COLUMNA: México Lindo

    Carlos Castellanos
    Carlos Castellanos
    Periodista, reportero y conductor de noticias
    septiembre 18, 2015

    NO CHOQUÉ, ME CHOCARON (PARTE 1)

    Cuando alguien tiene un percance automovilístico lo que menos espera es que la policía llegue para intentar perjudicarle más; bueno pues eso será en cualquier lado, menos en el Estado de México.

    Un choque, en el mejor de los casos, es un trauma para quienes participan en él; si el accidente ocurre contra un auto particular de modelo reciente la preocupación disminuye un poco pues piensas que por lo menos estará asegurado; si es de modelo antiguo empiezas a dudarlo pero todavía tienes esperanza.

    Si el choque es contra un vehículo de transporte público empiezas a rezar; y si en el hecho se ven involucrados no uno sino dos de estos vehículos, entonces te preguntas ¡¿qué he hecho yo para merecer esto?!

    La protagonista de la historia me contó que a diario circula por la avenida Ingenieros Militares, muy cerca del paradero del metro Cuatro Caminos, en el Estado de México.

    En espera de que el semáforo se pusiera en verde para poder ingresar a Río San Joaquín, que es su ruta habitual, de repente sintió un golpe seco en la parte trasera de su auto compacto.

    En un ejercicio de observación rápida es posible advertir que en esa zona circulan dos o a lo sumo tres autos particulares por cada 10 camiones, microbuses o camionetas de pasajeros… las probabilidades de que en algún momento choques con alguno de ellos se maximizan.

    Cuando ella se bajó, aturdida, asustada y confundida, vio que una camioneta de transporte público tipo “urvan” se había incrustado en la parte posterior de su vehículo; pero eso no fue todo, detrás había otra camioneta, también de pasajeros, que aparentemente se quedó sin frenos y se estrelló contra la primera y ésta contra el auto particular.

    Para nadie es un secreto que muchos vehículos de transporte de pasajeros están tan fuera de la ley como es posible (sobre todo en el Estado de México, aunque no exclusivamente); a muchos, lo que les sobra de agresividad, calcomanías y publicidad les falta de placas, luces, y documentos en general.

    La costumbre advierte que la mayoría de los conductores de vehículos de pasajeros no tienen papeles y mucho menos cuentan con un seguro sino con un “gestor” que se dice abogado y cuyo objetivo es que sus agremiados, de la ruta que sean, salgan impolutos si chocan, atropellan o algo peor. Las estrategias de éstos sujetos van desde el amedrentamiento hasta el “hágale como quiera”.

    Hay que reconocer que, de manera extraña, en esta ocasión los dos conductores de las camionetas fueron bastante decentes, según me informó la protagonista.

    Pero nunca falta el negrito en el arroz; y esta vez el sujeto a temer fue otro, alguien que se supone debía llegar para apoyar, agilizar y coadyuvar a que la situación se solucionara: un policía de tránsito de Naucalpan.

    Para empezar, el oficial iba a bordo de una motocicleta particular, pero eso lo notaron todos casi al final. De entrada el susodicho les pidió a los tres involucrados que se “orillaran” para no provocar caos vial. Petición lógica y hasta aplaudible.

    Lo malo vino después cuando, ya con los documentos de los tres conductores en la mano les dijo: “Vamos a tener que pasar al corralón para que ahí diriman sus diferencias, señores conductores”. “Cada uno de ustedes se ha hecho acreedor a una multa por este incidente de tránsito”.

    “¿Pero yo por qué debo pagar nada si a mí me pegaron? Eso dijo la mujer y comprendió que el policía que podía llegar a ayudarla, lo que quería en realidad era perjudicarlos a todos para beneficiarse él mismo.

    “Así es la ley señorita, si quiere que la apoye hay que ir para allá y si no, pues aquí se queda sola y a ver cómo le va; es más ya voy a solicitar las grúas”, sentenció el policía.

    Cabe mencionar que los tres conductores ya habían llamado a sus respectivas agencias de seguros y estaban en espera de los “ajustadores” para solucionar el problema por medio de la conciliación.

    ¿Era necesario, realmente, que el elemento llevara los vehículos a un corralón? Por supuesto que no, mucho menos porque los tres habían acordado que sus respectivos seguros se pusieran de acuerdo.

    Por fortuna los conductores lograron deshacerse del policía y en cuanto llegaron los respectivos representantes de las agencias de seguros el asunto se solucionó sin mayor problema pues el que inició el choque reconoció que le fallaron los frenos.

    “Creo que podría recuperar la confianza en que las cosas se pueden hacer bien en este país”, concluyó la protagonista de esta historia que no podía creer que los dos conductores de “peceras” tuvieran todos sus papeles en regla y se comportaran “tan decentes”.

    Todos los engranajes de una sociedad son indispensables; cumplir con nuestras obligaciones, tener nuestros documentos en regla, nos dan tranquilidad y la certeza de que en caso de algún imprevisto las cosas se pueden solucionar de la mejor manera.

    Cuando una parte de la sociedad falla (policías, ciudadanos, funcionarios, políticos), empieza el camino cuesta abajo que nos mantiene como una sociedad en la que tenemos que cargar con muchos personajes oportunistas, corruptos, abusivos, tramposos y poco confiables.

    ¿Sabe por qué el policía quería llamar a las grúas y llevarlos a todos al corralón?  Se lo cuento la semana próxima.

    Sigue con la segunda parte:



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