COLUMNA: Cinema Red

    José Antonio Valdés
    José Antonio Valdés
    Investigador, guionista, crítico y docente cinematográfico
    abril 6, 2015

    MANOEL DE OLIVEIRA: MÁS DE CIEN AÑOS DE PASIÓN POR EL CINE

    Hablar de Manoel de Oliveira es reconocer en él al decano del cine portugués, con 77 años de carrera y 48 filmes realizados. Es también el director de mayor edad en el mundo entero. Las jornadas de un puñado de pescadores fueron la base de Douro, faina fluvial (1931), su primer corto documental, mientras que Aniki-Bobó (1942), su primer largometraje, siguió a unos jóvenes callejeros de Oporto, en un estilo directo antecesor al Neorrealismo italiano. Nacido en una familia de buena posición económica, su temprano interés por el cine lo llevó a participar como actor en algunos filmes silentes en su país.

    Sus filmes suelen ser extensos en duración, teatrales en su puesta en su estática puesta en escena y dialogados en exceso. Sin embargo, no hay otros recursos con los cuales se pueda reflexionar como él lo ha hecho acerca de la imposibilidad amorosa, el arraigo, la inmortalidad, la Historia (con mayúscula), el arte, la religión, la intolerancia y la palabra, entre otras de sus obsesiones fílmicas. Su cine se ha opuesto siempre a cualquier noción comercial, manteniéndose ajeno a la moda. Oliveira, en todos sentidos, ha creado un mundo propio.

    Aniki-Bobó fue su primer y único largometraje en muchos años. Al verse imposibilitado económicamente para levantar nuevos proyectos, Oliveira se refugió en el documental durante décadas. Acto da primavera (1961), una recreación de la Pasión de Cristo interpretada por habitantes del pueblo de Curalha, significó su regreso. Fue con O passado e o presente (1971), que el director inició una tetralogía sobre la frustración amorosa, que completaron Benilde ou a Virgem-Mãe (1974), Amor de perdição (1978) y Francisca (1981), drama amoroso de un joven oficial inglés encerrado en un romance fatal.

    Entonces inició una nueva etapa en su carrera, la de su internacionalización. Después de dos documentales, uno sobre Jean Vigo y otro sobre la cultura portuguesa, Oliveira se trasladó al Siglo de Oro español para realizar el melodrama Le soulier de satin (1985). En O meu caso (1986), juega con las posibilidades narrativas de un mismo relato, contando una misma historia primero como obra teatral, después como cine silente, más tarde recurriendo al estilo de los años cincuenta y, finalmente, desde una perspectiva filosófica. Con su ópera bufa Los caníbales (1988), obtuvo gran éxito de público y crítica a nivel internacional. Su siguiente filme, No, o la vana gloria de mandar (1990), fue una reflexión sobre el militarismo portugués. Más tarde, A Divina Comédia (1991), reunió a varios personajes de la literatura universal para recitar la célebre obra de Dante en un manicomio. La figura del escritor portugués Camilo Castelo Branco, quien se quitara la vida al quedarse ciego, protagoniza O dia do desespero (1992), reflexión sobre la creación ante la Muerte.

    Oliveira recurrió a la coproducción internacional para poder hacer un cine absolutamente personal, en el cual palabra y tiempo literario tienen un peso tan o más importante parar el cineasta que la imagen. Entre sus muchos filmes destacan su reelaboración lírica de Madame Bovary, titulada El valle de Abraham. Más tarde, cuestionó el origen cultural de William Shakespeare en El convento. Marcello Mastroianni se vuelve su alter ego en Viaje al principio del mundo (1997), encarnando a un anciano cineasta que se reencuentra consigo mismo. Tres relatos breves sobre la imposibilidad amorosa y el deseo de inmortalidad son la base de Inquietud (1998). La tormentosa pasión de una señora de alcurnia por un músico domina el argumento de La carta (1999), mientras que un sacerdote se enfrenta a la Inquisición por combatir la crueldad en Palabra y utopía (2000). Un viejo actor lo abandona todo en Regreso a casa (2001), mientras que en Porto da minha infancia (2001), Oliveira plantea una ficción autobiográfica recreando Oporto, su ciudad natal, en sus años mozos. Siguió su divertido encontronazo multicultural a bordo de un crucero en Un filme hablado (2003), mientras que más adelante un sirviente tratará de cumplir los ridículos deseos de su adinerada patrona en El espejo mágico (2005). Y finalmente, en Bella todos los días (2006), retoma la Bella de día de Luis Buñuel, para continuar la historia de Séverine en su muy particular estilo.

