiertos se fue quedando sordo y cómo el miedo llenó su alma hasta el punto de salir huyendo. Y de cómo en esa salida descubrió junto a un periodista un jardín secreto lleno de animales que abandonados deambulaban en su locura como criaturas surrealistas.

    La capacidad para transmitir esas sensaciones de dolor, de miedo y de piedad, también se va transformando. Y afortunadamente para el artista, para los realizadores del documental y para el espectador, su más reciente fotorreportaje Génesis (2013) es el aliento necesario para seguir adelante. Una cordillera se abre a la mitad para darle paso a un río que está siendo alimentado por un monzón; la aleta de una ballena alejándose sacude el mar dejando a su paso una cortina de gotas de agua; la garra de una iguana marina posada en una piedra de las islas Galápagos se aprecia como “la armadura de un caballero medieval”; todas, imágenes de cercanía y amor a la naturaleza, ente que llega a ser más sabio porque perdona y permite la redención.

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    A diferencia de sus anteriores documentales Pina (2011) o Buena Vista Social Club (1999), en los que un espectador ajeno a la historia de los personajes no alcanzaba a apreciar su importancia, con La sal de la tierra Wenders se reivindica y logra conciliar la estética con la sensibilidad. La sal de la tierra crece con esa estética en blanco y negro acompañada casi inherentemente con la música de Laurent Petitgand (Las alas del deseo, 1987; Tan lejos y tan cerca, 1993).

    Se trata de un ritmo audiovisual un ritmo audiovisual que recrea diferentes emociones que seccionan la cinta en diversos momentos: el preámbulo, narrado en la voz de Wim Wenders, que denota un acercamiento respetuoso y admiración mutua con Sebastião; la llegada de Juliano, contada desde la propia experiencia de Ribeiro Salgado como una ola de amor, reconocimiento y esperanza; el recorrido cronológico de la obra de Sebastião narrado por él mismo, empezando por Latinoamérica, como la maravilla de empezar un ciclo y su transición a una etapa más trágica, de vergüenza (no personal, sino social), de desilusión, aquella dedicada a su registro del genocidio, de la hambruna, de la ambición, de la perdición humana; y finalmente de reencuentro y agradecimiento por la vida gracias a una conexión con la naturaleza, Génesis, donde se suma la valiosa voz de Lélia.

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    Un camino de redescubrimiento necesario. Donde al igual se pierde la fe y se recupera la esperanza. Juliano Ribeiro afirma de su padre que “le motivaba la empatía con la condición humana” y es ese interés el que sale avante en el documental. Un filme de fuerza, de exploración y reconexión. Porque a final de cuentas somos humanos y nosotros aportamos con nuestras acciones el destino de un solo mundo. Todos juntos somos la sal, el sabor de la tierra.

    Alma Aguilar Funes CINEMA RED



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