COLUMNA: México Lindo

    Carlos Castellanos
    Carlos Castellanos
    Periodista, reportero y conductor de noticias
    enero 21, 2016

    LAS FOTOMULTAS ME HACEN LOS MANDADOS

    Un usuario de transporte público que puede ser usted, ella, cualquiera, escribe lo siguiente:

    Salí de casa y aún estaba oscuro, subí al colectivo y dormité todo el camino hasta el metro Cuatro Caminos, unos treinta minutos o más, depende del tráfico. Cuando abro los ojos descubro que ya amaneció. Como siempre, el chofer me deja muy lejos de mi siguiente escala.

    Camino por la avenida Transmisiones Militares que me lleva directo al paradero de la línea 2, se dice que esta terminal pronto será un lugar que garantizará la movilidad, entonces habrá un centro comercial que tendré que recorrer antes de poder subirme al metro, como ya ocurre en Ciudad Azteca en la Línea B.

    Han pasado muchos meses y la obra sigue inconclusa, nadie sabe cuánto más falta para que el pequeño “mall” esté concluido y le reste lugar a los microbuses, camiones, taxis y demás vehículos que confluyen en esta estación terminal; por el momento se acomodan como pueden en la vía pública porque ya desde ahora (quizás a manera de preparación) el paradero improvisado es insuficiente.

    Camino entre miasmas excrementicios, algunos choferes acosan a las damas, los cacharpos (cobradores ayudantes del conductor) lavan los camiones con agua de quién sabe dónde. Me cuido de los salpicones.

    Lo que en algún momento eran camellones, banquetas y jardineras sucumbieron para convertirse en basureros permanentes, avanzo unos metros y entre dos urvan estacionadas en batería un hombre orina sin pudor delante de quien sea que pase por allí; no hay opción, eso y encontrarse a cada paso botellas de plástico con miados forma parte del paisaje, la demás basura ya no parece tan ofensiva.

    Mientras no esté concluido el centro comercial y el paradero o, pomposamente llamado, Centro de Transferencia Modal, lo que hoy está oculto en los que ya existen, sigue a la vista de todos los que pasamos por aquí.

    Antes de llegar a los andenes hay un “pasillo de la muerte”, lo que queda del anterior paradero hoy es una banqueta ocupada por puestos de comida en donde se alimentan quienes trabajan en la remodelación de la terminal y uno que otro despistado que parece no percibir el olor nauseabundo que emana del cazo donde se cocina lo necesario para los “tacos de carnitas el chino”.

    Hay muchos puestos más y de todo tipo, venden películas pirata, mochilas, zapatos, fruta, pan, tortas y cigarros “de a 10 pesos”… antes de llegar por fin a la entrada del metro hay una mujer con rasgos orientales que vende “comida china para llevar”.

    Si tu estatura es 1.80 metros o más debes tener cuidado para no estrangularte con los lazos que sirven para colgar lonas parasol, anuncios de ofertas o cables con los que se roban la luz. Si mides un poquito menos solo debes preocuparte de no despeinarte. Caminar por aquí de noche es un deporte extremo.

    Entro, antes de llegar a los torniquetes hay un laberinto creado artificialmente con vallas metálicas que dejan uno o dos pasillos de no más de dos metros de ancho, delante de mí van tres alegres comadres o una pareja de esposos con sus dos hijos y no puedo pasar, pido permiso y su mirada de María Félix o Pedro Armendáriz me amonesta por pretender ir más rápido que ellos: “¡Mucha prisa, hay que pararse más temprano!” Es la sentencia que escucho detrás de mí.

    En el andén espero, hay anuncios que con una luz te indican por cuál de las vías llegará el convoy que será el siguiente en salir, entonces llega un tren por el sendero donde la luz está apagada, por el momento está allí sólo para permitir el descenso de pasajeros y por ende no abre las puertas del lado de abordaje; sin embargo, algunos usuarios emprenden una cruzada heroica y por la fuerza abren las puertas, se meten y se sientan. Muchos los siguen.

    Cuando llega por la otra vía el transporte que sí va a salir, donde la luz está encendida desde un principio, casi todos los que ya están en el otro tren salen corriendo para subirse en el indicado.

    Voy de pie en el metro, hay asientos reservados para mujeres embarazadas, personas de la tercera edad o discapacitados, pero están ocupados por cualquiera que esté dispuesto a hacerse el dormido o que con desfachatez total simplemente está ahí, porque sí. “Igualdad, equidad de género le llaman ahora”, y esa es su justificación.

    Una mujer de unos 50 años ocupa uno de esos asientos reservados, alguien se atreve a pedirle el lugar para una señora mayor pero la primera responde que ella también padece una discapacidad y que hasta puede probarlo pues tiene la credencial que lo acredita, pero nunca la enseña. “Solo que sea discapacidad mental” se escucha desde el fondo del vagón. La mujer no se inmuta ni se levanta.

    Aparece el primer vendedor ambulante con una pomada de 20 pesos que promete curar todos los dolores, un anciano le pregunta si se puede bañar después de untársela, el vagonero con apariencia de ex convicto y “pleno conocimiento” del producto que ofrece le dice que no hay ningún problema porque se trata de una “pomada fría que no es caliente”. El pasajero compra dos tarros.

    El frío de la mañana es inversamente proporcional al número de pasajeros dentro del vagón, llega un momento en el que la chamarra resulta un exceso; nuestro protagonista se consuela pensando que por lo menos no tiene que preocuparse por las fotomultas y todos los gastos que implica tener un auto. El día apenas comienza.



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