    El viejo de Belén (2014), un mediometraje, fue su última realización, a los 106 años de edad. Manoel de Oliveira, quien falleció el 2 de abril de 2015, fue un ejemplo no solamente de tenacidad creativa, sino de verdadero amor al cine. Cuando seamos grandes, quisiéramos ser como él. He aquí una selección de su filmografía:

    Los caníbales

    (Os canibais, Portugal-Francia-Suiza-Italia-RFA, 1988).

    Manoel de Oliveira retoma el tema central de su filmografía, los amores imposibles, para narrar la historia de unos amantes malditos a quienes las convenciones sociales de la aristocracia portuguesa del siglo XIX separarán. El proyecto, inspirado en una ópera original escrita por João Paes, concede al cineasta la oportunidad de mezclar lúdicamente el teatro, la palabra escrita, el cine y la música en un filme protagonizado por sus dos actores fetiches, Leonor Silveira y Luís Miguel Cintra.

    No, o la vana gloria de mandar

    ( ‘Non’, ou a vã glória de mandar, Portugal-Francia-España, 1990).

    Un filme ubicado en Angola, durante la lucha que hizo a dicho país africano independizarse de Portugal en 1975. Los protagonistas son soldados portugueses, quienes, mientras arriesgan sus vidas minuto a minuto, cuestionan su participación en esa guerra. En el personaje de su oficial de mando, quien les narrará historias de antiguos combates vividos por Portugal en su historia, Oliveira orquesta una aguda reflexión sobre el militarismo y las nefastas consecuencias que ha dejado en su país.

    El valle de Abraham

    (Vale Abraão, Portugal-Francia-Suiza, 1993).

    Un médico rural contrae nupcias con la hermosa hija de un terrateniente. Pronto las largas jornadas de trabajo y la incapacidad emocional de él provocarán en ella un vacío existencial que encaminará al matrimonio hacia un triste final. El veterano Manoel de Oliveira orquesta una conmovedora reelaboración de la Madame Bovary de Flaubert, remarcando el peso literario del asunto con elaborados diálogos y voces narrativas, además de rendir homenaje a la pintura y el teatro con su puesta en escena.

    Viaje al principio del mundo

    (Viagem ao princípio do mundo, Portugal-Francia, 1997).

    Un actor francés, de orígenes portugueses, decide visitar el pueblo de su padre, acompañado por un anciano cineasta y algunos compañeros del filme en que trabaja. Mientras que para el primero el viaje significa reencontrar sus raíces rurales, para el segundo este recorrido por un pasado que ya no existe bien podría ser el viaje final. Manoel de Oliveira realiza una conmovedora road movie cuyo destino son los paisajes de la memoria humana, además de ser el último filme que protagonizara Mastroianni.

    La carta

    (A carta, Portugal-Francia-España, 1999).

     

    Una aristócrata francesa contrae matrimonio con un hombre al que no ama. Enamorada de un cantante de rock portugués, la protagonista decide confesar a su marido su amorío, provocando su muerte. Pese a ser libre, serán sus valores burgueses los que impidan su felicidad. Oliveira traslada la acción de su original, una novela del siglo XVII, al París contemporáneo. Pero al conservar la esencia de ese pasado remoto, que involucra represión emocional, consigue un efecto tan anacrónico como fascinante.

    Palabra y utopía

    (Palavra e utopia, Francia-Italia-España-Brasil-Portugal, 2000).

    Rompiendo las convenciones de la biografía fílmica tradicional, Oliveira se acerca al padre António Vieira, religioso que se enfrentó a la jerarquía católica del siglo XVII al abogar por un trato humano hacia los indios y los esclavos africanos. Interpretado por actores distintos en tres etapas de su vida, Vieira es minuciosamente analizado por el director portugués, quien recurre a la inmovilidad de la cámara y la puesta en escena pictórica para adentrarse en el alma de su complejo protagonista.

