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    Jesús Escobar
    Jesús Escobar
    Conductor de espacios informativos
    Abril 19, 2017

    NARCO-HISTORIAS CHIHUAHUA

    Narco-Historias Chihuahua

    El Año 2008 será recordado como un capitulo atípico en la historia de Chihuahua. El año de la Bestia. Un año en el cual el luto, la sangre, y las lágrimas, se derramaron por doquier en la vasta geografía de la entidad, a consecuencia del terror, el desasosiego y la intranquilidad que trastoco y socavo el principio de autoridad de los tres niveles de gobierno.

    Las narco-ejecuciones, los ajustes de cuentas, la violencia generalizada, ya no solo en las calles de las urbes importantes- Ciudad Juárez y Chihuahua, sino en comunidades semi- urbanas, como Villa Ahumada, Ascensión, Hidalgo del Parral, no son más que el resultado de lo que se fue fraguando con el devenir de los años en la alguna vez llamada románticamente, “Cuna de la Revolución” A ciencia y paciencia de gobiernos tricolores y por supuesto blanquiazules.

    Desde principios de los 30s, cuando el narcotráfico todavía no enseñaba sus mortales fauces hasta nuestros aciagos días, el poder corruptor de este flagelo social ha tejido una estela de crímenes, de odios, de sinrazón, de crueldad.

    Según reportes periodísticos de la época, los primeros traficantes de drogas en la frontera eran inmigrantes chinos que llegaron a la región de El Paso y Ciudad Juárez tras el terremoto que azotó San Francisco, California, el 18 de abril de 1906.

    Los asiáticos instalarían lavanderías y cafeterías, algunas de ellas eran burdeles disfrazados donde se apostaba dinero y se consumía opio y morfina. Ese comercio era controlado por Sam Hing, quien se convertiría en el primer traficante de la región con un área de influencia que incluía El Paso, Texas, donde operaba en una zona que se ubica en el cruce de las calles Oregon y Paisano y que sería entonces el principal en la zona.

    En Juárez, las autoridades los detectarían e iniciarían una persecución para erradicar sus actividades, lo lograron pero solo para abrirle paso a una pareja sanguinaria que marcaria el derrotero de aquí en adelante, Pablo González, “El Pablote” e Ignacia Jasso, “La Nacha”, quienes acabaron con su competencia de la forma clásica. 15 cadaveres de ciudadanos chinos aparecieron en el desierto.

    Nunca se le pudo comprobar su autoría intelectual era un secreto a voces que ellos habrían ordenado la múltiple ejecución de sus competidores. No con ráfagas de metralleta como se estilaría 50 o 60 años más adelante.

    A partir de entonces establecerían los contactos directamente con distribuidores de amapola y heroína de Culiacán y Torreón desde donde se abastecerían en lo sucesivo. De ahí en adelante todo fue miel sobre hojuelas para “la Nacha”, por qué quien llevaba la batuta, era esta dama, y no su dócil concubino, quien se encargaba del manejo administrativo y del pago a los presidentes municipales en turno y a las diversas corporaciones policíacas.

    Era una mujer,  de aspecto introvertido, de estatura pequeña, de cara ancha, que adornaba con un cabello negro azabache, siempre peinado hacia atrás, quien con sagacidad e inteligencia compraría silencios, abonó a la discrecionalidad y a la protección de los policías y políticos.

    Operaró sin problemas y sobresaltos. Justamente como ocurre en los tiempos actuales, cuando gobernadores, alcaldes, comandantes policíacos, procuradores, del color que sean, se hacen de la vista gorda y “no ven, ni oyen, ni saben nada”, pero que tal, para recibir los diezmos a través de sus negros personeros.

    Ignacia Jasso,  escribiría pues, buena parte de las páginas negras de lo que sucedía en el sórdido mundo de las drogas de aquellas épocas. Su organización criminal, funcionó exitosamente como una empresa familiar, como luego lo harían décadas más adelante, los Carrillo Fuentes, por citar algunos, en lo que se refiere al contexto de Juárez.

    Años después aparecería su sucesor el llamado Zorro de Ojinagua, Pablo Acosta, quien fue mucho más allá y comprobó que la corrupción es de ambos lados de la frontera, introducía grandes cantidades de mariguana enfrente de las narices de los policías texanos.

    Antes de que moviera drogas, se dedicaba al negocio de moda por aquellos años, la fayuca, pero pronto se percató que era mucho más redituable, pasar al otro lado de la franja limítrofe, cocaína, heroína y marihuana.

    De rostro duro, espeso bigote, de pocas palabras, a los que dudaban de “su autoridad”, les hacía pagar con sus vidas, su osadía de desafiarlo. Se sentía tan intocable que otorgo varias entrevistas a medios norteamericanos. Su poder fue extendiéndose de tal forma que puso los cimientos del Cartel de Juarez,

    Prefirió ser asesinado, antes que entregarse a las autoridades mexicanas y estadunidenses que ya le seguían la pista en un operativo en su rancho en la comunidad de Santa Elena a principios de abril de 1987- recién acababa de arribar a la gubernatura de Chihuahua, Fernando “el católico” Baeza Meléndez- encabezado por el comandante de la Policía Judicial Federal, Guillermo González Calderoni, destacamentado en Juárez. Justamente tras la muerte de Acosta, empezaría a fraguarse el nombre de Amado Carrillo Fuentes, quien desde ese momento tomaría la batuta.

    Gonzalez Calderoni fue el gran narco-agente quien repartió el país, el botín, el enclave para entender como el Gobierno Federal se convirtió en el dueño del negocio.



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