COLUMNA: Cinema Red

    José Antonio Valdés
    José Antonio Valdés
    Investigador, guionista, crítico y docente cinematográfico
    Diciembre 7, 2015

    NOTAS SOBRE EL UNIVERSO CHAPLINIANO

    La comedia cinematográfica nació en los inicios mismos del arte fílmico. Cuando en 1895 los hermanos Lumiére filmaron un pequeño gag (chiste visual) de 52 segundos de duración, llamado El regador regado, en el cual un jovencito provocaba que un jardinero fuese víctima de su propia manguera de riego. De manera inmediata la comedia se convirtió en el género predilecto de los primeros cinéfilos, conformándose un estilo basado en la acción física, en un rango que iba de la persecución al puntapié certero en el trasero y de ahí al pastelazo en la cara.

    Las risas nacían del frenesí propio de la imagen en movimiento, de la torpeza infinita de los Keystone Cops, policías que hacían reír ante su graciosa ineptitud en el Hollywood primigenio, o bien, el humor más pícaro del comediante francés Max Linder, quien representaba a un tipo de sociedad casi siempre martirizado por su mujer o las buenas costumbres.

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    Es en este contexto que, en el cortometraje Kids Auto Races at Venice (1914), aparece por vez primera un personaje que interrumpía de forma irritante la carrera de autos que compone la trama del filme. Se trataba de un vagabundo de bigote recortado, vestido con raída levita, pantalones enormes anudados por un lazo, zapatos rotos de gran tamaño, sombrero hongo y un bastón de carrizo que utilizaba como una extensión de su brazo. Su creador era un joven cómico inglés, Charles Chaplin, quien apenas un año antes había llegado a los Estados Unidos en una gira artística. Convencido por el productor canadiense Mack Sennett de dedicarse al cine, Chaplin filmó una primera cinta en 1913, Making a living, dirigido por Henry Pathé. Interpretaba a un periodista sin escrúpulos tratando de ganarse la vida. No fue hasta el corto de 1914 antes mencionado que Chaplin consiguió crear al personaje con el cual conquistará el mundo entero y que a lo largo de su trayectoria se irá transformando.

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    Una base del humor chapliniano es el Music-Hall londinense, la variación inglesa del vaudeville norteamericano o el teatro de revista de tradición española. Se  trataba de una serie de espectáculos organizados a través de tandas que incluían comediantes, cantantes, animales amaestrados, trucos de magia y demás prodigios. En los escenarios, Chaplin fue desarrollando distintos personajes extraídos siempre de las calles de Londres; en especial el de un borracho que interrumpía el espectáculo mismo, ante los abucheos del público que ignoraba que el impertinente era un miembro más de la compañía. De cuerpo atlético y sorprendente agilidad física, el joven Chaplin había aprendido el arte de la pantomima de su madre, Hannah, cantante, actriz y comediante que había sucumbido ante la locura generada por la miseria.

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    En una primera fase, el vagabundo chapliniano es un pícaro aventurero que solo busca la supervivencia en un mundo miserable que no tiene piedad con los pobres. No le interesa tampoco ser parte del sistema, tener un trabajo y ser parte de la maquinaria social; sólo quiere comer. Comer es su obsesión, casi una locura, como la que padece el personaje en La Quimera del Oro (1925). Sus intereses románticos casi siempre le abandonan o le juegan malas pasadas, enamorándose de los “hombres correctos”; su soledad es endémica, perdurable y al mismo tiempo su estado natural.

    Conforme Chaplin fue teniendo mayor control creativo de su obra y sobre su personaje, el vagabundo fue denunciando a través de sus aventuras la injusticia social, el maltrato al desprotegido, la indiferencia y crueldad de las instituciones, la ineptitud de las figuras de poder y los abismos sociales de un país, los Estados Unidos, que se vendía y se vende aún como la tierra de las oportunidades para millones de migrantes. El vagabundo no es parte del American Dream y está consciente de ello; es un marginado y entre los suyos se entiende. En sus obras de madurez, como Luces de la ciudad (1931) o Tiempos modernos (1936), el personaje es ya un luchador social consumado, congruente con las ideas políticas de su creador, muy cercano a la izquierda progresista.

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    A este elemento de conciencia social adoptada por un personaje de comedia, hay que añadir que Chaplin es un hijo del melodrama decimonónico. Las andanzas del vagabundo y su hijito adoptivo en El chico (1921) pudieron haber salido de las entregas semanales de Dickens y su denuncia a las lacras sociales, a la mezquindad de los poderosos y la crueldad de las fuerzas de poder parecen nacidas de las plumas de Flaubert, Balzac o Víctor Hugo. Se ha tachado al cineasta de ser un sentimental, de apelar al patetismo de su personaje, siempre hambriento o carente de afecto, para conmover al espectador. Nada de eso. Aunque hijo de su tiempo, como ya se dijo, el de Chaplin es un cine ciento por ciento autoral, en el cual las vivencias de su personaje son espejo de una vida dura, difícil, dickensiana en muchos aspectos, que a pesar del éxito y la fama mundial, había ya dejado profundas heridas en el artista.

    Por lo tanto, esa parte del Chaplin social, aunada a su retrato de la supervivencia y la necesidad de conmover al espectador para generar un cambio primero personal y después pensado en el bien común, conforma la base de su estilo. Un estilo con contenido incendiario que tal vez no sea tan llamativo como el de otros cineastas, fílmicamente hablando. Pero que continúa moviendo el alma de millones hasta la fecha.



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