    Regreso a casa

    (Je rentre à la maison, Francia-Portugal, 2001)

    Después de perder a casi toda su familia en un accidente, un anciano actor confronta sus conceptos acerca de la muerte, mientras acepta que su carrera ha llegado a su fin. Oliveira reflexiona sobre el arte y los artistas, enfrentados a un oficio que muchas veces busca lo comercial por encima de lo artístico, como lo demuestra el cineasta en esa absurda versión cinematográfica del Ulises de Joyce en la cual el protagonista, encarnado por Michel Piccoli, participa a manera de su propio canto fúnebre.

    Un filme hablado

    (Um filme falado, Francia-Italia-Portugal, 2003).

    Una niña cruza por miles de años de civilización al lado de su madre, distinguida historiadora, mientras viajan en un crucero que las llevará a encontrarse con el padre de la menor. Con el Mediterráneo y el Canal de Suez como escenarios, Oliveira orquesta un sorprendente ensamble internacional de actrices para reflexionar plácidamente sobre la inmortalidad, la historia, la fuerza de la palabra y el accidentado desarrollo de la civilización occidental, siempre al borde de la extinción.

    El espejo mágico

    (Espelho mágico, Portugal, 2005).

    El mayor deseo de una adinerada señora es encontrarse frente a frente con la Virgen María. Irónicamente será un ateo, recién salido de prisión, quien la acompañe en su odisea espiritual. Este argumento es solamente un pretexto para esta meditación cinematográfica de Manoel de Oliveira, realizada a sus 97 años de edad, acerca de la muerte, la religión, la lucha de clases, la inmortalidad y el Más Allá, protagonizada por los actores más cercanos al veterano cineasta en su etapa internacional.

    Bella todos los días

    (Belle toujours, Francia-Portugal, 2006).

    Séverine, la protagonista del filme Bella de día de Luis Buñuel, se reencuentra con el libertino Husson, treinta y ocho años después, deseando saber si su difunto esposo conoció su secreto en aquella ocasión por labios de su lascivo amigo. Con gran ingenio y sentido del humor, Oliveira se adentra en el universo buñueliano, tomando como pretexto a la pareja protagonista para reflexionar una vez más sobre la inmortalidad, la imposibilidad amorosa y la vejez, entre otros de sus temas favoritos.

    Excentricidades de una joven rubia

    (Singularidades de Uma Rapariga Loura, Portugal-España-Francia, 2009)

    La pasión que un joven siente hacia una enigmática rubia provoca que se ponga en contra de su conservadora familia, sin imaginar que bajo la belleza se esconde un secreto. Inspirado en un relato de Eça de Queirós, el centenario Manoel de Oliveira retoma su obsesión por los amores frustrados en un filme que trasmuta los valores morales burgueses del siglo XIX a la Lisboa actual, transformando el fatalismo romántico en una realista reflexión sobre las jugarretas del destino.

    El extraño caso de Angélica

    (O estranho caso de Angélica, Portugal-España-Francia-Brasil, 2010)

    Un fotógrafo retrata a una joven fallecida. Tan pronto la observa a través del lente de su cámara, queda prendado de su belleza. Entonces, ella resucita, iniciándose entre ambos un romance que pone a prueba la cordura del artista de la imagen. La muerte y la imposibilidad amorosa son las fuerzas principales que mueven el más reciente filme del portugués centenario Manoel de Oliveira, ambientado en un pasado que no ignora algunos de los males que aquejan a la sociedad contemporánea.

    Gebo y la sombra

    (O Gebo e a Sombra, Portugal-Francia, 2011)

    Inspirado en una pieza teatral del dramaturgo modernista portugués Raul Brandão, Manoel de Oliveira, el cineasta en activo más longevo del mundo, relata la historia de un viejo contador parisino de principios del siglo XX, quien ha ocultado a su mujer la mendicidad en que vive el hijo de ambos. Su regreso al hogar tendrá fatídicas consecuencias. Filme realizado como una pintura que cobra vida, el cineasta portugués encuentra en este relato del pasado fuertes ecos en el presente, al abordarse en la historia temas como la crisis económica en un mundo en el cual las relaciones las rige el dinero.

    José Antonio Valdés Peña



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