COLUMNA: La Última...

    Jesús Escobar
    Jesús Escobar
    Conductor de espacios informativos
    septiembre 28, 2016

    PRIMER ROUND

    Este lunes en punto de las 8 pm tiempo de México, se realizó el primer debate entre los candidatos presidenciales de EUA, más allá de comparar este ejercicio con los intentos que se realizan en México, vale le pena adentrarnos a esta contienda que debe importarnos por la relación y dependencia que existe en materia política, económica, social y en seguridad con el tío Sam.

    Este primer encuentro entre la demócrata Hillary Clinton y el republicano Donald Trump no se trataba de propuestas, lo que el electorado evaluó fue el talante de los contendientes. se fijaron en la firmeza, la entereza, la voluntad, el genio y la energía.

    En este debate, Hillary tenía la difícil tarea de conectar con la audiencia. No necesariamente a través del histrionismo y la teatralidad; pero sí a través de una serie de expresiones emotivas apuntadas a la proyección de eso que reclama nuestro tiempo: certidumbre, y creo que, sin alejarse mucho de su naturaleza, lo logró, Se mostró segura, templada, resistente a los embates de su oponente, eficaz frente a las provocaciones; no titubeó en ningún asunto delicado; esquivó los ataques; contestó con humor, enjundia, y en ocasiones mordacidad e ironía. En definitiva, tuvo el control: comunicó seguridad.

    No era fácil. Enfrente tenía un hombre hecho de pasión y efusividad, hábil lector de audiencias, que sabe desestabilizar a sus oponentes, ridiculizarlos y vender disparates con una voz común; un mentiroso impredecible difícil de estudiar, cuyo narcisismo además aparenta   gran seguridad.

    Se discutieron tres temas: economía, relaciones raciales y seguridad. Se podría decir que Trump ganó el primero, pues logró atribuir la connotación negativa alrededor del TLCAN a la maquinaria de los Clinton: apuntó que Bill era el principal responsable por haber firmado el tratado, insinuando la complicidad de Hillary. Además, fue el momento en el que Hillary más titubeó, con respuestas prefabricadas y lentas.

    En los otros dos rubros arrasó Clinton. En lo racial, Trump no logró sacudirse la fija imagen de un conservador racista, menos frente a una candidata históricamente apreciada por las minorías segregadas. Encima, fue el momento en el que Hillary recuperó su confianza, atacó incisiva, evadió las invectivas con temple y exhibió a un Trump vacío y estrepitoso.

    En seguridad, Trump ya no tuvo margen de maniobra: la vasta experiencia de Clinton puso en evidencia a un Trump ingenuo e ignorante del escenario internacional, susceptible de la fórmula “no es tan fácil como parece”. Al margen, Trump se echó encima al moderador Lester Holt, quien oportunamente le cortó el rollo para beneficio del público, al que Trump ya había agobiado con su galimatías.

    Sin embargo –y creo que aquí hay consenso– el debate no fue decisivo. Hillary ganó la batalla, pero no la guerra. Trump no profirió ninguna locura, no mencionó sus propuestas más desvariadas no arriesgó demasiado, y aunque se mostró estridente e inmaduro por momentos, mantuvo cierta civilidad, e incluso ganó algunos argumentos sobre la ineptitud gubernamental y la economía, por lo que no solo aseguró su base fija de simpatizantes, sino que acaso consiguió credibilidad con los indecisos.

    Hillary necesitaba hacer knock-out, por una sencilla razón: puesto que Trump tiene la inercia ascendente y ella la descendente, dejarlo vivo ahora significa que si él gana alguno de los próximos debates, este triunfo de Hillary quedará en el olvido.Las expectativas sobre Trump son tan bajas, que cualquier destello de sensatez y mesura le favorecerá de aquí a la elección: no tiene mucho que perder, solo que ganar. Mientras no sea derrotado contundentemente, no estaremos nada seguro

     

    Crédito de imagen: AP



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