COLUMNA: México Lindo

    Carlos Castellanos
    Carlos Castellanos
    Periodista, reportero y conductor de noticias
    Febrero 4, 2016

    TRANSPORTE PÚBLICO IMPUNE

    Jamás he visto un microbús, camión, combi, colectivo o lo que se le parezca detenido por algún agente de la policía de tránsito. He visto, sí, muchas patrullas siempre que ya sucedió algún percance, desde un simple choque laminero hasta accidentes con consecuencias fatales en los que se ven involucradas unidades de transporte de pasajeros.

    Por azares del destino en el seno de una familia de clase media se presentó la oportunidad de adquirir un microbús para que sirviera de sustento a sus cuatro integrantes: el papá, la mamá, un hijo de 17 años y otro de 12.

    Los conceptos de corrupción e impunidad se volvieron tangibles para el jefe de familia y posteriormente para el hijo mayor.

    Obtener tarjetones, pasar revista, verificaciones, el pago semanal para el delegado de la ruta, el pago diario para los checadores de las dos terminales… se convirtieron en una obligación.

    El muchacho de 17 años no tuvo mayor problema en obtener la licencia-tarjetón que avalara legalmente la posibilidad de manejar el microbús, aunque se supone que la edad mínima es de 21 años; no sin antes, por supuesto, su respectiva mordida. Éstas también eran obligadas para pasar la revista y la verificación de “la micro”.

    Una vez que padre e hijo, encargados de la manutención de la familia tenían ya sus documentos en regla para dedicarse a la “chafireteada” lo demás fue sólo cuestión de acostumbrarse; el primero a levantarse a las cinco de la mañana para empezar a trabajar, ser relevado a eso de las 2 y media de la tarde por el segundo, quien dejaba de trabajar hasta que llegaba el último metro, después de las doce de la noche.

    Concluir la ruta, cargar gasolina y regresar a casa para que en menos de cuatro horas iniciara otra vez la misma jornada se convirtió en parte de la rutina.

    Manejar lento en ocasiones y rápido otras veces para pelearle el pasaje a los otros era parte del estrés de todos los días. “Aventar lámina” y pegarle en el espejo lateral del lado del conductor al que salió antes y que fue alcanzado a mitad del trayecto o ya casi para llegar a la base era parte de las luchas diarias por los pesos y los centavos.

    Hacer coraje porque ése que alcanzaste lleva pasajeros de pie y hasta colgando mientras que el “planchado” apenas lleva “las tablas”; es decir, si acaso la mayoría de los asientos ocupados.

    Rebasar y desquitarse “enconchándose” para ganarle ahora todo el pasaje al que viene atrás era el pan de cada día.

    Sin embargo, hay algo que llama la atención en la experiencia de los nuevos microbuseros; en sus peleas por el pasaje (no es que vayan echando carreras porque sí) suelen cometerse múltiples infracciones: Detenerse por tiempo indefinido en una esquina donde suele transbordar la gente de otros micros o camiones para continuar su camino en la ruta de nuestros protagonistas; meterse en sentido contrario unos metros para rebasar; usar carriles centrales de alguna vía rápida; pasarse los semáforos en rojo; bajar y subir pasaje en doble fila y un sinfín de violaciones, muchas veces, incluso delante de patrulleros, oficiales y agentes de tránsito, sin que pase nada.

    Regreso al principio: Jamás he visto un microbús, camión, combi, colectivo o lo que se le parezca detenido por algún agente de la policía (salvo si se trata de algún choque). No sé si haya una estadística, pero estoy casi seguro que, si existe, el número de infracciones cometidas por conductores de transporte público y, peor aún, las multas pagadas, están muy cercanas al cero.

    Los reglamentos de tránsito, dicen las autoridades (y no importa si son del Estado, la Ciudad de México o cualquier entidad), tienen por objetivo favorecer la movilidad, pero la realidad es que si no hay nadie que meta en cintura a los conductores de transporte público (insisto, no sé por qué), la movilidad que tanto pregonan seguirá siendo demagogia, como la mayoría de los discursos políticos.

    Pongo un solo ejemplo para ilustrar la indolencia de las autoridades: Hay varias rutas de microbuses y camiones que hasta un letrero utilizan ex profeso para violar los actuales reglamentos de tránsito tanto de la Ciudad como del Estado de México. Estos vehículos que cruzan o salen del extinto Distrito Federal van al territorio mexiquense: Satélite, Valle Dorado Cuautitlán, Izcalli… “por carriles centrales”. Y así lo hacen los microbuses y camiones todos los días y a toda hora, ante la mirada de patrulleros, policías y usuarios.

    @Carstellanos



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